lunes, 31 de diciembre de 2012

Sexo floral.


Ya está mi níspero florecido. Le tengo las fechas cogidas, floración en diciembre, fruto maduro por mayo. Ya los insectos en lo suyo; un aluvión de abejas corteja los cientos de  ramilletes blanco canela con morisquetas y bailes petulantes, con zumbidos suaves, románticos…, enamorados. No porfiéis criaturas, veréis cómo al final hay sitio para todas.
Me gusta contemplar el apareamiento insecto-floral, es cosa digna de verse. Cuando la flor, caliente por el sol del mediodía, accede dando su sí, despliega sus pétalos perfumados y se ofrece sugerente y provocadora. En un ejercicio de acrobacia singular, la abeja, entonces, en suspensión alada, la acaricia apenas con sus antenas enhiestas, luego la besa con fruición y, finalmente, se refriega en ella con embriagador frenesí. Tendrán que ser abejas macho, zánganos hormonados y abejorros, claro. 
Sucede como con las personas, tú, unas se quedan todo el tiempo en una misma flor, las menos; otras picotean livianas y presuntuosas aquí y allá; éstas aguantan en el fornicio largo rato; aquéllas es visto y no visto. Y pienso ¡qué gusto tendrán las hijas de puta ésas chupando y venga a chupar! Me molesta que los pajarillos inoportunos revoloteen cerca e interrumpan escenas tan amorosas. Cosas mías, de mi perversión sexual, siempre con lo mismo. Pero es la esencia de la vida; sin fecundación no hay herencia posible y el sexo es la guinda de la fecundación. ¡Ay de aquellas especies de fornicación asexuada! Lástima me dan.


Con unas cosas y con otras, llevaba  largo  tiempo sin hablar de sexo. Ya es que tocaba. Tenía mono, oye. Y nada más apropiado para empezar un nuevo año venturoso.


lunes, 24 de diciembre de 2012

De vacaciones

Muchachos todos (y muchachas, claro está): me encuentro de vacaciones en mi pueblo. Se me van los días entre senderos campestres, visitas médicas y comilonas. Tengo todo el tiempo del mundo para escribir, pero en la casa de mis suegros no hay wifi, ni falta que le hace. Y en el Internet de mi hermana Carmen hay cola para leer correos y ver vídeos de felicitaciones. De manera que no esperéis nuevas aventuras hasta que pasen los Reyes. O a lo mejor no tanto. Empiezo a trabajar el día treintaiuno. Quizás ocurra algo interesante y os lo cuente. Ya veremos.

¡Felicidades a todos!

viernes, 21 de diciembre de 2012

Crisis en mi consulta

Hoy me he presentado en casa con una bolsa del Carrefour llena de alubias, garbanzos, lentejas y chícharos embasados al vacío. Ayer fue un estuche del Hipercor con media tripa de caña de lomo. Hace unos días, una cajita con tortas de Alcalá...Por si acaso fuera cierto eso de que hoy se va a acabar el mundo. Aunque ya a las horas que son...En estas fechas cercanas a la Navidad recibo, como cada año, regalos de mis pacientes. "¿Qué me traes hoy?", me espera la Peque en la puerta de la cocina. "Oye, tú no necesitas hacer la compra para la Navidad, eh", me dicen mis compañeros con una pizca de envidia en sus medias sonrisas.
 
En fin, son regalos humildes de gente humilde. Ya me he acostumbrado, aunque me siento algo avergonzado saliendo del hospital con más bolsas que manos. Antes, les reñía a mis pacientes para que no me trajeran nada, pero era inútil. La gente tiene necesidad de expresar su agradecimiento de una manera tangible. Si no es así creen ser  unos desagradecidos. Y llega un momento en que lo comprendes y lo aceptas gustoso. Si se trata de chacinas o de dulces no parto peras con nadie, me los llevo a casa; sin embargo, los botes de aceitunas aliñadas u otras conservas caseras las reparto entre el personal de las consultas. Y se quejan en broma: "nos das sólo lo que no te gusta". A ver.

Pero ya no es lo que era, ni mucho menos. Hace unos años podía buenamente atesorar en mi despensa cinco o seis jamones de bellota de incontables jotas, varias cajas de vino, de esos de reserva, y cestas variadas de El Corte Inglés. No daba  abasto, tenía que repartir género entre mi Manolo, mi cuñada Miki y las comilonas con mis amigos los de Sevilla. Eso era antes; la cosa ha dado un bajonazo de cuidado.

La crisis, diréis. Pero no. No es la crisis. En mi caso lo que ha sucedido es que las personas que me hacían regalos de cierto postín se me han ido muriendo poco a poco. Y no ha habido relevo generacional, digamoslo así.

-Chiquillo, ¿y tú por qué dejas que se te mueran? -se me pone mi suegra con ese humor tan irónico que tiene.
-Antonia, yo procuro que no ocurra, pero pa que veas cómo son las criaturas, por más que lo intento, nada, que se me mueren.
-Pos vaya médico...

Un día de éstos os hablaré de un paciente que tengo, que es millonario. Aunque tan rácano como yo, conmigo se pasa de dadivoso. Llega a los aparcamientos del hospital con su coche cargado, pega su maletero al de mi coche y en un santiamén hace el trasvase. Y yo allí, con mi bata blanca de médico, muerto de vergüenza.
-Pero Manolo ¿no sería mejor y más discreto que me enviaras los regalos por Seur, por ejemplo?
-¡Qué va, Rivera! A mí me gustan las cosas, personales, a la cara. - Es así el hombre, no tiene remedio.
-Oye -le provoco- tú no me harás el feo de morirte y dejarme sin mi jamón de Navidad, ¿verdad que no?
-Menos cachondeo, Rivera, que yo soy muy superticioso.

Nos reímos un rato, él se va para el pueblo y yo regreso a la consulta. Mientras maniobra para salir, baja la ventanilla y me dice:
-Rivera, asegúrate que has cerrado bien tu coche, que no me fío de estos gorrillas que andan por aquí.
-Anda, anda, vete ya de una vez. Y ¡Feliz Navidad!
-Felices Pascuas -se despide riéndose-, besos para la mujer y la hija y una patá pal perro. -Es bruto de verdad.

 Y más mísero que yo. 

viernes, 14 de diciembre de 2012

Feliz Navidad

Una amiga, a quien tengo un especial cariño y conocida por muchos de vosotros, me envía un e-mail de felicitación navideña con este dictado: felices fiestas de invierno y feliz año 2013. Me ha sorprendido, la verdad. Según este modo de ver las cosas, las fiestas de invierno son las navidades de toda la vida; las fiestas de primavera han de ser, supongo, la Semana Santa; las del verano serán los días de la feria de mi pueblo, a mediados de Agosto, en que se conmemora la Asunción de la Virgen; y las de otoño son el puente de todos los Santos. O a lo mejor el del Pilar. O mismamente san Miguel. Parece evidente que detrás de este mensaje subyace una clara intención de laicismo.

Por todo lo demás estoy dispuesto a pasar; reconozco que la Iglesia ha convertido en cosa de su propiedad antiguas fiestas paganas relacionadas con los solsticios, pero la Navidad que no me la toquen. Aunque antiguamente fuese la fiesta pagana del sol invicto. Vamos a ver: yo me considero el hombre más laico del mundo después de mi amigo Antonio Pintor. Soy un convencido de que las religiones, cualquiera de ellas, no deben inmiscuirse en la vida pública de las personas ni, mucho menos, de las instituciones del Estado; defiendo que las creencias religiosas pertenecen al ámbito de lo privado, allá cada cual con su conciencia; que las distintas confesiones deberían de autofinanciarse con las cuotas particulares de sus socios, con donaciones y herencias de creyentes potentados que pretenden conseguir indulgencias imposibles tales como hacer pasar un camello por el ojo de una aguja; lo que quieran, pero que son ellas las que tienen que sufragar sus gastos; que los mensajes, consejos, recomendaciones, órdenes y prohibiciones que emanan de sus jerarcas sólo les afectan a los respectivos acólitos y que no tienen carácter universal ni infalible; que la Religión no debería ser materia de escolarización, sino impartida en las iglesias por los correspondientes catequistas...Todo lo que queráis y más. Pero la Navidad..., ¡por Dios santo!

La Navidad rememora, es verdad, el nacimiento de Jesucristo; pero de eso hace ya mucho, hombre. Yo ni me acuerdo. Ahora se ha convertido en una festividad social, más incluso que religiosa. La Navidad trasciende lo puramente religioso y litúrgico para hacerse sentimiento y emoción. Utilizando un simil médico, la Navidad es el ARN mensajero de nuestra alma, el que transmite y codifica las proteínas de nuestro corazón emocional: el cariño, la amistad, la fantasía, la solidaridad...Y para ello no hace falta asistir a la misa del gallo ni adorar al Niño en el Belén de la iglesia. Eso se lleva dentro. Ya estoy sintiendo la emoción de los días que se nos avecinan y, sin embargo, todavía, a día de hoy, no ha montado la Peque el portalito de mi casa. De mañana no pasa, Peque.

Ya sabemos que soy un nostálgico, vale. Y me tendréis que aceptar tal cual. En mi credo vivencial, la Navidad es la fiesta de las fiestas, la fiesta por excelencia. Y creo que es así por lo profundo y sentido de nuestros recuerdos de niño. Yo no me acuerdo, siendo un chaveílla, de la Semana Santa (bueno, sí, quizás por los tambores) ni de los puentes festivos (cosa moderna, en mi pueblo el único puente conocido era el de Benamejí) ni de las vacaciones de verano ni, casi, de la feria de mi pueblo. Pero son imborrables las imágenes de las navidades archivadas en mi disco duro cerebral. De por vida. La Navidad era y es muchas cosas y todas ellas bonitas: el "aguilando" exigido por las calles y por las casas a fuerza de desgañitarnos con el  estribillo del mismo villancico; la pandereta con chapas aplastadas de los tapones de botellines de cerveza; la zambomba manufacturada con la vejiga de la matanza; el plato de mantecados pegajosos y la botella de anís presidiendo ambos la mesa del cuerpo de casa; el despertar sobresaltado del día 6 de enero por encontrar unas tristes zambombitas y caramelos en las botas del campo de mi padre y, quién sabe si este año, una pistolita de mixtos; y luego, algunos años más tarde, el reencuentro emotivo con mis padres y mis hermanos después de largos meses de abandono en los Ángeles. Nieve, no; la Navidad en mi pueblo no es blanca, es de colores; del color verde de los olivos, del color azabache de las aceitunas en el campo, del color pajizo de las candelas de los aceituneros, del color nacarado de los primeros almendros en flor.

Hablo sólo de sentimientos; dejo para otros más versados la consideración de la Navidad y de los motivos navideños como parte muy importante del acervo cultural del mundo occidental. Tampoco es cosa de renunciar así como así a esta tradición tan arraigada en nuestra cultura y en nuestras costumbres. A mí me ocurre con la Navidad algo parecido a mi sentimiento por la Virgen del Carmen de mi pueblo. Yo seré un descreído, un ateo si queréis, pero la Virgen del Carmen es otra cosa, es un sentimiento de identidad colectiva, es el alma de mi pueblo, ¿cómo coño voy a renegar nunca de ella? Imposible. Pues eso.

¡Claro que no comparto la Navidad consumista de hoy! Y menos que ningún otro, yo, un tío rácano donde los haya. Los únicos regalos que mantendría son los de los niños. Para los adultos, el amigo invisible y ya está. Los Reyes Magos representan el día más grande del año para un niño; sólo hay que tener ojos para ver sus caritas de ilusión y fantasía al paso de las cabalgatas. Yo todavía creo en ellos. Para mí, la Navidad hoy es el encuentro con la familia y los amigos del pueblo, la comunión familiar al lado del Portal, los villancicos rancios y antiguos, campana sobre campana, el generoso reparto del "aguilando" de los abuelos a los nietos, el frío que pela, las calles iluminadas y rutilantes...Y todo ello envuelto en un sentimiento especial de estar viviendo días mágicos. 

La Navidad del año 1964 ha sido la única que he faltado de mi casa. Fue mi primer año de seminario. Entramos muy tarde en los Ángeles, quizás por octubre, y los curas pensaron que era muy pronto para volver a casa, que todavía no nos habíamos aclimatado a la sierra helada y que si nos íbamos de vacaciones más de cuatro no hubiesen regresado luego. Y pasamos las navidades en Hornachuelos rodeados de curas, aburridos de rezos, con nuestros babis canela y nuestras negras y recién estrenadas sotanas. A escondidas todos lloramos. A ratos. Luego enseguida te distraes con la pelota en el patio o con las peleíllas de unos con otros. Con doce años la tristeza no dura mucho. Aquello fue una pequeña crueldad, es verdad. Hasta la Semana Santa del 65 no vimos a nuestra familia. Seis meses. Cuando llegué a mi casa mi hermanito Juan, con cinco añitos, no me reconocía. Y yo ni me acordaba de la cara de mi Frasco, un bebé de diez meses. Mira tú qué lástima. Y a pesar de todo, amamos a esa tierra, a esas montañas inhóspitas, como si fuesen parte nuestra.

A mí que me dejen de tonterías. Con las cosas del querer no se juega. Por muy laico que uno sea, en mi casa y mientras no me falte el juicio, mi Peque montará nuestro Belén sobre el poyete de la chimenea en todas y cada una de las fiestas de invierno, ¿a que sí, Peque?

¡Felices fiestas, otra vez, y feliz Navidad!

miércoles, 12 de diciembre de 2012

Elogio justo y necesario

Nunca hasta ahora había tenido un paciente argentino en mi consulta. Los tengo, sí, pacientes foráneos de dispar jaez y color: negros verdosos nigerianos, oscuros marroquíes, parduzcos chilenos, bronceados mejicanos..., casi todos ellos bien asentados en España, legales en el sentido rajoyniano de la palabra. Pero ningún argentino, no sabría decir por qué. Bueno, ya sí que lo sé: con uno basta. Y ya tengo el cupo.

¡Qué intensidad de hombre! Y ni siquiera es él mi paciente, sino su madre a quien sirve de lazarillo. La pobre mujer, una anciana de ochenta años, española emigrada de niña en la postguerra, apenas pía. Tiene su poquito de corazón, su arritmia, su diabetes en los ojos que la tiene medio ciega y sus piernas abotargadas, pero va tirando. Quizás se pase de prudente porque sabe que el hijo no va a dar pespunte sin hilo. Es de estas personas obsesivas que lo traen todo apuntadito en una libreta de anillas. Un horror. Fijaros que desde hace cuatro o cinco meses que no veo a la madre la cantidad de cosas que este pesado ha podido anotar. Diez hojitas por lo menos: la tensión arterial diaria, los controles del azúcar, el pulso, las veces que defeca, si tal día, en una boda de una sobrina nieta, se jartó de gambas y luego estuvo dos o tres días con gota y con la tensión por las nubes, mire usted doctor, aquí está anotado, ¿lo ve usted?, este día fué la boda y fíjese en los días siguientes...Y uno que hace como que sí, como que sigue con atención cada una de las pejigueras de un hombre que parece vivir, pese a su lozanía, sólo para su sufrida madre.

-Tiene que ser duro para usted aguantar a este pelmazo todo el santo día, eh -bromeo con la madre-. Y los dos se ríen de mi ocurrencia.
-Y tanto que sí, doctor. No puedo descuidarme lo más mínimo, me trae las pastillas a la hora exacta, se pasa el día vigilándome. Una tiene ya su edad, ha pasado mucho...Y me parece que no hay que ser tan severa con una misma ¿verdad que no?
-¡Verdad! Aunque reconozco también que es difícil encontrar el equilibrio entre la obsesión perfeccionista por una parte y el abandono por la otra. A su edad de usted es necesario cuidarse, sí, pero tampoco hacerse una esclava de las medicinas ni de los médicos.
-¡Ni de este hijo mío!
-¡Bien dicho!
-Pero hombre, doctor, no le diga usted esas cosas que me la amotina -protesta el puñetero.

Hoy me trae una verdadera novedad. Han estado de vacaciones en Argentina durante un mes largo. La madre tenía muchas ganas de volver a ver a una de sus hermanas ya muy mayor y a punto de entregar la cuchara. Recuerdo ahora que, antes de partir, el hijo me pidió consejo sobre la conveniencia de un viaje tan incómodo para su madre tan delicada y que yo le dije que sí, que lo hiciera. Mala pata, vaya por Dios, al cuarto día de estancia allí la buena mujer, mi paciente, cogió una pulmonía. Y ahora comienza la aventura. "Mire doctor, una odisea, ustedes los españoles no saben lo que tienen. Aquí, en España, yo hubiera traído a mi madre a Urgencias, la diagnostican, la ingresan y al cabo de una semana o diez días, si todo va bien, a casa, ¿no es así?" "Sí, más o menos", le concedo. "Bueno, pues en la Argentina ni le cuento; allí, para que te vean en un hospital público tienes que llevar una recomendación o demostrar que vives en el barrio o que eres del partido que gobierna en esa ciudad. Si no es así te largan a casa con tu radiografía hecha y con las recetas de los antibióticos y tú te las arreglas". "No será tanto, hombre", intercedo por aquella sanidad pública. "¿Que no?, que se lo cuente mi madre". Y la mujer, callada, asiente con la cabeza. "Nosotros -prosigue enrrachado- llevábamos la recomendación de un concejal del ayuntamiento y aún así mi madre ni siquiera llegó a ingresar, sino que la dejaron durante cuatro días en una sala de observación. Cuando ya, al quinto día, le tocaba pasar a la planta le dieron de alta y terminó los antibióticos, los justos, en casa".

Viene muy a cuento esta historia en estos momentos en que sentimos amenazada nuestra sanidad pública. Desde fuera, desde el gobierno, pero también desde dentro, por nosotros mismos, los trabajadores. Entre todos tendremos que remar unidos para no dejar escapar unos logros que son la envidia del mundo. Con todo, no me imagino en España un escenario parecido al que refiere este hombre. Pero no hay que bajar la guardia. Cuando las barbas de tu vecino veas afeitar...Por muy crítico que yo sea, que lo soy, estoy entregado al sistema público, creo en él y por él me desvelo. Y sufro mucho con sus flaquezas. Por eso, hoy le perdono a este locuaz argentino toda su vacua palabrería, por hacer un elogio encendido de nuestra sanidad pública. Elogio justo, las cosas como son; elogio necesario para alimentar nuestras ganas de mejora. 

-Además, doctor, allí, en el hospital, los médicos son todos chilenos,  paraguayos, peruanos, colombianos... -se me pone en plan racista.
-Algún argentino habrá también, hombre -le replico.
-Pocos, muy pocos.
-Bueno, al fin y al cabo sudacas como vosotros ¿no? -me arriesgo un montón con la broma; pero es que me sale del alma.
-¡Qué bueno, doctor! Sudacas, sí, sí, sudacas. ¡Qué cachondo es usted!

Y pienso: ¡menos mal que se lo ha tomado bien! Mi amiga Paqui me repite una y otra vez que un día me voy a encontrar con la horma de mi zapato. Que soy muy imprudente. Yo creo que no. No sé..., tendré que considerarlo. Pero me parece que me va a poder siempre ese impulso de distraída desvergüenza. En fin..., genio y figura. 

Felices Pascuas a todos.

domingo, 9 de diciembre de 2012

El mejor de los regalos

Mi amiga Begoña es de san Sebastián. Lo digo ya de entrada para que nadie se llame luego a engaño. Aunque cada vez menos afortunadamente, todavía quedan andaluces con vascofobia. Hace cinco años pasé  dos meses viviendo allí, en Donosti, como dicen ellos, y os digo que no hay motivo para mantener ese sentimiento de rechazo. Ni mucho menos. Más bien al contrario. Los vascos  serán muy suyos, muy brutotes, claramente diferenciados no ya por su Rh sino por su exuberante orografía, sus peculiares facciones y su cultura gastronómica, pero cuando te acercas a ellos te das cuenta de que son, de entre los españoles,  los que más se nos parecen. Viven la calle, las playas, las tabernas, la comida, la juerga y los viajes con la misma intensidad que nosotros, si no más. Y les encanta Andalucía. Sólo por eso, por justa reciprocidad a la devoción que ellos nos tienen, deberíamos corresponderles. No hablo de ETA, claro está. No he conocido a ninguno de esa banda criminal. He convivido, sí, en el hospital de allí, con varios internistas de la cuerda abertzale. De acuerdo, son los garbanzos negros de una familia, la vasca, generosa, abierta y noble. De mi breve y fructífera estancia allí he recolectado un buen montón de amigos. Begoña, por ejemplo.

Fui a san Sebastián a regañadientes, enviado por mi jefe para iniciarme en una novedosa manera de enfocar la asistencia médica llamada "medicina basada en la evidencia". Aprendí mucho, me gustó, es cierto, porque  los médicos nos enganchamos enseguida a cualquier cosa que suponga una novedad, una innovación en nuestro quehacer diario. Sin embargo el botín más importante que recogí no fué el científico sino el humano.  No conseguía encontrar apartamento por Internet; o eran excesivamente caros o estaban ocupados. Llegaba la hora de partir y me veía durmiendo en un hotel los primeros días. Y me acordé, de estas veces que se te enciende la bombilla, de mi amigo Jesús Cantarero. "Oye Jesús, tú que conoces bien aquello, ¿cómo me las arreglaría para alquilar un pequeño apartamento?, que es que no hay manera". "Es carísimo todo, tío" -me contesta-, "pero espera unos días que hable con Begoña, a ver qué podemos hacer".

A Jesús lo conozco desde chico, del seminario. Aunque abandonó pronto la santa casa, no hemos dejado de vernos de manera más o menos esporádica. Primero en el Séneca, donde coincidimos en Preu y luego, ya más tarde, en las asambleas anuales de los curillas. Mi conocimiento de Begoña, sin embargo, había sido mucho más reciente y mucho menos intenso, lógicamente. Habían previsto ambos que viviría en un caserio que tienen ellos en el campo. Pero al final no fue así. Jesús conoce mis miedos y no las tenía todas consigo. No acababa de verme viviendo solo en un caserío, precioso por cierto, perdido en la selva entre san Sebastián y Hernani. Les metió toda la bulla que pudo y alguna más a Ramiro y a María José para que me buscaran algo ya, un apartamento expréss. Y vaya si lo hicieron. Viví a cuerpo de rey en pleno centro. Y barato...dentro de lo que cabe allí.

De esta manera se inició mi historia de amor con los vascongados. Me acogieron como familia, hicieron que me sintiera protegido en todo momento, deseé, incluso, un poquito de soledad, de tanto como me apabullaban para que no me sintiera solo; profanaron mi sagrada rutina, había que salir cada noche a tomar unos pinchos, me sacaban literalmente de mi pisito tan cómodo, tan céntrico, tan cálido. María José es una gitana a la que le cambiaron la  cuna. Nadie diría que es vasca. Si investigara un poco quizás descubriría que fue una niña robada que viajó desde Jerez a Donosti. Es un torbellino de energía sin control. Ramiro es un flamenco con pintas y gustos de señorito andaluz. No se pierde una corrida y menos si torea su amigo Morante. Ellos dos y toda su cuadrilla (en el argot suyo) son amigos nuestros de por vida.

Hoy toca Begoña. La conocía de antes, como digo, aunque de una manera muy superficial. Pero con motivo de mi estancia allí hemos intimado como amigos de verdad. Entre otras cosas porque cada vez que Jesús y Begoña subían desde Écija era obligado el festolín en alguna de las sidrerías de Astigarraga, tiene guasa los nombrecitos que le ponen a sus pueblos esta gente.
Ambos, Jesús y Begoña,  se avienen perfectamente a mi teoría de la complementaridad en las parejas. La supervivencia en el tiempo de una pareja tiene que ver con muchas cosas, ya lo sé, posiblemente con saber mantener el enamoramiento, con ver graciosas las arrugas y pintorescos los colgajos, con la compañía de envejecer juntos, con una química de atracción emocional que no cesa...Pero también con el hecho de ser caracteres muy distintos, complementarios. Siempre he defendido esa teoría. La impulsividad de Jesús frente a la placidez de Begoña; lo atrevido, casi temerario, del uno frente a lo retraído y discreto de la otra; la brusquedad del varón frente a la serenidad y templanza de la mujer.

Cuando uno conversa con Begoña se siente muy confortado; es una persona que transmite serenidad y al mismo tiempo distinción. Se sale un poco del perfil nuestro tan andaluz de dicharachería. Es discreta y recatada, pero no ñoña. Su elegancia natural no se riñe para nada con su cálida dulzura. De tan prudente como es nos esconde su alma valiente tras una apariencia corporal engañosa de excesiva fragilidad femenina. De fuerte y arraigada cuna campesina, huérfana de padre desde chica, hubiera sido una candidata excelente para la cuerda abertxale. Pero tuvimos suerte. Su madre, aún sin saber todavía hoy hablar bien el castellano, una vasca aguerrida y montaraz, se preocupó en darle una formación y sacarla de la servidumbre del campo. Los vericuetos inescrutables de la vida hicieron que un día conociera y se enamorara de un veterinario ya madurito, un rubiasco chulito cordobés que, por motivos laborales, vivía en san Sebastián.

Se casaron un buen día, fueron felices, tuvieron dos hijos y, pasado un tiempo, entre vivir en Donosti y visitar Écija periódicamente, optaron por la viceversa. Viven en Écija gran parte del año y visitan san Sebastián cada dos por tres. El caso de esta pareja es la excepción a la regla universal proclamada por mi amigo Frasqui que dice que el hombre casado no tiene pueblo, su pueblo es el de su mujer. Pues al revés. Es curioso que siendo vascos Begoña y sus hijos hayan decidido vivir con nosotros, en Andalucía. O Jesús tiene más cojones que el caballo de Espartero (que pudiera ser) o, decididamente, aquí se vive mejor que allí.  O por lo menos con más tranquilidad. ¡Cualquiera les dice a los hijos ahora que se vayan a vivir al país vasco! Se sienten más andaluces que nosotros mismos.

Begoña ha heredado de su madre un campito de yerbajos y manzanos en Hernani, su voz de terciopelo, mucha clase y sabiduría rústicas...y unos riñones poliquísticos. Para los no entendidos os diré brevemente que esta enfermedad produce, una vez llegada la edad adulta, insuficiencia renal crónica y progresiva; sí, esa enfermedad que precisa de la diálisis para poder vivir. Su madre sobrevive gracias a un transplante renal. Lo sabía desde chica, pero esta dolencia no empieza a dar problemas hasta que eres adulto. Siempre se ha resistido a la idea de tener que dializarse; nunca lo ha aceptado. Tanto ha sido así que ha minimizado los síntomas, se ha hecho siempre la fuerte para negar la enfermedad. Siempre se ha rebelado contra ella. Hasta que ha logrado vencerla.

Su ansiado milagro se ha convertido en  una realidad hermosa y patente. No ha saboreado nunca el amargor metálico de la diálisis. Jamás su sangre ha salido de sus venas para conocer circuitos artificiales y extraños ni atravesar filtros de polímeros. Nada de máquinas ni de cables, nada de sometimiento a una rutina tan esclavizadora. Sangre la suya muy envenenada, sí, pero libre en su cuerpo. Libertad. Y todo ello por haber recibido graciosamente  un riñón de donante vivo. Lo que todo dializado desea. Se lo ha merecido sobradamente, cualquier paciente renal se lo merece, pero ella se lo ha currado a base de bien. Ha porfiado durante años, incluso contra sus propios médicos que le pedían paciencia. "Todo a su momento", le decían, "ya veremos cuando llegue la hora". Pero ese mensaje no era el que ella quería escuchar. Se ha  adelantado a todo con la constancia y convicción de que lo conseguiría. Para más dificultad, Jesús no fue compatible y ninguno de sus dos hijos podía ser candidato al estar ambos presuntamente amenazados por la misma enfermedad, aún en estado silencioso.

El regalo vino por parte de su único hermano. Sus riñones afortunados, capaces de esquivar tal dolencia, eran compatibles con los de la hermana. Y no lo dudó un instante. "Podría haber sido al revés, hermana, que tú fueras la buena y yo el enfermo. Tampoco lo habrías dudado. La herencia de nuestros padres, a medias: un riñón para cada uno". Es fácil decirlo, más fácil aún para cualquiera de nosotros, ajenos al conflicto de miedos y de sentimientos encontrados. Desde la barrera todos lo decimos: yo daría sin reparo un riñón a cualquiera de mis hermanos o de mis hijos, incluso a mi mujer, si lo necesitasen. Pero luego hay que estar ahí, con dos cojones, como este hombre vasco a quien ni siquiera conozco y a quien admiro por su gallarda generosidad.

Ahora sí lo digo a boca llena: gracias a Dios, todo ha salido bien. Es curioso, cuando las cosas salen bien es gracias a Dios, cuando salen mal es gracias a los médicos. Somos así. "Aún confesándome descreído he rezado por ella", le dije a Jesús. "Tú y una legión más, me contesta, hemos notado eso que llaman energía positiva, todo ha salido mucho mejor de lo que uno podía esperar". Se lo merecen. Ambos. Cualquiera puede entender que la situación vivida afecta tanto a la paciente como al marido. Jesús es muy fuerte de espíritu, de ánimo, de carácter, no se amilana fácilmente; lo he visto discutir a tumba abierta de temas tan peligrosos como el de los presos políticos o la vulgaridad del Rh o la españolidad de todos los vascos, aunque a pesar de algunos, en pleno bulevard de san Sebastián, como si dijéramos la plaza del pueblo; se mofa de mi canguelo por mi arritmia cuando la suya es más peliaguda y permanente y no le impide hacer cada día diez o doce kilómetros corriendo como un gamo por aquellas montañas solitarias o como una liebre por la ribera del Genil. No, no se asusta fácilmente. Pero esto ha sido distinto.

Sin querer yo entrar demasiado en sus miedos inconfesables ni en su ansiedad disimulada, como si nada pasase, sí os puedo adelantar que ha conocido en carne propia el duro y empinado camino de la burocracia médica para estos casos tan delicados. Se necesita un año entero para recopilar informes médicos de todo tipo, del cardiólogo, del urólogo claro está, del neumólogo, hasta del psiquiatra, coño. De ambos, de Begoña y de su hermano. Y, por último, el visto bueno de un juez. La Biblia en verso. Con el agravante de que algunos de los informes elaborados en san Sebastián no eran aceptados por el equipo de Córdoba, conflictos administrativos de competencias y otras pollas en vinagre. Ha tragado con todo con mucha más paciencia y templanza de la que se le pueda imaginar. Todo sea por el buen fin  del arduo proceso, de todo este larguísimo procedimiento, de la misma manera que son pocas las alarmas y las defensas con que se arma un pesquero vasco para que llegue a buen puerto y no se vea asaltado por una banda de piratas somalíes. Algo así.

"Me siento como con mucha más energía, con muchas ganas de hacer cosas, como si hubiese cumplido treinta años ahora", me decía una semana después del transplante, cuando ya su nuevo riñón filtraba mejor, si cabe, que la depuradora de la piscina del Agustín. "Pues ten cuidado, chica, bromeaba yo, que Jesús no aguanta ya la briega de una tía tan nueva".


Aunque parezca un tópico muy manido, no hay nada como la salud. En eso estamos todos de acuerdo.  Este año que agoniza, en el que disfrutaremos las fiestas navideñas más tacañas de nuestra vida por mor de la crisis, los Reyes Magos les han adelantado a nuestros amigos Jesús y Begoña el más preciado de los regalos posibles. Felicidades a ambos. Feliz Navidad para todos.

sábado, 1 de diciembre de 2012

La razón de la sinrazón

Mi primo Francisco, hombre de pueblo y con cierto cultivo autodidacta, suele decir que todo lo que sale en la tele es mentira. Todo menos los partidos de fútbol y el parte del tiempo. Voy a tener que creer que es verdad.

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Esta mañana me he levantado más despejado y lúcido. Será que he dormido media hora más. Anoche me echó a la cama antes de lo acostumbrado nuestra nunca bien ponderada consejera de sanidad, la bella Montero. Para alguien, como un servidor, que conoce bien el paño se hace muy trabajoso comulgar con obleas no bendecidas que ni son cuerpo de Cristo ni Dios que lo ha visto.

Ni un solo reproche, ni asomo de autocrítica por parte alguna, somos los mejores con diferencia, disfrutamos los andaluces del mejor sistema de salud pública posible, el mejor del mundo. Nos han aplicado los recortes en sanidad con tijera fina, nos han quitado un poquito a todos para no despedir a nadie, nuestro modelo de financiación farmaceútica es la repera, ya quisieran otras comunidades. ¿Privatizar nosotros? Nunca en la vida, jamás; eso es para otros, para el Gobierno de España, para Madrid, dice en tono claramente retador y prepotente. Y para rematar: nuestro sistema público de salud goza de una salud excelente. Lástima de mensaje tan vacío, tan embaucador, tan populista.

Y el público de la tele, que con el predecesor en la palestra, un catedrático de economía del Banco de España, se había mostrado duro y crítico, come de la mano de esta mujer suelta, despabilada, con ensayado dominio del lenguaje gestual, con muchas tablas y  un aire agitanado que le viene que ni pintado para vendernos la burra. Al mismo presentador se le caía la baba. La estrella deslumbrante de la noche, la rimbombante Montero, en su programa de "tiene usted la palabra". Como bien dice mi amigo Pintor, la mentira adornada seduce mucho más que la verdad desnuda.

Uno se queda anonadado al ver lo bien que saben mentir los políticos. Yo creo que hasta se lo creen ellos mismos, de lo bien que lo hacen. Se da uno cuenta de estas cosas cuando, como sucedió anoche, un político se pone a largar de algo que uno conoce mejor que él. Si la bella y despampanante Montero se explaya en la tele afirmando que nuestro servicio andaluz de salud goza de muy buena salud entonces me cabreo y me acuesto. Pero como después de todo soy buena gente recapacito y pienso: vamos a ver, hombre, se trata de un político, no tiene más remedio que mentir, es su obligación. Un político que no mienta no tiene ningún futuro. Hombre.

A lo mejor, ni siquiera eso, sino simple y llana ignorancia. No creáis, eh. Llegados a sus altos cargos de ministros y de consejeros, los políticos desconocen la realidad de verdad, la de la calle, la de las escuelas, la de los hospitales. Su percepción de las cosas es edulcorada, siempre tamizada por un sistema de adláteres con esa misión específica: ocultar lo feo y desagradable, tapar el lado oscuro. Con ocasión de las visitas que nuestra consejera ha hecho a Valme por motivos de alguna inauguración la dirección del centro se ha ocupado muy mucho de "limpiar" las Urgencias; se han ingresado pacientes de forma precipitada o se les ha dado un alta provisional hasta más tarde. Pero, hombre, protesta uno, si precisamente lo que interesa es que vea cómo está esto, por Dios bendito. Respuesta de la dirección: hombre, cuando tienes una visita distinguida lo menos que puedes hacer es adecentar tu casa. ¿Lo véis?

Vamos a suponer que anoche a nuestra consejera pinturera, ataviada de rojo sangre, e inspirada por un repentino arrebato de realidad, le hubiera dado por confesarse en público. Que hubiera descubierto a la audiencia algunas de las debilidades de nuestro insuperable Sistema de Salud. Algo parecido a esto: "es verdad, señores, como todos ustedes saben, la sanidad es carísima; las resonancias, los quirófanos, las nóminas, los fármacos...todo es cada día más caro. Y, por desgracia, hemos apurado la olla, se ha quedado vacía. Y estamos buscando fórmulas nuevas de financiación que nos permitan, además, abaratar los costes." Por ejemplo. O esto otro: "me consta que uno de los graves problemas que detectamos en nuestro personal es el absentismo; tenemos una tasa de absentismo inasumible; en todos los estamentos; entre los médicos se nota menos porque ellos se cubren unos a otros y nadie se entera. Y es muy posible que detrás de esto se esconda el creciente fenómeno del bourn out, en otras palabras, que el personal está quemado. Es cierto, detectamos una creciente desafección del personal al sistema." O mejor aún esto: "en realidad, señores, no tenemos déficit de personal en el SAS, sino una irregular distribución del mismo, de manera que hay sitios, hospitales o servicios determinados, donde sobra gente o, al menos, andan más desahogados, y otros donde claramente faltan. Pero no podemos reagruparlos porque nos chocamos con los sindicatos y con los derechos de acoplamiento. No podemos aplicar la movilidad geográfica." O la última llaga, la más sangrante: "señores, es verdad, nos hemos gastado una millonada, una burrada indecente de millones de euros, para dotar a todos los hospitales y centros de salud andaluces de un sistema informático unitario, el programa DIRAYA, que iba a ser la envidia de catalanes y vascos; pero al final la hemos cagado, sí señores. No ha funcionado, cada hospital se las está aviando como buenamente puede con programas particulares". Cosas así, problemas reales, que uno ve en el día a día. Si lo hubiera dicho, os juro que me hubiera convertido al socialismo. Imposible. Ipso facto la hubieran puesto de patitas en la calle. Un político tiene que mentir. Y mentir bien, que no se note demasiado. Todos, sin excepción, una vez que alcanzan el poder. Los sociatas son más expertos en el exorno, disimulan mucho mejor, para algo tendrán que servir tantos años de entrenamiento. Los peperos, no; éstos mienten a quemarropa.

No, que cuando un espectador le preguntó por el enchufismo y el amiguismo en los hospitales, la muy listilla se salió por la tangente: En vez de abordar el tema de las contrataciones a dedo, de las filtraciones de exámenes, de tribunales de oposición aleccionados, de plazas ya dadas de antemano y otras vergüenzas similares, sale diciendo que, en efecto, eso de que alguien por tener un amigo médico en el hospital sea atendido antes que otro hay que perseguirlo, que todos somos iguales. Amos hombre, que mi amigo Palanco o el Jaime o el Juan Francisco o el Agus me dicen que les pasa esto o aquello y que yo veo que puede ser de cierta importancia y les digo, no, yo no puedo hacer nada, tenéis que ir a vuestro médico, que os extienda el volante y os ponéis en cola, cuando os toque, yo no puedo hacer distingos. ¿Hay que ser tonta o no? O a lo mejor demasiado ladina. Cuando escuché eso, pillé y me acosté.
Al rato grande se presentó la Peque en la cama.
-Peque, al final ¿cómo hemos quedado?
-Hemos perdido.
-Por mucho, Peque?
-Por goleada. Ha salido por la puerta grande, en loor de multitud.
-Lo sabía!

Esto es la razón de la sinrazón, como en el  Quijote.