martes, 9 de octubre de 2018

Momentos hospitalarios

Ha habido en esta mi última estancia hospitalaria, tan breve, vivencias muy curiosas, casi sublimes, diría yo. Momentos que dignifican y ensalzan las dificultades, pero también las excelencias, de una convivencia tan estrecha entre desconocidos en un sitio tan especial y reducido como es la habitación de un hospital, y en un tiempo tan concreto y recortado. 

No pretendo aplaudir con esta reflexión la circunstancia actual de dormir seis personas -tres enfermos y tres familiares- en un mismo habitáculo sin ninguna intimidad y con todas las inconveniencias conocidas, claro que no; más que nada porque el sistema andaluz de salud dispone de recursos suficientes -y si no es así que escarbe- para procurar la confortabilidad e intimidad mínimas exigibles con habitaciones individuales dignas. No; realmente es una aberración que la mayor parte de nuestros hospitales públicos mantengan aún habitaciones de dos y de tres camas. Pero bueno, eso es lo que la Peque y yo nos encontramos en Granada: una atención técnica y humana de total enjundia, y unas infraestructuras hosteleras manifiestamente mejorables.

El primer momento de choque se produce nada más meterme en mi cama. Son las siete y media de la tarde, y en Granada el sol debe andar escondiéndose entre las alamedas de la vega. Y ya se sabe, con la oscuridad yo me recojo. La mujer medio ciega de Juan se despide y la Peque, como dije, la acompaña hasta el autobús para que no se pierda en el ascensor y por los pasillos. Algo se le ha olvidado porque vuelven enseguida. Hurga a tientas en la mesita de noche y recoge lo que fuere. Entonces, Juan, su marido, se pone hecho un basilisco sin venir a cuento de nada. Le regaña a voz en grito delante de todos por no sé qué cuentas pendientes con alguno de los hijos. La habitación se inunda de un vergonzante silencio. Yo soy un recién llegado y no me atrevo a piar. Y Manuel, el enfermo de enfrente, bastante tiene con sobrellevar sus noventa y tres años y su sonda ensangrentada. En ese momento es cuando me dieron ganas de vestirme e irme a dormir a un hotelito de enfrente. Al rato, Juan nos pide disculpas a todos por la escena montada, y se autojustifica en su enfado porque su mujer de buena es tonta y todo el mundo la engaña...

Llega la cena, y Juan no puede comer porque aún no le ha pasado del todo la bolsa de sangre que le están transfundiendo.
-¿Por qué te ponen sangre -rompo ahora el hielo-, has tenido alguna hemorragia?
-No, no; vaya, que yo me haya dado cuenta. Es que tengo mucha anemia y me han dicho los médicos que pierdo lentamente por algún sitio del intestino.
-Ya; sí, puede ser...
-¿Tú sabes lo que es la hemoglobina? -me agrada que me tutee, será que me ve muy nuevo-. Por lo visto estaba por los suelos. La hemoglobina es la que lleva el oxígeno en la sangre.
-Bueno... sí, más o menos -me excuso yo escondiendo aún mi identidad. Y me da apuro, porque tarde o temprano se enterará de que soy médico.

Estamos en mi segundo día. Son las cuatro de la tarde y ya me encuentro en mi habitación despierto del todo y con ganas de comer después de haber estado tres horas en el quirófano y dos en reanimación. Hasta las seis debo de permanecer inmovilizado en la cama, boca arriba y con un vendaje compresivo en la ingle derecha, por donde han entrado en mi vena femoral. Reviento de ganas de orinar, pero soy de los que no saben o no pueden mear en la cama, oye.  Pero, perdonad, que llega la enfermera.
-Mire usted, que soy incapaz de orinar tendido; llevo media hora con la botella en semejante sitio y nada, que no hay manera.
-Pues tendrá usted que aguantar un poquito más; ya mismo son las seis.
-Que no, de verdad que no, que es que no puedo más, y con el suero cayendo cada vez voy a acumular más orina. Yo solo quiero que entre varios me ayuden a sentarme en la cama, en el borde, y así ya puedo, que yo me conozco y sé que así puedo.
-Imposible. La orden de su médico es que hasta las seis reposo absoluto.
-Mujer -le imploro-, es una punción venosa, no es arterial, llevo ya por lo menos cuatro horas con el vendaje y no sangra nada, ni va a sangrar -y ya ahí tuve que declararme-, que yo soy médico y sé de lo que hablo, por favor se lo pido.
-Usted será todo lo médico que quiera, pero aquí, ahora mismo, es mi paciente, y no puedo arriesgarme a que tenga una incidencia grave.
Me he descubierto para nada. Al final no pude orinar y tuvieron que sondarme para extraer casi un litro de orina retenida. Pero no consintió la puñetera en que me sentara en la cama. Es lo malo -o lo bueno- que tienen los protocolos médicos, su excesiva rigidez.
-Conque médico, eh? -me interpela Juan-. Y yo aquí intentando explicarte qué es la hemoglobina, ¡anda que!...
-Perdona Juan, anoche no tenía yo ganitas de hablar ni de ná.
-Te habrás dado cuenta ya de que aquí nuestra enfermera no se anda con chiquitas, eh?

Y ahora resulta que este hombretón devora niños congenia la mar de bien conmigo. Y todo por una noticia de la Sexta relativa a una de las inmatriculaciones efectuadas por la Iglesia.
-¡No son ladrones ni ná! -se le escapa a modo de exabrupto. 
Y yo, que le sigo la corriente: 
-Son capaces de inscribir hasta este hospital si los dejan. 
- Desde luego; yo los conozco bien. Estudié con los jesuitas, luego me hice maestro escuela, y todavía me deben veinte mil pesetas por medio curso de profesor que no me pagaron.
-Y lo malo -sigo azuzando- es que vivimos en una España de meapilas.
-Vaya, así es.
Me contó que después de jubilado se ha licenciado en latín porque era una de sus ilusiones no alcanzadas en su vida laboral. Y entonces yo le relaté mis tantos años de seminario y mis pinitos en Preu con el Chino, nuestro profesor de latín, que nos hizo traducir la Eneida entera. "¡Bah, eso no es ná! -replica con mucha suficiencia-. Nosotros pasamos al latín El Quijote entero en un solo curso". 

Desde el lado de enfrente, donde habita Manuel, no se ha oído una mosca. Me da la impresión de que les incomoda nuestra conversación, de que comulgan mucho más con la Iglesia que con nuestras críticas hacia ella. Impresión que se confirma del todo cuando ya de noche entra uno de sus hijos para sustituir a su hermana mayor, mujer dulce y prudente donde las haya. Juan se tira todo el día con la Sexta, le encanta el Wyomin, o como se escriba. Estamos viendo "El Intermedio". Y entonces el joven, nada más mirar para la tele, refunfuña dirigiéndose a Juan: "¿Esto estáis viendo? Pues este programa le provoca dolor de barriga a mi padre. Ese es un comunista de pacotilla, la madre que lo parió". Y entonces, Juan, esta vez todo comprensión, cambia de canal.

Salvo este incidente, la familia de Manuel ha tenido un comportamiento sencillamente ejemplar. Sobre todo para con el enfermo, padre y abuelo de sus cuidadores rotativos. Todos ellos, sin excepción, han mostrado en todo momento esa especie de cariño tierno hacia Manuel. Esa clase de cariño que es imposible impostar o disimular. ¡Qué dedicación! ¡qué delicadeza! ¡qué dulzura! en cada una de las difíciles situaciones que el enfermo ha planteado. Sobre todo por las noches. El pobre mío no pega ojo y se desespera, y lucha por no molestar más de la cuenta a sus cuidadores y a nosotros, sus vecinos. Pero le vence la fatiga y el dolor y la incomodidad de quince días encamado para un hombre de su edad. Se enreda miles de veces con la goma del suero o con la sonda urinaria. Duele un montón la expulsión de coágulos por la uretra. ¡Por los clavos de Cristo!, gime en un susurro. Y me da mucha pena. Pero también alivio al comprobar cómo enseguida se levanta cualquiera de sus familiares al cargo y lo cambia de postura, lo sienta, lo levanta, lo acaricia, lo besa... Una y veinte veces, las que hagan falta. "Hijo, ¡qué noche te estoy dando!"... "No pasa nada papá, para eso estamos aquí, para cuidar de ti. Ya dormiré mañana." Y esas cosas me emocionan, es verdad. A mí tampoco me deja dormir, pero que casi me da igual, sintiéndome libre del miedo del primer día.

Amanece mi tercer y último día en el hospital. Ya no hay secretos. Todos nos hemos escuchado los unos a los otros nuestros pedos nocturnos. Ya somos familia. Suelto de sueros y de sonda, me paseo por los pasillos, me cuelo en las habitaciones y abordo a los médicos de la planta para alertarles sobre la situación de Manuel, que tan malas noches pasa. A la Peque le da un poco de vergüenza mi osadía y se queda leyendo o departiendo con las nietas de Manuel en la habitación. Me topo con Juan, también de paseo. Y charlamos de los tiempos del seminario, cada uno en el suyo, pero muy parecidos. Y se pone el tío a intimar conmigo. Con lo imprudente que soy. No sé qué me verán los demás, pero parece que aquel que me conoce, aunque solo sea por unos días, se confía a mí.
-Oye, José María, te lo digo como médico que eres.
-Dime.
-Ya has conocido a mi mujer, en fin, yo tengo setenta años, que no son pocos, pero tampoco tantos... Bueno, que llevaba años sin empalmarme, ya sabes. Y ahora, en estos días... Oye, ¡que estoy teniendo erecciones! ¿Tú crees que será por la sangre que me han puesto?
-Jajaja -me da un ataque de risa-, perdona Juan pero no creo que te hayan transfundido sangre de toro.
-¿Entonces?
-Pues, la verdad, no lo sé. Cierto que si tenías mucha anemia ha podido influir, no te digo que no. Pero a mí me parece otra cosa.
-¿Qué cosa?
-Joer, ¿qué cosa va a ser? Pues las nietas de Manuel, que están güenísimas.
-¡Tú crees?
-Vaya si lo creo -y me entra la risa floja-. A mí mismo se me remueve el pajarillo, fíjate.

Toda la familia de Manuel es gente alta y corpulenta. Las hijas, también, caballo grande. Pero es que las nietas, para estar más cómodas en el hospital, se presentan ataviadas con unos vestidos enterizos y sueltos, un estilo a las chilabas, con lo que consiguen, aparte de ser buenas mozas, una imagen muy sensual. "Qué vestido más bonito y qué bien te queda", le dice la Peque a una de ellas. Y la muchacha responde sin corte alguno: "vaya, comodísimo. Yo tal como salgo de la ducha me lo echo encima y la mar de fresquita". Y, claro, luego, en la brega hospitalaria, se agachan para atender la sonda del abuelo y te plantan todo el pompi en tus narices.

En fin, no me digáis nada, ya lo sé: no tengo remedio.

jueves, 4 de octubre de 2018

Marca indeleble

Salvo mi médico, nadie en Granada sabe que la Peque y yo hemos sido personal sanitario, gente de la casa, como quien dice. De manera que el servicio de admisión del hospital me ha asignado una cama cualquiera en una habitación cualquiera. Nada que ver con Valme, donde todo nos era ofrecido en bandeja.

La primera impresión es de amarga extrañeza, y, enseguida, de angustia. ¿Qué hago aquí? ¿Por qué no me arrepiento y me voy echando leches de este sitio? La auxiliar de la planta nos lleva a una habitación de tres camas, la mía -menos mal-, junto a una de las ventanas. Deposita el pijama encima de la cama y allí nos deja en medio de personas extrañas, dos enfermos mayores acostados y sus familiares respectivos. Saludamos con un tímido "buenas tardes", como si fuésemos okupas que venimos a invadir un espacio ajeno. "¡Vaya qué bien, ya tenemos nuevos vecinos!" -es, sin embargo, la cálida respuesta que recibimos de ellos.

Empijamado en la habitación, a todo le encuentro pegas: desconchones en unas paredes que no han olido la pintura en años; abollonaduras en la puerta; esa especie de calor viscoso de los hospitales que no sabe uno a qué huele, pero que huele a algo y desagradable; las teles de las habitaciones contiguas a toda mecha con los catalanes, sin posibilidad ninguna de amosquilarse uno un rato; la esposa de uno de los enfermos que está casi ciega y va topando con todo... Y, para colmo, el marido, así a primera vista un bravucón, dándole voces airadas sobre lo que debe y no debe hacer en cuanto se vaya para su casa. ¡La pobre!... La Peque tuvo que acompañarla hasta la calle a coger el autobús para que no se perdiera por ahí. En fin, se tira uno casi cuarenta años trabajando en los hospitales y no se da cuenta de tantas deficiencias en la confortabilidad de los enfermos hasta que te toca sufrirlas. El día a día te va aletargando y llega un momento en que ya no reparas, ves como algo normal -por habitual- lo que es un contradios.

Quizás no sea para tanto, vale, pero yo lo he vivido así en esas primeras horas. Hubo, cierto es, mucho contraste de vivencias en muy poco tiempo. Veníamos de almorzar muy a gusto en la casa de unos amigos granaínos, y en mitad de la sobremesa tuvimos que cortar e irnos para el hospital, no fuera a ser que nos "quitaran" la cama. "Estad en admisión a las cinco y media como muy tarde -nos habían advertido-, mira que os quedáis sin cama". Y pasar de un ambiente tan agradable y placentero a otro tan..., en fin, distinto nos dejó a ambos un pelín acongojados. Entre eso y el miedo al cateterismo del día siguiente, al caer la noche me entró tal suerte de murria que, medio en broma, medio en serio, le propuse a la Peque irnos a dormir al hotel de enfrente... Y que mañana salga el sol por Antequera. "Anda, cállate ya y duérmete" -ahí estuvo contundente mi mujer, vaya. Y finalmente consideré que en estas circunstancias lo más apropiado era dejarse llevar, abandonarme en los brazos de la esperanza que tan sabiamente ha sabido tenderme mi médico. Y así, me fui durmiendo lenta y dulcemente.

Lo que son las cosas: todo lo que la tarde noche anterior fueron quebrantos se torna ahora al día siguiente en parabienes cuando el procedimiento ha salido a pedir de boca. Ya no veo manchas ni desperfectos por ningún sitio, ya es todo buen humor con mi hija y con mis hermanos que han venido a verme, con los vecinos de habitación y con el personal de enfermería; hasta le encuentro otro carácter, ya amistoso, al bravucón de al lado. ¡Hay que ver!:¡qué traicioneros y cobardes los ojos del miedo! Se me quita el susto y todo cambia. Porque todo ha salido bien. Es verdad, me digo a mí mismo, a los médicos les pasa un poco lo que a los entrenadores del fútbol, que ambos dependen no tanto del esfuerzo y la dedicación empleados, sino de los resultados. Puedes preparar un partido de manera concienzuda, puedes conocer perfectamente las tácticas y trucos del adversario, puede que incluso tu equipo haga un fútbol preciosista. Si no ganas te lloverán las críticas. Pues parecido: los pacientes y los familiares estamos agradecidísimos y contentos... siempre que la cosa salga bien. Hasta cierto punto es lógico. Aunque no sea del todo justo. 

Y ahora me reconvierto en mí mismo, marca indeleble de la casa, en ese médico entrometido e imprudente que  hurga y husmea en los recovecos de las enfermedades de los vecinos y en las de sus familiares acompañantes. Y les recomiendo, y les aconsejo, y les rectifico, y hablo con sus médicos respectivos presentándome a ellos como lo que soy, un internista jubilado pero con mucho dominio de las situaciones. Y la Peque se presta a levantar y a volver a acostar al viejito de enfrente, que a sus hijas  se les enreda tanto trapicheo de cables y sondas. Y metidos en harina, resulta que el hombretón de al lado, el mal encarado, es un maestro escuela bonachón que en su jubilación se ha licenciado en lenguas clásicas para rememorar sus tiempos de seminario con los jesuitas de Granada, ¡joer!, le digo, si somos medio colegas, que es de Torreperogil, y que le da coraje de que la gente profana nombre a su pueblo como Torreperejil. Y nos enrollamos ya con la familiaridad a la que estamos tan acostumbrados la gente de por aquí. Ahora solamente veo a gente que está pasando el trance de la hospitalización; al personal que tan amablemente nos atiende; la solidaridad y complicidad de personas que se encuentran en similar situación desvalida. Y me reconforta ver que aún puedo ser de ayuda, que todos podemos ser útiles para todos.

-Peque, ahora que ya ha pasado todo, dime, ¿te hubiera gustado más estar en una habitación para nosotros solos como las de los hospitales privados?
Y sin darle tiempo a que me contestara, yo le digo:
-A mí no, hubiésemos estado muy aburridos.
-Claro -se pone ella en plan displicente-, tú como has dormido tan ricamente en tu cama...  

miércoles, 26 de septiembre de 2018

Una mañana en el hospital


Mis queridos, fieles y abandonados lectores: después de tres meses de vagabundeo por esos mundos, con más vacaciones que un maestro escuela, aquí me tenéis de nuevo dispuesto a entreteneros con uno de mis temas preferidos: el hospital, claro está.

Quizás sea la primera vez que entro en la consulta de un médico sin que mi fama me preceda. Perdonadme la inmodestia, pero es que es verdad. Hasta ahora, en cualquier visita médica que haya tenido, tanto el médico como la enfermera sabían quién era yo. "¡Hombre, el doctor Rivera!"... Y, quieras que no, eso condiciona un poco el resto de la consulta. Aparte, que yo soy muy metomentodo en los sitios donde me considero con bula.

Menos esta vez. Me van a tener que repetir la intervención sobre mi arritmia porque sigue dando por saco. Y antes de ello es obligada la cita con el anestesista: la famosa "prueba de la anestesia". Y aquí, donde ahora vivimos la Peque y yo, nos conoce aún poca gente, y en el hospital... nadie. O casi nadie. De manera que pido mi cita como cualquier vecino y acudo a ella cuando me ha tocado. Sacristán viejo en estas liturgias hospitalarias, me presento dos horas antes... por si cuela. Cuando yo ejercía pasaba esto: colaba a pacientes antes de su hora si alguno otro se rezagaba en llegar. No ha habido suerte. 

Dos horas sentado en una de esas sillas tiesas de la antesala de la consulta podrían dar para mucho si la gente de ahora fuera como la de antes, que enseguida pegaba hebra y te relataba hasta la comida que tenía ya medio arreglada para hoy; no, ahora el móvil ocupa todo el tiempo y el espacio de las criaturas. Siete personas esperando, seis móviles a revienta calderas de calientes. Y yo, sin querer sacarlo. Y al final, que caes... Ya está el Jaime enviando canciones y saludos matutinos, ya la Mercedes contestando, y la Cati... 

En esto que se me sienta al lado una señora sin móvil. ¡Anda! Por las pintas, es marroquí. Pero debe ser moderna porque no trae pañuelo en la cabeza y viene ataviada a nuestro modo: su morena y rizada melena recogida en un moño, una blusita azulada, un pantalón holgado marrón clarito y unas sandalias que le delatan unos dedos con sus pelillos y todo, y las uñas al natural. Y entabla conversación conmigo. Lleva veintitrés años aquí, con lo que su prosodia es casi casi antequerana. Que ha cambiado el día de consulta a hoy porque son los martes los días de libranza en su trabajo, que como vive sola, en cuanto acabe la consulta se pasa por el Mercadona y se compra una dorada. No, en el horno, no, que no tiene; la hace a la sal pero en la hornilla de butano. Lo mismo que el pan; no lo compra, ella lo hace, en la sartén. "¿Pan en la sartén?" -le pregunto incrédulo. "Como lo oyes", me dice. Que conoce muchas modalidades de pan casero, y que en Marruecos un kilo de sardinas vale 60 céntimos de euro, al cambio con su moneda, y que aquí cuesta 6 euros, que qué barbaridad. Y que lo mismo pasa con los tomates. Que viaja mucho a su ciudad porque allí tiene hijos y nietos. "¿Y entonces por que no te vas a vivir allí?" -le pregunto ya en confianza. "Porque después de tantos años aquí me encuentro muy a gusto, tengo amigas y me conoce todo el mundo, hasta el alcalde, fíjate". La verdad, se echa de menos poder hablar con criaturas desconocidas cuando vas a los sitios. Ahora es casi imposible por mor de los móviles. Una hora larga se me ha pasado volando.

Y ya es que me toca entrar. Una auxiliar regordeta y simpática que cada vez que sale al pasillo nos advierte a todos lo atrasada que va la consulta, pronuncia mi nombre. La médica que me va atender es una joven anestesista. La saludo con un cortés y lacónico buenos días hasta no comprobar el talante de la doctora, y ella, sin levantar la vista, me lo devuelve. Me siento enfrente suya. Antes que nada, las cosas como son, un repaso general con mi ojo avezado para tasar sus bondades femeninas. No, por favor, no me tachéis de machista. Joer, es que los hombres funcionamos así, lo primero es un bicheo, de arriba abajo. Yo soy de los que se fijan, más que en ninguna otra parte anatómica, en la cara. La chica me parece muy guapa. Como ella no me mira, puedo yo recrearme en mirarla a ella sin temor a que me descubra. Si dentro de un mes, pongo por caso, me la tropezara por la calle, yo la reconocería. Ella a mí desde luego que no. Sólo ha levantado la cabeza del ordenador una vez, cuando le he dicho que si le parecía bien le explicaba el motivo de mi visita, y me ha contestado muy secamente que no, que aquí -señalando el ordenador- viene todo.

¡Qué lástima! Una chica tan joven y tan guapa... seguramente muy bien formada como anestesista, y, sin embargo, tan seca y áspera con sus pacientes. Es algo que me disgusta mucho. Ser amable no cuesta nada, me cachis en la mar. Pero, en fin, debo aceptar que cada cual es cada cual. Me queda la satisfacción de que si algo han aprendido de mí mis estudiantes y mis residentes haya sido eso: la afabilidad con la gente.

Al final, me voy contento, pelillos a la mar, todos tenemos derecho a tener un mal día. Con demasiada frecuencia juzgamos a las personas por un comportamiento aislado sin conocer los entresijos de sus vidas y milagros. Mismamente, la han llamado hace poco de la guardería para comunicarle que su hijita de seis meses tiene fiebre, y la pobre mujer está que no vive de ganas de terminar. Vete tú a saber. Prefiero quedarme con la imagen de la mujer marroquí mostrándome en su móvil -al final también lo sacó- fotos de sus nietos moritos, la mar de morenos y de bonitos, y de sitios escogidos de una ciudad, la suya, de cuyo nombre, innombrable, ya no me acuerdo.

Sed buenos.

lunes, 11 de junio de 2018

Nicolás se nos va

Es ley de vida. Ya le ha tocado. Como a cualquiera otro. No hay más que hablar. Pero yo sí quiero decir algo más: así como pensamos en ocasiones que hay personas únicas que nunca debieran morir, yo creo que Nicolás jamás debería de jubilarse. Claro que a lo mejor él no opina igual. Natural. Lo que son las cosas, hoy he recibido un wassapt de mi amigo y compañero Grilo diciendo lo mismo refiriéndose a mí: que no debería de haberme jubilado. Se agradece. Pero no hay color con Nicolás. Me rindo, es el mejor. Y mira que el grupo de especialistas que entramos en Valme con plaza en propiedad allá por el lejano 1986, viniendo de los primeros puestos de aquellas famosas oposiciones, las primeras después de treinta años, constituíamos un elenco, lo más selecto de Andalucía en cada especialidad, si se me permite el pegolete. Pero como Nicolás, ninguno. A mi manera de ver nuestro oficio, con su jubilación no se va uno más de aquel grupo escogido y tan homogéneo en calidad y en su forma de entender la medicina; con él se nos marcha un estilo singular de trabajar para el paciente y para el hospital, un modelo, un referente universal para cualquier médico clínico, para cualquier hombre de bien.

Ha sido un médico total. Sin ser internista de titulación -es neumólogo-, lo ha sido de facto. Sus historias clínicas eran la envidia de muchos de nosotros que, por otra parte,  agradecimos horrores la llegada de la informática, porque su letra -como la de Benítez- es cuneiforme, indescifrable. Abarcaba en ellas al paciente en su globalidad, mejor incluso que nosotros, llamados a ser los "integralistas"; sabía de todo, nada le era ajeno, y si consultaba alguna cosa con otros especialistas era más por humildad que por desconocimiento. Ha sido un médico eminentemente clínico, nunca le ha gustado destacar ni señalarse; difícilmente lo encontrarás protagonizando sesiones clínicas hospitalarias o en las ponencias de los congresos. Siempre en su planta, la octava izquierda; casi nunca en su despacho de trabajo, sino en cualquiera de las habitaciones, conversando o historiando a algún paciente, ajustándole, si no, la mascarilla del oxígeno o el aparato de BIPAP, revisando la permeabilidad de un tubo de drenaje torácico, o en el pasillo, hablando precipitadamente con algún familiar con esa prosodia tan suya, rápida, entrecortada y casi ininteligible.

Bien pudiera -razones le han sobrado- haberse quemado antes de tiempo por la paliza que le hemos endiñado: todos lo hemos buscado. Todos hemos abusado de su paciente sabiduría. En muchas ocasiones -yo el primero-, directamente a su caza, sin mediar petición oficial de interconsulta, "Nicolás, necesito que me veas a este paciente". Le decías el nombre y el número de habitación y al rato ya te lo había visto. En los días "malos" -muy pocos- te echaba una mirada por encima de sus gafas que no conseguía transformarla en queja, sacaba un folio doblado por cuatro veces de su bolsillo y apuntaba a la carrera la habitación. "No te prometo nada, hoy estoy hasta las trancas", era el más áspero reproche que te echaba. Así, al pobre le daban las tantas. Pocos días, en tantos años de oficio, habrá almorzado en su casa con los suyos. Como, además, se trasladaba en bici hasta Coria atravesando el río en la barcaza, ha habido días, muchos, en que ha llegado para la cena.

Cuentan piadosas lenguas del Valme una anécdota que define muy bien esto que os digo: siendo su hija por entonces una niña inocente de primero de EGB, y habiendo hecho su señorita una pregunta a toda la clase sobre cuántas personas vivían en sus casas respectivas, llegado el turno a esta chiquilla, va y dice: en mi casa vivimos tres personas: mi madre, mi hermana mayor y yo. ¿Y tu padre?, pregunta la maestra. Ah, no -responde la cría-, mi padre no vive con nosotras, vive en el hospital. Esto, que conmueve a compasión, era así. Nicolás ha vivido en el hospital. Santa, su mujer tiene que ser una santa de verdad, de las de los altares. Para mí -que me tengo por médico entregado a la causa- era un alivio encontrarlo alguna vez, algún domingo, almorzando con su familia en un restaurante de La Puebla, por la Dehesa, como una especie de tranquilizador de conciencia, si hasta Nicolás sale, yo también puedo.

Sus pacientes sencillamente lo adoran. Más que a mí los míos, y ya es decir. Ha sido un hombre completamente entregado a ellos con un talante tan humano y personal que no admite parangón en lo humilde, en lo sencillo, en lo cariñoso. "Oye, José María -me ha dicho hace unos días-, muchos de mis pacientes me confunden contigo cuando los llamo por teléfono a sus casas, tendremos un timbre de voz parecido, ¿no?" Y a mí eso me llena de orgullo, que los pacientes me comparen con él. Y claro que no me duelen prendas en aceptar que algunos compañeros de Valme, entre ellos Nicolás y yo mismo, representamos un tipo de médicos varones -más frecuente de lo que podáis creer- muy poco acorde al uso tópico de hombre elegante y apuesto, adusto y encorbatado, distante y serio. Muy al contrario, somos médicos desaliñados, de batas pintarrajeadas y bolsillos desgajados por el peso de papeles y bolis, de andares torpes y presurosos, de cuerpos algo desvencijados, pero de sonrisa fácil y mirada limpia.

Se va Nicolás, se va Luis Pastor, otro grande del Valme, si aquel ha sido un maestro en lo clínico, éste lo ha sido en la gestión, en los despachos donde se urden decisiones de calado, en el sabio manejo de un plantel de figuras, a lo Zidane, dotando con todo ello al hospital de un servicio de cardiología puntero. Se han ido hace poco Juan Leal, Juana Hidalgo, Juan Beltrán y Eduardo Rejón, se fueron en su día Curro, Sebastián Umbría, Bolaños, Caparrós, Vicente, Luis Torres; se nos fue para siempre Iriarte, el gran animador del sorteo de  las guardias de Navidad... ¡Coño, me he ido yo!!! Aunque aún resisten unos pocos más encabezados por el incombustible Grilo, me invade la nostalgia al considerar qué espléndida generación de médicos buenos, capaces y generosos le hemos brindado al Valme y a su población. Y hablo solamente de la rama médica que es la que mejor conozco y con la que me identifico completamente. Un tanto parecido podríamos decir de los quirúrgicos, ginecólogos,  pediatras, radiólogos, patólogos, hematólogos y analistas. Aún a riesgo de parecer algo petulante, me siento muy orgulloso de haber formado parte de este grupo humano que entró en Valme hace más de treinta años con toda la ilusión y las ganas de la juventud, y que ahora se va yendo poco a poco, sin formar ruido, con canas y arrugas, pero también con las manos llenas de una labor encomiable: la satisfacción de haber llevado un poquito de bienestar a tanta gente y la esperanza cierta de que nuestro trabajo y nuestro ejemplo hayan cundido entre los que han de continuar nuestro sagrado menester.

Seamos todos felices. Nos lo tenemos bien merecido. Y Nicolás, más.


viernes, 8 de junio de 2018

El diagnóstico en la mesita de noche

Muchachos, amigos y desocupados lectores: esta historia que hoy os hago llegar es de esas que más me atraen. Y lo es por varias razones. Primero, porque se trata de un triunfo de jubileta, una "batallita" médica conquistada -cual Cid campeador- después de "muerto" para la causa. Segundo, porque me gusta poner en su verdadero pedestal a la gran desheredada de la medicina moderna, la Historia Clínica. Y en último lugar, porque define muy acertadamente la idiosincracia del autor, genio y figura. Vamos allá. 

La Peque y yo nos hemos alejado bastante en visita de cortesía a un hospital de allende nuestras tierras andaluzas para ver a un amigo muy cercano que, caminando por sus campos de allí, se ha descoñado por un terraplén y se ha partido tibia y peroné. Y, ya operado hace dos días, estamos de cháchara distendida. En esto que entra en la habitación el inquilino de la otra cama, un joven de aspecto muy saludable. Como quiera que lo viera caminando con normalidad y por su propio pie, va y le digo con toda mi frescura:

-Oye, no parece que tú te hayas roto nada.
-Ah, ¿es conmigo? -se disculpa por estar distraído enseguida con su móvil-, no, no; yo no pertenezco a esta planta, yo soy de medicina interna.
El cielo abierto. Tengo la costumbre -deformación profesional- de interesarme por la enfermedad del vecino de mi allegado cada vez que visito a alguien en algún hospital. Afición, nostalgia... No sé. Y encima, éste es de medicina interna.

-Estoy aquí de ectópico porque no hay camas en mi planta -aclara, y yo pienso que nada nuevo sub sole.
-Perdona -me precipito con mi habitual descaro-, ¿y qué es lo que tienes?
-Tengo ictericia, ocho miligramos de bilirrubina -me responde con un cierto deje de orgullo, como quien dice, que eso no lo tiene cualquiera.
-¿Y por qué ha sido? -le meto los dedos a conciencia.
-Pues todavía no lo saben mis médicos. Llevo un mes ingresado, me han hecho miles de pruebas...Y nada.
-¿Eso cómo va a ser, hombre?...
-Es que aquí mi marido... que es internista -salta mi mujer-, por eso se extraña tanto.
-¿Ah, sí? -responde el joven más animado-. Pues si quiere le cuento todo a ver qué opina usted -dirigiéndose a mí.
-Pues venga -me pongo yo sin percatarme de la privacidad debida. No tengo remedio.

Y entonces el hombre se explayó a gusto. Me explicó con minuciosidad  todas las analíticas y pruebas complementarias realizadas, con estudios completísimos de autoinmunidad, virológicos, enzimáticos y de colangioresonancias y TAC corporal... Todo negativo. Por último, dos días antes le habían realizado una biopsia hepática de cuyo resultado estaban pendientes sus médicos.
Sin poderlo remediar regresé a mi planta séptima del Valme y me investí de nuevo de internista renacido. No me regañéis, es algo vivencial, me sale de lo más profundo, ha sido toda una vida dedicada a lo mismo. Me tacharéis de presuntuoso y de vanidoso, y tendréis razón, pero al término de esta entrevista yo ya sabía el diagnóstico. Se me vino al pensamiento el recuerdo de un caso que viví con Emilio Suárez, un crack en hepatología, de colestasis intrahepática resistente a toda elucubración diagnóstica hasta que dimos con el quid: había tomado Amoxi-clavulánico, y por entonces apenas había literatura médica sobre ello. Le solicité al joven que me dijera cualquier nuevo medicamento que hubiese tomado desde marzo pasado hasta ahora. "Ninguno", me dice rotundo. "Piénsalo un poco -le insistí a cosa hecha-, quizás algún antibiótico para un resfriado"... "Ah, sí, es verdad, lleva usted razón". Y trasteando en su mesita de noche, traspapelado en su cartera, encontró un cartoncito con el nombre de Augmentine. "Lo tomaría a mediados de abril, sí, por culpa de un flemón". "¿Saben esto tus médicos?" -le pregunté. "No, yo no me he acordado de decir nada, ni nadie antes me lo ha preguntado". "Pues de mañana no pasa sin que se lo digas".

Bueno, la biopsia aclaró que aquello era una colestasis intrahepática sin granulomas ni fibrosis, muy posiblemente relacionada con causa tóxico-farmacológica. Mi orgullosa curiosidad médica me ha hecho mantener un relación telefónica con el muchacho, de ahí que conozca esos detalles.
Aquí, debo aclarar una cosa enseguida: no todo el mundo que tome Augmentine va a desarrollar una hepatitis. Ni mucho menos. Es una reacción idiosincrática, personal, que ocurre en muy pocos pacientes. No se me asusten.

De manera que el diagnóstico se hallaba oculto en un cartoncito olvidado en la mesita de noche y no en tantas pruebas realizadas. ¿Se hubieran podido evitar algunas de las pruebas complementarias que se solicitaron en este muchacho de haber sabido sus médicos desde primera hora el antecedente de la ingesta de Augmentine? Sin duda. En el informe de alta que el muchacho me ha enviado por wassapt puedo observar análisis de porfirinas, ceruloplasmina, alfa 1 antitripsina, y un TAC corporal, pruebas costosas y prescindibles. Pero, sobre todo, el haber tenido conocimiento de este detalle del fármaco hubiese orientado mucho antes las pesquisas diagnósticas con la consiguiente tranquilidad para el paciente -que sabe por dónde van los tiros- y para los médicos que lo atienden, que ven muy aliviada la jodida incertidumbre, y con el acortamiento de una estancia hospitalaria tan cara para el sistema como fastidiosa para el joven. Como internista me he sonrojado al leer un informe de alta con cuatro renglones para la historia y dos folios para el copia y pega de los distintos informes de las pruebas complementarias. Para mi descontento, en todos los sitios cuecen habas. Fuera de Andalucía, también.

He aquí el auténtico valor de la historia clínica:  la herramienta más válida y eficiente para orientar el diagnóstico en la dirección adecuada. Una especie de mapa de carretera, o mejor, una de estas "Ciris" modernas que guían nuestros itinerarios en coche. Se trata de algo tan sencillo -y tan complejo- como el saber recoger por escrito los antecedentes y síntomas que cuenta el paciente o que nosotros le sonsacamos, ordenarlos y clasificarlos por su importancia relativa, y anotar también los datos objetivos de la exploración física. Se necesita para ello -aparte de la consabida capacitación- ausencia de prisa, paciencia, orden y buena letra (eso era antes de los ordenadores). No hay cosa que moleste más a un internista que una consulta de "pasillo", aquí te pillo, aquí te mato; no. Mi amigo Benítez tarda más de una hora en realizar una anamnesis y exploración física. Así debe ser. ¡Anamnesis! ¡Qué palabreja más bonita! Viene del griego y significa interrogatorio. Muchos de nosotros aún mantenemos la vieja costumbre -la clásica de Hipócrates- de guiarnos en la anamnesis por aquellas tres preguntas emblemáticas de qué le pasa, desde cuándo y a qué lo atribuye.

 La historia clínica es el principio del todo en medicina, ayuda al clínico a equivocarse menos y es un bálsamo para la incertidumbre. Es el mejor libro de cuya lectura reposada el médico comprende y aprehende a su paciente. A mí me ha pasado siempre: por difícil e intrincada que se ponga una enfermedad el disponer de una buena historia clínica elaborada por uno mismo supone un grandísimo desahogo. Todavía no he dado con la tecla, de acuerdo, pero presiento que estoy en el buen camino. Por el contrario, sin una adecuada historia clínica pareciera que el médico fuera dando palos de ciego.

¿Acaso somos los internistas unos detractores de las famosas "pruebas"? Ni mucho menos; sin ellas, hoy no sería posible el ejercicio de una medicina eficaz. La mayor parte del terreno comido por la ciencia a la enfermedad y a la muerte ha sido, sin duda, por el avance tecnológico tan extraordinario en los últimos cuarenta años. No; los internistas valoramos tales adelantos como elementos potentísimos que nos auxilian en el arduo empeño del diagnóstico y  tratamiento de nuestros pacientes. Lo que no quita que debamos seguir siendo los adalides en la defensa de lo primero, esto es, de la historia clínica como elemento primordial que dirija los pasos sucesivos del médico. Y no por un capricho nostálgico de cuatro carcamales como yo, sino por el convencimiento de que ayuda de verdad aliviando la incertidumbre, seleccionando las pruebas más adecuadas para cada caso, individualizando el manejo de cada paciente como sujeto único y, encima, abaratando el coste de los distintos procesos.


Las prisas, el inconmensurable avance de las técnicas médico-quirúrgico-radiológicas y la hiperespecialización han colaborado a que muchos médicos rehuyan implícitamente de la historia clínica y se hayan zambullido en las "pruebas" en donde todo sale. Y esto, concedo que pueda ser una opción muy buena para grupitos seleccionados de pacientes, pero nunca para la población general cuando enferma. El problema es que dicha práctica de medicina hipertrofiada, basada en las pruebas, resulta muy atractiva para cualquiera al considerar que ahorramos tiempo y ganamos en fiabilidad. No es lo mismo auscultar crepitantes en la base derecha que ver la imagen de una neumonía necrotizante en el TAC. Bien. Pero no todas las neumonías precisan de un TAC. Ahí está el equilibrio de fuerzas y prioridades cuyo árbitro debiera ser la historia clínica.


Los médicos de familia y los internistas (médicos con vocación de globalidad), más que ningunos otros, tenemos la obligación moral de promover, publicitar y defender la historia clínica por todos los motivos antes expuestos. Debemos ser sus valedores. La tecnología y las pruebas complementarias, unas recién llegadas como quien dice a esta familia sanitaria, aparecen a diario en el candelero mediático, reciben alharacas por doquier y están en boca de todo el mundo. Sin embargo, la historia clínica, la abnegada madre de quien todos hemos mamado, se ha quedado sin herencia y ni siquiera tiene ya quien le escriba. No será así mientras un servidor tenga un hálito de vida. 


jueves, 10 de mayo de 2018

Día de patios

Capitaneados por Fraski, nuestro anfitrión e infatigable guía accidental, algunos amigos hemos echado abajo una jornada especialmente intensa, agradable y, finalmente, fatigosa. Nadie se da cuenta de lo duro de la vida del jubileta hasta que no le llega su hora. Al tiempo, esos que os reís ahora de esta ocurrencia. Algo parecido ocurrió cuando otra vez Fraski nos ilustró sobre las ruinas de Medina Azahara, o más atrás aún, cuando nos paseó por el sendero bellísimo del arroyo Bejarano, o cuando... Esta vez han sido los patios, ese público tesoro que los cordobeses guardan y miman celosos durante todo el año para hacer de mayo el mes florido y hermoso que dice el refrán.

Doy por sentado que todos mis lectores han visitado alguna vez los patios de Córdoba. Poco más puedo aportar desde aquí a la exaltación de la singular belleza de los mismos. Con toda justicia han sido declarados como patrimonio inmaterial de la humanidad. Fuera aparte (me gusta esta expresión tan sevillana manque sea de prosodia heterodoxa) de lo estrictamente estético, que es sublime, entrar en cualquiera de estos patios es sumergirse en un submundo que invita a la fantasía, a la relajación, a la magia. Si encima libas de sus porrones y te sientas en sus butacas a tomar un respiro te invade una sensación de frescura, de divinidad, de gloria bendita, de decir aquello tan bíblico de "Señor, hagamos aquí tres tiendas"...




En las casas andaluzas el patio es uno de los más agraciados legados que nos han dejado romanos y moros, tanto como el zaguán, el alcantarillado, los baños, el lavarse a gafadas o el dejar las puertas abiertas. En nuestros pueblos no se concibe una casa sin patio de macetas. Y si puede ser, con su parra y su pozo, el no va más. Patios centrales y porticados al estilo romano, el "Atrium", como el centro de la vivienda, o patios delanteros o traseros al estilo moro, con plantas y fuentes. Nuestros patios son a nuestras casas lo que los pomposos jardines a los lujosos palacios dieciochescos, pero a lo pobre, claro está. En ellos, nuestras abuelas cosían a la sombra del emparrado, nuestras madres cocinaban en el hornillo de carbón y sacaban agua del pozo, y nosotros nos entreteníamos correteando a las gallinas. El patio era -y lo sigue siendo- un respiro, un desahogo, un espacio de disfrute sensual, un placer.

Y en Córdoba, muy especialmente, este lugar de ocio y entretenimiento se ha elevado a la categoría de arte. Para mi gusto, los patios cordobeses representan retablos o crípticos barrocos traídos al terreno de lo profano, de lo doméstico. Encendidos borbotones de color y fragancia llovidos desde el cielo en una tierra paradójicamente discreta y callada. Misterios.



En fin, ustedes que lo disfruten lo mismo que nosotros. Pero... no tanto, que acabamos reventados. ¡Dura es la vida del jubilado!

martes, 8 de mayo de 2018

Carratraca versus Chicago

Con mi piso a rebosar de gente, algunos durmiendo en colchones por el suelo a la usanza cortijera, en las jornadas diurnas nos desahogamos por ahí fuera. En estos pasados días del puente de mayo hemos degustado los sabores paisajísticos, arqueológicos y gastronómicos de la comarca del Guadalteba, de la Sierra de las Nieves y de la montaña y vega antequeranas. De mención, el nacimiento del Guadalhorce, las ruinas de Bobastro, la cascada del río Jorox, en Alozaina, y el gazpachuelo de huevo de la "Casa Pepa", en Carratraca, como referentes más atractivos.

El último día nos fuimos a visitar Archidona. Alguien de nosotros deseó rememorar viejos tiempos en los que después de arduas reuniones en Antequera se venían los compañeros a este pueblo, por entonces con más marcha, para correrse unas merecidas juerguas de inspectores, que no todo va a ser boletín oficial. Localidad ésta más pequeña pero muy aseada, no fuimos capaces, sin embargo, de dar con su famoso cipote, "El de Archidona", por mucho que rastreáramos por la plaza ochavada y alrededores. "¿Por dónde cae la calle del cipote?" -le pregunté bromeando a un lugareño añoso. "Ande usted ya, hombre, que eso son cosas del Cela, aquí no hay tal cosa".


Ante mayúscula decepción, Juan Ojeda nos aclaró lo de la leyenda que explica Camilo José Cela, gran maestre de pajillería, según la cual un joven vecino de este pueblo, siendo masturbado por su novia en el anfiteatro de un cine, eyaculó tanto y tan disparatado que roció salpicando con su viril ungüento a mucha gente en la sala de butacas. ¡Con qué virtud se aplicaría a la faena la ansiosa muchacha!...

Y así, aunque os cueste creerlo, achacosos jubiletas y todo que somos, esta historia consiguió desperezar al pajarillo medio muerto de nuestras bajeras, vaya, que nos pusimos contentos. Solo eso. Contentos. Nuestras mujeres aprovechan la marea favorable para meter baza, ahora que, alejadas del catre, se creen a salvo de nuestras torpes intentonas. Y largan entre ellas, a nuestras espaldas, de secretillos de alcoba, tan repetidos y conocidos por todas como las recetas que toman a mano de la ensalada de aguacates y gambas. Que si mi marido es un cansino, pos anda que el mío que es un berraco, que si el mío todavía tiene güeso en la churra, que si a mi me quema por dentro, que si a la otra parece que se le está cerrando el bujerillo, que si ya una lo que desea es menos ímpetu y más caricias... Y nosotros, como que no, pero que sí. Y se ríen de buena gana. Y ya se enfría el asunto cuando saltan a las cremas y mejunjes para los bajos.¡Qué viejos verdes estamos hechos! ¡Y qué calientes semos, Manuel!

De manera que hemos echado unas jornadas muy intensas y agradables disfrutando plácida y tranquilamente de nuestra amistad en mi casa y en este entorno bello y cercano de la comarca antequerana. Aunque muchos de vosotros os rebeléis contra este juicio mío -la Peque la primera-, yo entiendo que esta forma de viajar en lo doméstico, en lo conocido, en lo seguro, es la más apropiada para nuestra edad. 
Por contra, mi hermano Frasco, su mujer, sus hijos y unos amigos, pasan el puente de mayo en Chicago. ¡Qué barbaridad! ¡Qué contradios! ¿Qué se les habrá perdido allí? Mi hermano es de parecida calaña a mi mujer o mi hija, está loco por viajar y si es a los EEUU mucho mejor. Y yo no los comprendo, la verdad, no siento el más mínimo interés. "Pero papi -me regaña mi hija- ¿te vas a morir sin ver Nueva York?" A mi me da igual, no siento ninguna curiosidad por conocer esas ciudades tan extraordinarias. No les tengo manía, claro que no; simplemente que no me merece la pena el esfuerzo mental, psicológico y monetario por ir a verlas. "Meli, yo iría muy gustoso a Nueva York o al fin del mundo si allí vivierais tú o mis nietos". Entonces, claro que viajaría, porque voy a encontrar algo tan querido que me haría soportables los sacrificios exigidos. Esta es mi posición al respecto.






Cualquier región española posee tal cantidad de bellezas naturales, de patrimonio cultural e histórico, de riqueza gastronómica, de variedad de fiestas y costumbres, y a tiro de piedra como quien dice, que yo prefiero siempre lo bueno conocido que lo novísimo por conocer. Me tacharéis de viejo prematuro. Me da igual. He sido siempre un viejo conformista puesto que he antepuesto mi confort y mi seguridad a la curiosidad por lo desconocido. 

Así las cosas, me quedo con Carratraca.  






viernes, 27 de abril de 2018

El taller

Desde nuestros tiempos de Triana -tampoco hace tanto- estaban las mujeres trajinando sobre un taller que la Peque les iba a impartir sobre pintura en seda, una especialidad que mi mujer domina como nadie. Y yo me lo tomaba a broma creyendo que sería una de esas muchas iniciativas a la que las mujeres se lanzan ilusionadas en un momento de calentón de taberna pero que luego pasan los días y se quedan en nada. De hecho, en tres años que hemos vivido allí nunca han encontrado fecha que les cuadrara a todas. Pero no abandonan, oye.

Y ha tenido que ser aquí, en nuestra nueva casa de Antequera. Y aquí me tenéis, de casero asistente para cuatro mujeres que se han encalomado en mi piso durante cinco días a mesa y mantel, qué digo a mesa y mantel, mucho más. La matrícula, totalmente gratuita, incluye, además del contenido docente y de los materiales necesarios, un régimen de pensión completa; no, ni siquiera eso, se parece más a un todo incluido. Con pulserita. Y no acaba la cosa ahí, esta misma noche se añaden sus mariditos y dos parejas más. Aquí todos rebujados. Y por si éramos pocos, va y se apunta también mi cuñada Conchi, otra pécora de cuidado.

Los de mi edad comprenderéis mejor las tribulaciones de un hombre solo frente a semejante gineceo. Mientras ellas se divierten pintando sus trapitos, un servidor les pone el desayuno, hace la compra, saca a pasear a la perrita, va de canguro para que mi hija pueda salir a caminar, les cocina unas papas con chocos de rechupete y, después de mi siesta rigurosa, les sirve el cafelito con sus dulces. El único ratito que me dejan respirar es el de la novela, ritual sagrado para ellas. Y entre cosa y cosa, como puedo, saco algo de tiempo para escribiros. Luego dicen del tiempo de los jubilados... Que no, que no nos queda nada para nosotros mismos.

Y a todo esto, con muy pocas compensaciones. En otro tiempo, en el siglo pasado mismamente, hubiese sido un auténtico disfrute sensual con mi disposición corporal y anímica rezumando testosterona hasta por las uñas, y ellas tan zalameras y pintureras. Hubiera exigido el pago en especie, en carne misma, pero ahora... En fin, que ya no es lo mismo. Mi testosterona no da ni para encontrármela pa mear, y el estradiol de ellas debe ser de garrafón, o genérico, con tanta soja como toman. ¿Dónde, los muslos prietos de la Peque; adónde han ido a parar las cachas carnosas de la Paqui; qué ha sido de los melones de la Mariki; qué, de la cinturita de muñeca de María Jesús? Hablo con conocimiento de causa, mi condición de médico y amigo me ha brindado muchas oportunidades de conocerlas epidérmicamente hablando. Ahora, ni en picardías para acostarse consiguen que se me empine el... ánimo. Será la edad. Será.


En fin, es broma. Ellas tampoco se han dado mucho respiro, son muy intensas para todo lo que se proponen. Han obtenido su máster sin truco, con todas las de la ley.  Mirad, si no, el resultado final de sus esfuerzos.
Muy bonito todo, vaya. Pero ya voy teniendo ganas de que llegue el domingo.



Un suponer muy fastidioso

Lo que hoy os voy a relatar no es que me haya pasado a mí, no. Es un suponer -un poner, se dice en mi pueblo-. A mí no me suceden cosas así, eso es para la gente "normal".

Puestos, pues, a suponer, supongamos que el domingo pasado hubiésemos echado un día formidable la Peque y yo junto a mi hermano Manolo y mi cuñada Sam. Que hubiésemos ido a visitar un paraje bellísimo en Villanueva del Trabuco, el nacimiento del río Guadalhorce; que nos diésemos un paseo tranquilo por unos senderos ignotos y preciosos; que al mediodía almorzáramos de escándalo en el hogar del pensionista de Cauche, una pedanía de Antequera, y que, idos al pueblo hermano y cuñada, nos hubiéramos pegado, La Peque y yo, una merecidísima siesta. En este punto, alguna mente insana podría suponer que hubiera habido alguna cosilla más. Pues no. Sería demasiado imaginar. Una siesta de sofá orejero y nada más.

Podemos seguir suponiendo que, luego, en una tarde tormentosa y embarrada nos hubiésemos ido al cine con mis cuñados Cipri y Conchi; y que nos divirtiera un montón la película "Campeones"; y que, idos estos dos a dormir a su casa, la Peque y un servidor nos dispusiéramos a lo mismo: llegar a casa y echarnos a dormir después de una jornada bastante movidita. Hasta ahí, perfecto, si no fuera por la lluvia de barro y los relámpagos que ya empiezan.

Hagamos un esfuerzo más para imaginar ahora que, ansiosos por una ducha relajante, unas sábanas calentitas y quién sabe si un carnal y pegajoso revolcón, dijera la Peque que no, que no. Pero no que no me ilusione, que de lo que voy pensando, nada. No, no sería ese tipo de no. "¿Que no qué?" -le preguntaría yo. "¡Coño, que no puedo abrir la puerta!" -diría ella. "Anda, déjame a mí, que tienes las manos de gachas" -es posible que yo le mal respondiera. Y más posible todavía hubiera sido que no hubiera habido forma humana de girar esa llave. Y dado que estamos caminando en un terreno de enfervecida imaginación, podemos suponer la clase de furor interior y de incredulidad que me pudieran haber abatido en ese momento. ¿A qué divinidad o virginidad podría uno increpar sin miedo a la sanción de la justicia rajoiniana? ¿Contra qué político o en qué eminencia vaticana acertaría uno a descargar los excrementos en circunstancia tan crítica?

Pero no nos precipitemos, es todo suposición. Supongamos ahora que mi mente totalmente incendiada de una ira autocrítica, decidiera rebobinar hasta aquel inoportuno instante en que, a toda prisa porque llegábamos tarde al cine, saliera de mi casa detrás de la Peque, diera un portazo y se quedaran las llaves puestas por dentro. Y llegaría ahora lo más gracioso: "Tú eras el que decía que a ti nunca te pasaría" -quizás dijera tentadoramente Eva. "No me enciendas -pudiera haber respondido el ofendido y ofuscado Adán-, que la culpa es tuya por haberme metido tanta bulla". "Me callaré -se pondría muy melodramática-, no te vaya a dar tu taquicardia"...

Hasta aquí, todo imaginación, todo suposición. Ahora vamos a la realidad cruda en una noche bien entrada cayendo truenos y relámpagos y agua a punta pala. Y nuestros cuerpos serranos sentados y abatidos en las escaleras del rellano.
-Nos vamos a dormir a la casa de la Meli (nuestra hija), y mañana llamamos a un cerrajero -se pone prudente la Peque.
-Sí, pero la pobre perrita se va a quedar ahí sola toda la noche -protesto yo-. Y con tanto trueno...
-Ya estamos con la perrita...
-Que no, Peque, que llamo a un cerrajero ya.

Con mucha más serenidad de lo que yo mismo podía esperar de mí, busco en mi móvil un cerrajero de 24 horas, y llamo. Al otro lado escucho una voz de hombre marroquí pero que debe llevar años aquí porque habla perfectamente el castellano. Le explico lo sucedido y me dice que sí, que en cuarenta minutos está aquí, que viene desde Casabermeja, que le mande mi ubicación. Vale.
Nada más colgar, me tienta mi demonio particular instándome a que intente otro cerrajero, que cuarenta minutos son muchos, que aquí en el mismo Antequera también habrá alguien de 24 horas. Y le hago caso. Y busco otro teléfono. Y lo encuentro. Y llamo. "No se apure usted, en media hora estoy ahí". Y la Peque: "Niño, ahora te vas a encontrar con dos cerrajeros". Rápidamente, vuelvo a llamar al móvil del primero para que no salga de su pueblo en noche tan aciaga. Pero le miento, no le digo que he encontrado otro más rápido, sino que me he echado otras cuentas y que ya si eso, mañana hablamos. Teníais que haberlo escuchado: "No, no. Ni hablar. Usted lo que ha hecho ha sido llamar a otro cerrajero. Pero que sepa que el único profesional de 24 horas en toda esta comarca soy yo. La persona a la que usted ha llamado la segunda vez acaba de comunicar conmigo para que yo le haga el trabajo". Tierra trágame. ¡Qué mal trago! "Bueno, pues... perdone usted, pero comprenda mis prisas, lo siento mucho"...

Total, en media hora el hombre estaba allí, fue amable, no volvió a reñirme más, sacó un trozo de cartón piedra de su maletín, lo introdujo por el mínimo resquicio entre la puerta y el dintel lateral... Y la puerta se abrió solita. Detrás, La Pelusa nos miraba con cierto asombro y meneando su colita. 

¡Hay que ver la imaginación que tenemos algunos! 

martes, 24 de abril de 2018

El chacho del Convento

 Esta es una parte de la historia de su padre que no conocen bien mis sobrinos del Convento. Va para ellos.

En la misa de su funeral, el cura, don Lorenzo, dijo de él que fue un hombre que no abría la boca por no molestar. Muy cierto, sí señor, hasta qué punto no sería así que en los últimos años ni siquiera lo he visto enfrascarse con los culés del pueblo. La edad y su buen temple de cuna lo habían conformado como un jubilado sensato y centrado. 

¡El fútbol!, su gran pasión desde chico. ¡El Real Madrid!, su delirio. A todo esto, era muy malo con la pelota en los pies. En los partidillos que echábamos en el patio de los chinos de La Capilla con José "El Bolo" y los hijos de los aceituneros, había que chutar de empalme, es decir, antes de que la pelota tocara el suelo porque un piso tan irregular como aquél hacía imprevisible el bote. Para cuando él armaba su zocata, el bote travieso lo pillaba desfasado y propinaba unos remates increíbles... al aire. Así tenía el pobre las rodillas casi descoyuntadas. De haber habido móviles en aquel tiempo lo hubiera grabado de mil amores para que hoy sus hijos futboleros se rieran de él y aceptaran que el talento con el que ellos manejan la bola no es herencia de su padre, sino de su tío.

"Frasquito el de la Capilla" era nuestro cuñado, el cuñao, el entregado marido de nuestra hermana mayor, Josefa, "La Niña", fallecida ya hace la friolera de catorce años. Para nosotros, Frasquito ha sido un hermano más. Y para nuestros hijos, el chacho del Convento. No sé si alguna vez tuvo la tentación de rehacer su vida futura con otra mujer. Nosotros, incluso mi propio padre, lo animábamos, pero nada. Ha permanecido fiel por entero a su difunta esposa, a sus hijos, a sus nietos y a su casa. Él ha sido el tapado instigador de que todas las reuniones y comilonas familiares sigan desarrollándose en El Convento, igual que cuando vivía mi hermana, tan pródiga en estas cosas, tan clueca, tan matriarca. A su vez, nosotros, mis hermanos, mis cuñados, la Peque y yo mismo, lo hemos tenido siempre en nuestras reuniones o comidas no solo por uno más sino por el que más. Enteramente ligado a su familia, que es la nuestra. De su familia natural solo le quedaban dos hermanas y varios sobrinos que, por residir unos en Pedrera y otros en Cataluña, no han podido tener el mismo roce nuestro.


Por eso, su muerte, tan prematura como inesperada, ha sido la muerte de un hermano, de nuestro hermano mayor. Y para mi hermana pequeña, Carmen, la muerte de un segundo padre. Es así. Cuando ella nació, mi hermana Josefa tenía diecinueve años, y Frasquito -su novio a la sazón-, veintiuno. Con mis padres ya mayorcitos, esta hermana pequeña fue para la parejita de novios algo así como un ensayo acelerado de paternidad sobrevenida. A su manera, la malcriaron como hoy hacemos los abuelos con los nietos, y durante toda su crianza permaneció de alguna manera bajo el cobijo de ellos. Por edad y crianza, mi hermana Carmen es más hermana de nuestros sobrinos del Convento que de nosotros mismos.




Yo puedo presumir delante de mis hermanos y de mis sobrinos de haber conocido a Frasquito en sus años de niño y de mozuelo. Al no haber más chaveas de su edad en el cortijo, tuvo que conformarse con jugar y convivir conmigo, cuatro años más chico que él, que ahora no se nota nada, pero entonces sí. De los varones yo era el hermano mayor, pero en aquellos tiempos nuestros ser el hermano mayor comportaba pocas ventajas, si acaso sentirte el favorito de tu abuela y poco más; te llevabas todas las reprimendas de tu padre, los alpargatazos de tu madre, y, encima, las visitas se prendaban de mi Manolo, un negrucillo parlanchín, o de mi Juan, un rubio querubín. Hasta que a mis once años -edad con la que llegué al cortijo- me encontré con una especie de hermano mayor. Ha sido siempre un hombre noble; a mis años podría haberme enseñado -según era costumbre- alguna que otra guarrería.
Pues no. Me enseñó a poner las trampas para los pajarillos y las perchas para los zorzales; a pisar por sus pisadas para no embarrarme más de la cuenta; a montar en la bicicleta de mi padre. En las tardes eternas del estío se bañaba conmigo en la gran alberca de La Capilla, de más de cinco metros de profundidad... por si las moscas. Aunque yo nadaba mejor que él. Y ya más adelante, según me hacía un mocito, me montaba atrás en su "Montesa" para ir al pueblo, a Antequera, a Pedrera...y me enseñó a conducir el tractor. Por mi parte, yo le enseñé a cocinar la rica y sabrosa porra frita del campo, pero no conseguí que aprendiera a jugar al fútbol tan bien como yo. Perdón por la inmodestia. Pero falta ya poco para que reciba de mí la mejor ayuda posible: mi influencia favorable a los ojos de mi hermana Josefa.

Ningún ejemplo mejor que el suyo para definir a un hombre apegado a la tierra, ni siquiera mi padre. Frasquito nació en La Capilla; su madre, Concha, mujerona de armas tomar, lo trajo al mundo sin ayuda de nadie, a la manera de las indias, en cuclillas. Y toda su vida ha estado ligada al cortijo hasta su muerte. Sus padres regresaron a Pedrera para jubilarse, y sus hermanos con ellos, pero él -pueden más dos tetas que dos carretas- permaneció en el cortijo. Ha sido el mejor capillero de todos nosotros que tanto presumimos de cortijeros. Prácticamente siempre bajo la tutela de mi padre, primero laboral y siempre afectiva, ha sido un trabajador de los pies a la cabeza, de los que gustaban a mi padre, muy noble y muy leal. Y con una humildad tal que acogió con una elegancia y gallardía admirables la sucesión del cargo de mi padre en la persona de mi hermano Juan, en vez de en la suya. Lo que no quita para que de vez en cuando le brotara su poquito de reivindicativo, herencia clara de su padre, Julián el hortelano.
 

Hasta los diecisiete años Frasquito no salió del cortijo, incluida su primera comunión. Las primeras letras y los números los aprendió con un maestro republicano "repudiado" que contrató don José Carreira "El Viejo". Pero de manera sorprendente a partir de esa edad empezó a dejarse ver por el pueblo. A lo primero se iba en la Empresa o en el tractor; más tarde, en su Montesa. En el cortijo era para nosotros como de la familia, jamás le vi gesto alguno de aproximación sospechosa hacia mi hermana. Pero sucedió en aquel verano de 1967 que a la salida de misa -mi obligación diaria como seminarista que era- veía con gran sorpresa cómo Frasquito algunas tarde rondaba a mi hermana por toda la plaza. Y ella, que nones, metiéndose en el centro de su pandilla de amigas para evitar la cercanía del pretendiente. Y él, tozudo como borrico que huele hembra, sin cejar en su empeño, ahora por aquí, ahora por allí... En estas que, muchas veces, viéndose mi hermana ya sin salida, echaba a correr a todo correr por el arco de la plaza, y Frasquito detrás a toda mecha. ¡Qué bochorno! Yo sabía de sobra que ésa era la conducta habitual de seducción de los pretendientes sobre las muchachas en aquellos tiempos, corretearlas hasta cansarlas, pero viéndolo en mi hermana me daba no sé qué. Recordaba entonces que cuando dos años atrás la pretendió otro muchacho no tuve ninguna duda: yo mismo la cogía de la mano y me la llevaba, casi a rastras, a nuestra casa. Pero ahora era distinto: se trataba de mi amigo y compañero de fatigas, Frasquito. No sabía cómo debía de actuar. Mi hermana era muy orgullosa, muy riverona, las cosas por su sitio. Se consideraba un escalón o dos por encima de un cortijero, aspiraba a más. Yo lo notaba, y a veces la escuchaba quejarse ante mi madre: "¡Qué se habrá creído ése, que no ha salido del cortijo en toda su vida? Y encima, forastero." "¿Pero te lo ha dicho?" -le preguntaba mi madre. "No, ni lo voy a dejar que me lo diga" -respondía mi hermana, toda herida. 

Mi relación con él no solo no decayó, sino que aumentó en intensidad, si cabe. Haciendo cálculos de mi posible influencia sobre mi hermana, me invitaba en el bar de la Chorro a Casera de limón con una tapa de calamares, junto a sus amigos "El Tosto" y Pepe "El Cuco", y charlaban en voz alta de asuntos picantes para que yo me sintiera como más hombre en sus compañías. Y, la verdad, yo le tenía mucha simpatía. Y sin querer uno va haciendo de Celestina, a ver. "Niña, yo no sé por qué tanto enfado con Frasquito". "Porque es mu pesao, ¿no lo ves?" "Mujer, es porque le gustas mucho, yo lo encuentro un muchacho muy formal, y que va en serio contigo. No sé, niña, pero yo lo veo hasta guapo, ¡no?". "Anda, calla, ¿qué sabrás tú de estas cosas, metido en el seminario?" Y lo dejábamos. Pero yo volvía una y otra vez, un día y otro: "Niña, pos que sepas que Frasquito me ha dicho que no piensa abandonar nunca, que te quiere demasiado, que sueña contigo todas las noches, que..." "Pues va apañao, que yo no lo quiero ni en pintura, se lo puedes decir de mi parte. Pero tú te crees que yo me voy a casar con un cortijero?" "Niña, ¿y nosotros qué somos?" "Anda que la ayuda que tengo contigo..." Joer, tanto fue el burro al trigo, que al final la cosa acabó cuajando. Pero fue muy dura, excesivamente dura con él. No sé ya cuántos meses duró aquella ardua berrea, pero muchos, muchos.

Su boda, para la Inmaculada del año 1972, se celebró en la casa del Arrecife y duró tres días, como las de los gitanos. Yo me traje a mis amigos del seminario todo ese fin de semana. Para mis amigas Jaime fue un auténtico bombazo, parecía que hubiese venido al pueblo el Junior de "Juan y Junior", así de guapo era. El Luna casi se ennovia en esos días con una paisana; y al Pepe Montes lo tiramos al pilón de los mulos en las Eras Bajas. Y mi madre estaba radiante de felicidad. No sabía ella que ya por ese tiempo se estaba fraguando el futuro de otra feliz pareja: la Peque y yo mismo. De luna de miel se fueron a Sevilla, al corral de vecinos de nuestra querida prima Noberta. Como quiera que por entonces yo estudiaba en el seminario de san Telmo salía casi a diario con ellos como guía turístico. Uno de esos días, comiendo en un bar, Frasquito compró un número de una rifa, y le tocó el premio: dos entradas para el Betis-Málaga del domingo, en el Benito Villamarín. Y fuimos los dos, claro. Era la primera vez que entraba en un campo de fútbol de primera división. Y se emocionó. No era para menos, vimos en carne y hueso a Biosca, a López, a Viberti, a Quino, a Rogelio...

Y luego han sido ellos una pareja muy afortunada y feliz. Con cinco primores de hijos. Y se han ido muy pronto, es verdad. Demasiado pronto. Injustamente pronto. Vale. Pero han sido las suyas unas vidas completísimas de anhelos y satisfacciones. Por lo pronto, no han tenido que sufrir la pérdida de ninguno de sus hijos, error el más devastador de la condición humana; frustración insufrible que padeció mi madre en dos ocasiones. Y luego, mi hermana, no, pero Frasquito se ha marchado dejando a todos sus hijos en buena posición y habiendo conocido a todos sus nietos. Porque no creo que la Mari se ponga a su edad a esas cosas, y los demás han echado el cerrojo.

La muerte de mi cuñado, una vez más, le hace reflexionar a uno sobre nuestro destino. ¿Habrá cumplido sus expectativas? ¿Se habrá quedado con algo en su tintero? ¿Le ha visto él sentido a su vida? Yo quiero creer que sí, que se ha ido satisfecho de lo que ha hecho: trabajar duro; ser muy feliz con la mujer de sus sueños; crear una familia cariñosa y unida; ser un niñero tierno y entregado y un padre ejemplar con dedicación y devoción por su casa. Y ya de jubilado, un abuelo algo quisquilloso, un amo de casa la mar de aseado, el mejor tortillero del pueblo, un devoto moderado del bar de Riles y de sus amigos, y un eterno aficionado a la huerta. Sin lograr pasar de ahí, de aficionado.

-Mari, ¿no se habrá quedado tu padre con las ganas de ir a algún viaje de esos del Inserso?
-¡Qué va, ni mucho menos! La de veces que yo misma le he insistido... El era para eso muy suyo, ha hecho lo que ha querido, me decía que toda esa gente del Inserso son unos laborindiosos sin haciendas. Èl, con su huerto, su amigo Rafael y su canal Real Madrid, andaba más que sobrado.

Descanse en paz nuestro cuñado, nuestro hermano, un hombre cabal y bueno. 




viernes, 20 de abril de 2018

El indio de la vega tiene rinofima

Antes de nada definamos brevemente el concepto de rinofima: condición de la nariz regordeta, aporretada y con algunos borbotones. 

Bien, ya podemos empezar.

En Antequera, a nada que te asomes un poco por alguna calle periférica ya estás viendo la figura sobresaliente de un gigante de piedra yacente, el indio acostado, el referente de la comarca, el vigía impertérrito de la vega y de su río, el oráculo de nuestros ancestros del Bronce. La verdad es que enfocado por sus caras noreste o suroeste, es enteramente la cabeza de un indio tumbado boca arriba. No es, pues, de extrañar que nuestros pasados paleolíticos lo adoraran como a una divinidad y que enfocaran en su dirección la puerta del dolmen de Menga.  


Mi amigo Juan Francisco, que es geógrafo, nos ha explicado muchas veces que dicho peñasco calizo se denomina técnicamente un olistolito, que significa el desprendimiento y posterior rodamiento de piedras enormes desde la Penibética hasta que asientan en un lugar a su gusto. Una cosa así como un canto rodado, pero a lo bestia. Por lo visto, no es algo infrecuente, es producto de una serie de movimientos geodésicos post plegamiento de las placas tectónicas. Igual que en Antequera, ha ocurrido en la sierra de Estepa o en la de Morón. Vale, Juan. Estamos enterados. 

La foto de abajo muestra la cueva de Menga vista desde lo alto del peñón.


De siempre, en toda la comarca se le ha llamado a este ingente pedrusco "El Peñón de los Enamorados" debido a que una antigua leyenda medieval daba fe de la historia malhadada de un joven cristiano, Tello, y de su amada, Tagzona, que era mora. El joven cayó prisionero de los moros yendo de cacería, y Tagzona, hija del jefe musulmán, quedó prendada de su bella prestancia. Juntos se escaparon por esos mundos, y el padre de ella mandó a su ejército en su busca y captura. Arrinconados los amantes al pie del Peñón, subieron hasta su cima, se cogieron de sus manos y se tiraron al vacío. Antes muertos que separados. Lo mismito que ahora.


Pero a mí, que ya no tengo edad de impresionarme por las historias de los romances de ciego, me ha dado por pensar, viendo así fijamente el Peñón, que le encuentro mucho parecido con el perfil de mi padre acostado. No me digáis que no. Se me antoja, además,  que mi padre se forjó de jovencito trabajando en un cortijo al pie de la Peña, y que de ella recibió los dones de su fortaleza, su dureza de testuz, su constancia, su fidelidad al terruño, su amor incondicional a la tierra madre. Y cuanto más lo miro, mejor se me representa la imagen serena y plácida de mi padre dormitando. ¡Coño, hasta la nariz es la suya! Vosotros no lo sabéis, pero para eso estoy yo aquí para decíroslo: la nariz del indio tiene su poquito de rinofima, como la de mi padre.


Nota: como veréis, estoy aprendiendo a insertar fotos, aunque sea de una manera algo burda. ya iré mejorando.