miércoles, 31 de octubre de 2012

Precocidad

Hoy he visto en la consulta a un jovencito de quince años, imberbe, de ésos que aparentan menos edad, casi un niño, vaya. Viene acompañado de su madre, mujer joven y de buen ver. Ya sabéis, lo de siempre, que le han salido unos bultitos en las ingles. Me imagino que son ganglios (adenopatías en nuestro argot). Antes de explorarlo le hago unas preguntas de rigor. Que sí, que tiene novia y que mantienen relaciones sexuales, aunque siempre, eso sí, con preservativo. Esta gente nueva de la generación del póntelo, pónselo no pierde el tiempo, vaya que no. Pero no fuma, algo es algo.

En la camilla boca arriba me encuentro lo que ya barruntaba: todo el pubis rasurado. Ya no me extraño, pero qué cosa más fea. De tanta porfía con la cuchilla o con la cera se ha provocado  folículitis en varios puntos de irritación local. Ésa es la causa de la pequeña inflamación en los ganglios. Así se lo explico a ambos, madre e hijo, y ya está. Problema resuelto.

Este caso me hace reflexionar sobre dos cuestiones recurrentes en mi pensamiento. La primera es que vivimos en una sociedad asustada, miedica, temerosa no de Dios, como antes, sino de la enfermedad y  de la muerte. Ni mentalla. Una sociedad tan absurdamente medicalizada que la gente va al médico por auténticas minucias. Y lo malo no es sólo eso, sino que  el propio médico, incluso el especialista, contagiado de ese miedo, se ve, en ocasiones, inseguro para resolver por sí solo cuestiones relativamente simples y corrientes, como lo es, por ejemplo, el caso de este chaval.

La segunda reflexión es más jocosa, no lo puedo remediar, ya me conocéis. Se trata de cómo han cambiado tanto las cosas en sólo cuarenta años. Este chaval, casi un niño, a sus quince años ya tiene relaciones con toda naturalidad. Mi amiga Mercedes cuenta que las estadísticas al respecto afirman que la edad media con que los jóvenes inician sus escarceos íntimos es de trece años. Y que nuestra legislación permite el matrimonio a partir de los catorce. ¿Será buena tanta precocidad? ¿No nos estaremos pasando de modernos? Mira tú que yo para estas cosas soy de lo más tolerante porque, de siempre, me han gustado mucho, pero me inquieta tanta libertad sexual en niños. Porque mentalmente son niños por mucha tranca que armen. "Nosotros éramos igual, se ríe mi amigo Pintor, unos salidos; lo que pasa es que no teníamos tantas oportunidades como ahora". No, no lo creo. Con trece años yo dormía aún con mi abuela y con quince me tenían acojonado con el fuego eterno y el reblandecimiento medular; temía a los curas, a la Guardia Civil y a mis padres. Miedo e ignorancia. Lo único que sabíamos hacer por entonces era meneárnosla. Eso sí se me daba bien, ¿ves tú? 

Con todo, prefiero que los muchachos de hoy se gasten el poco dinero que tienen en condones antes que en tabaco, alcohol o drogas. O que en móviles. Desde luego.
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domingo, 28 de octubre de 2012

Aquí va a pasar algo.

¿Qué queréis que os diga?, que es verdad; que trabajé la mar de relajado el día éste de la huelga. A falta de  sesión clínica matinal llego a la consulta a mi hora, antes incluso, sin prisa; nadie te entretiene por los pasillos, hoy extrañamente anchos y expeditos; te cruzas con cuatro despistados como tú o con uno de estos compañeros cabreados por estar de mínimos que, torva la mirada, te suelta unos engañosos "buenos días, ¿qué, de esquirol, no?" "Más o menos", contesta uno. Y a lo mío. A las enfermeras y auxiliares de la consulta, sin apenas trabajo, se las ve más contentas, más pendientes de uno, hasta más graciosas, si no es mucho decir. Piensas que con la cosa de la huelga te vas a librar de algunos pacientes, quizás no venga ésta, la pobre, tan pesadita; pero ¡coño!, ese día no falla uno. "¿Cómo te atreves a venir sabiendo que hay huelga?, te arriesgas a volverte de vacío", le regaño a Petrola. "He llamado antes por teléfono para asegurarme de si estaba usted aquí", me contesta con cierto recochineo. Estas viejas pécoras se las saben todas. 

Pero no me gustan las huelgas. No creo que a nadie le gusten. He sido siempre un acérrimo detractor de las mismas. "¿Tú por qué no vas a la huelga?", me preguntan algunos colegas bien intencionados. "No he ido cuando tenía veinte años, ¿voy a ir ahora a los sesenta?" La huelga es el fracaso del diálogo, del entendimiento racional entre las personas. No llego a entender bien por qué sea necesario tomar medidas de presión para conseguir cualquier tipo de reivindicación. Si tal exigencia es razonable y posible de alcanzar, ¡por qué tienen que perder algo las partes en litigio? Parece de tontos ¿no? El empresario sufre en la producción y el obrero en su jornal. Y al final, se avienen. ¿Por qué al final y no al principio? Y si, por otra parte, la reclamación, por muy razonable que sea, no es alcanzable ¿para qué perder tiempo y dinero? Y no digo nada de las huelgas generales, en las que nadie gana absolutamente nada, todos perdemos. Ah!, pero manifestamos nuestro descontento. ¡Como si no lo supieran!, ¡como si les importara mucho! Se necesitaría algo mucho más contundente que una huelga para amedrentar a una clase política y financiera tan corrupta. No, no soy hombre de huelgas.

Las huelgas del personal sanitario (y en general de cualquier empresa de servicios) no afectan solamente a empleado y empleador, implican además a un tercer actor, aunque pasivo y sufridor: el ciudadano. La huelga médica, en este sentido, está mal vista, tiene mala prensa, como suele decirse. La gente nos tiene por peseteros, por algo será. Nosotros mismos confesamos en las reuniones previas con los sindicatos que no nos sentimos cómodos, que no queremos la huelga, pero que no nos dejan otra alternativa. Y nos tiramos de cabeza a una piscina sin agua. Salta a la vista que nuestros planteamientos son más que razonables, que nuestras exigencias son legítimas, que nos sentimos maltratados por una administración farisea que de puertas adentro nos adula con que somos el activo más importante de la empresa, mientras de puertas afuera nos tacha de egoístas y de desafectos. Seguro que es así, que nuestros alegatos son de peso. Pero tan cierto como eso es que no vamos a conseguir nada con la huelga, sencillamente porque lo que pretendemos no es alcanzable. "El tema de la especial distribución horaria para los médicos es inamovible", acababa de sentenciar nuestra prócer Montero con esa su pose tan atractiva como prepotente. No hay nada que "arrascar", dicen en mi pueblo.

Ha sido ésta, la de los médicos, una huelga totalmente asimétrica en nuestra contra. Se espera conseguir algo a sabiendas de que algo nos va a costar, pero que también la empresa sufrirá algunas inconveniencias. Nada de eso. En este caso la empresa ha estado encantada. No sólo se sale con la suya sino que lo hace de forma gananciosa. Se ha ahorrado los jornales de todos y cada uno de los huelguistas y no ha perdido absolutamente nada. Para los directivos el día se programa como si fuese domingo, bueno, dirán, un festivo más; se atienden las urgencias y los problemas inaplazables  y mañana será otro día. ¡Vengan muchas huelgas como ésta!, brindarán los gerentes la mar de zalameros con la Montero.

No obstante, quisiera también intentar un pequeño ejercicio de autocrítica. Me rebelo contra la costumbre tan común de echar a los otros la culpa de todo lo que nos pasa: la culpa siempre es de los políticos, de los bancarios, de los empresarios, de los gestores, de los jefes. Nosotros, el resto del mundo, somos santos inocentes de impoluto comportamiento. El último detonante de esta huelga médica ha sido la manera tan sobrada con la que nuestra bella consejera ha decidido sobre el exceso horario. Los médicos computaremos diez horas mensuales repartidas en dos tardes de cinco horas. De esta manera se ahorra un buen pellizco en el pago de las tardes. Es verdad.  Pero solamente a costa de los médicos. A los demás funcionarios se les permite ampliar la jornada en media hora, sin más merma de su ya escuálido sueldo. Y encima, supone el tercer recorte en dos años. Vale, nos asiste la razón. Sin embargo, me debato en cavilaciones: ¿no hemos quedado que con esto de la crisis debería pagar más quien más gana? ¿Quiénes son los funcionarios que más ganan? A mí me parece que somos nosotros, los médicos. No es lo mismo que a mí me distraigan quinientos euros al mes que lo hagan con una enfermera, auxiliar o administrativa, muchas de ellas mileuristas. Todos admitimos la realidad de la crisis, sí, pero que no nos toquen el bolsillo. A nosotros que no nos registren. Que cierren empresas públicas, que despidan al personal excedente, a los enchufados, que manden al paro a tanto político inepto, que la Iglesia pague como todo quisqui, que clausuren el senado, que enchironen al Rato, al Botín, al Castillejo y a otros compinches y le hagan devolver lo amasado..., pero a mí que no me miren, yo soy un ciudadano ejemplar que vive honradamente de su trabajo, que paga religiosamente su hipoteca, que no defrauda a hacienda porque no puede  y que no tiene ninguna culpa ni responsabilidad en todo lo que está pasando. No tanto, Villalba, le dijo el señorito de la Capilla a José Villalba, el casero, con ocasión de que éste, en un encendido arrebato de lisonja, le dijera quererlo como a su propio padre. Pues eso, no tanto Villalba. Desde luego que  deberían ejecutarse muchas de esas cosas que denunciamos, claro que sí, pero yo, por ejemplo, pago las reparaciones de mis coches o las pequeñas obras de mi casa sin factura; o sorteo la normativa fiscal mediante una argucia de dudosa legalidad para desgravarme mi apartamento de Benalmádena en la declaración de la renta. Por ejemplo. De manera que, en la medida de mis posibilidades, soy un pequeño corrupto. Por tanto, si ahora  tengo que apechugar, apechugo.

¿Quiénes sino nosotros, la clase media, va a sacar esto para adelante? Confiar en los magnates y ricachones es de ilusos. ¿De cuándo se ha visto que la clase alta se ensucie las manos sin provecho? En lugar de donar veinte millones de euros a Cáritas (que está muy bien, no digo que no), el amo de Zara bien podría dar más y mejor trabajo, no explotar a los niños del tercer mundo, cumplir con hacienda en razón de su patrimonio y no acumular dinero en paraisos fiscales. De esta manera se hace patria o, mejor para ellos, se gana el cielo, no repartiendo migajas. Creer en la capacidad e intención de los políticos para sacarnos de la crisis es de tontos. A los buenos, como mi amigo Manolo Gutiérrez, no los dejan subir. Si los políticos tuvieran verdadera voluntad de buscar el bien común harían (o dejarían de hacer) muchas de las cosas que todo el mundo ve como evidentes, entre otras recortarnos el sueldo, sí, pero también al mismo tiempo reducir la jornada, en vez de ampliarla, y así poder contratar a gente joven. Estoy convencido de que muchos médicos renunciarían resignados a esos quinientos euros si ello redundara en trabajo para otros compañeros. Lo que nadie quiere, lógicamente, es que su ofrenda sólo sirva para engordar al monstruo, para pagar intereses de la Deuda. Y los pobres, la clase baja creciente, ¿qué pueden hacer?, bastante tienen con intentar eludir el desahucio de sus casas o con buscar un buen cordel con el que ahorcarse. Nosotros, los que aún podemos vivir con cierto desahogo, estamos llamados a tirar del carro. Nos ha tocado este momento histórico tan singular. A nuestros padres y abuelos les tocó la guerra, fíjate tú, y la penosa postguerra, y afrontaron airosos la miseria.  Si lo nuestro tiene que llegar a tanto, entonces doy mi conformidad en ceder solidariamente parte de mi sueldo y abrazo gustoso la religión del Anguita, vivir sencillamente para que otros puedan, sencillamente, vivir.

No, decidídamente, no me gustan las huelgas; y menos en el hospital. Por muy tranquilo que trabaje. Pero comprendo y  comparto las razones que nos animan, no sólo a los médicos, sino a todos los ciudadanos, a sentirnos indignados, ninguneados y maltratados por unas castas política, empresarial y financiera envilecidas. No, esto no se arregla con huelgas. Me temo que no. Aquí va a pasar algo.

domingo, 21 de octubre de 2012

Addendum del conejo

Queridos míos: al escribir el artículo sobre el conejo no he calculado bien el berenjenal donde me iba a meter. Tendría que haber caído en la cuenta de que muchos de vosotros sois gotosos. Más de uno ya me ha escrito quejándose del tema; no pueden disfrutar del conejo de campo por mor de la gota, qué le vamos a hacer; pero es que tampoco pueden hacerlo con el de ciudad; y no por no ser comestible, que sí lo es, y muy sabroso por cierto, sino porque no se deja comer. Es una lástima, es verdad. Si lo pienso antes no lo hubiera escrito. Pero ya, a lo hecho, pecho. Lo que haré será arengar a las propietarias de esos animalitos tan tiernos y peludos para que sean desprendidas ofreciendo comida al hambriento que, además de dar satisfacción al instinto más básico de nosotros, los hombres, es una obra de caridad. 
 
A ver si cuela.

sábado, 20 de octubre de 2012

Conejo de ciudad

Andaba yo en la falsa creencia de ser el último de los inocentes; que entre la gente nueva, con tanto i phone, i pad, twiter y facebook, no habría ya ingenuos como fuímos muchos de nosotros en nuestra primera juventud. A mí cualquiera me podía tomar el pelo tan tranquilamente, todo me lo creía. En la escuela me tocaba casi siempre borrar la pizarra o ir a por el cafelito de don José, en la Capilla me engañaban los ganapanes con recados mentirosos de "tráeme la llave del cigüeñal" o "niño, dónde has puesto el costal de los gamucinos", y luego, en los Ángeles, no sé cómo me las arreglaba, pero me veía, una vez sí y la siguiente también, bajando a por la pelota a lo hondo de la huerta o hasta el mismo Bembézar. Mis amigos del seminario, los de hoy, aún queriendo, poco hubieran podido hacer por sacarme del letargo, bastante tenían ellos con salir de  su propio plomazo. El único que podía haber socorrido algo mi tontuna era "el Cuatro Mitras", un muchacho de Fuente Tójar, bragado y aguerrido, pero como se salió tan pronto...Yo no despabilé hasta bien tarde, a mí me despabiló la Peque. Creo.

 El otro día, sin embargo, descubrí mi error. No soy el último. Aún quedan jóvenes cándidos. Y me resultó reconfortante. Encontrar gente sencilla enmedio de tanto sabihondo.

Ocurrió en la consulta. Un paciente gotoso me pidió consejos dietéticos para el ácido úrico, como dicen ellos. En lugar de darle un folleto al uso me dirigí a mis estudiantes y les dejé esa prueba, esa especie de exámen práctico en vivo y en directo. Y empezaron: debe usted evitar los mariscos, dice una de las chicas; y el tomate, dice la otra; y las vísceras y las legumbres y las carnes...Se tropezaban la una con la otra a ver quién decía más cosas. A todo esto, el estudiante varón, muy calladito. Oye, Pablo, dí tú algo, que estas fierecillas te apabullan, le animo. Lleva poco tiempo de prácticas pero promete. Uno enseguida se da cuenta de por dónde respira la criatura. Vosotros, la mayoría docentes, estaréis conmigo en que bastan pocas horas de contacto con los alumnos para que el profesor descubra las bondades de  cada uno, al igual que mi cuñado Frasco reconoce al mejor melón sin necesidad de calarlo. Se huele. ¿Hay algún otro alimento que no hayan dicho?, le pregunto directamente a él. El conejo, me responde lacónicamente.

Ya váis conociéndome. No me puedo resistir. Es que me lo ponen a huevo.
-El conejo, muy bien. Supongo que te refieres al conejo de campo, claro está.
-¿Es que hay otros conejos? -se pone el chaval. -A mí me entra esa risa floja y viciosa que no puedes detener y que cuanto más lo intentas más te ríes. Me duelen las sienes de la risa. El propio paciente se contagia y lo mismo; y las chicas se tapan la boca sin poder salir de su asombro. Cuando consigo controlarme me dirijo a él de nuevo.
-Vamos a ver Pablo, no me digas que no sabes los distintos significados del término conejo.
-No, un conejo es un conejo.
-Sí, es verdad.  Pero existe el conejo de campo y el conejo de ciudad ¿no?
-No lo sé, yo solo conozco el conejo de campo. -Este tío está más alelado que yo, pienso para mí.
-¿Tú de dónde eres, Pablo?
-De los Palacios.
-Y en los Palacios no se sabe qué es un conejo de ciudad?
-Yo no. Ah, bueno, sí, el conejo de granja ¿no?
-¡La madre que te parió! Chicas, ¿vosotras lo sabéis? -Se miran la una a la otra, como avergonzadas del cachondeo que estoy liando.
-Sí, claro...

El paciente no puede disimular la risa, las niñas tampoco y yo no acabo de creerme del todo lo de este chico; llego a pensar que se está quedando con todos. Pero no, nada más verle su expresión de despiste y de sorpresa me recuerda mucho a su profesor de hoy cuando tenía veinte años: listo y aplicado en los estudios, pero completamente tímido y candoroso. Y entonces tuve que escenificar allí delante de todos cuál es la diferencia entre ambos, el conejo de campo y el de ciudad. Ya sabéis. Pablo, mira, le dije, el conejo de campo se coge así (hice el ademán de coger algo, con la mano hacia abajo) y el de ciudad se coge así (y volví la mano hacia arriba). Todo el mundo allí presente se partía de risa, pero el chaval no se enteraba. Una pista más le dí: le tarareé la cancioncilla de la Loles tenía un conejo chiquitito y juguetón... Ni por ésas.

-Pablo, menos mal que tienes aprobada la Anatomía, que si no te ibas a llevar un rosco como un donut de grande.

Todavía tuve la templanza de aguantarme y no aclararle la verdad del conejo, por ver si caía en la cuenta. A lo mejor resulta que en los Palacios no se sabe algo tan conocido, no sé, pero me extraña. Consideré conveniente averiguarlo. Tengo por costumbre intentar adivinar de qué pueblo es cada paciente que entra en la consulta. La mayor parte de las veces acierto, bien sea por la antigüedad del sujeto bajo mis cuidados, bien por los apellidos; por ejemplo quien se apellide Alcón, Falcón, Caro, Dorantes, Bertholet, Bellido, Ganfornina o Vidal no puede ser más que de Lebrija o, como mucho, de El Cuervo. Pero este día, lo que son las cosas, no aparecía nadie de Los Palacios, me cachis ya. Que te crees tú eso. La última de la lista se apedilla Mulero Reyes. De los Palacios, seguro. En efecto, es María Fernanda, acompañada por su marido.  Hay confianza.

-Buenas tardes, sentaros por favor.
-Muy buenas.
-Un poco tarde ¿no?
-No me hable, Rivera -salta el hombre-, la culpa ha sido del Gordillo ése y de la gente de Marinaleda, que tienen cortada la autopista, oye.
-Es cierto, todos los que venís de por ese lado habéis llegado tarde.
-Claro, hombre, no hay derecho.
-Bueno, no pasa nada. Vamos a ver María Fernanda, esto que te voy a preguntar tiene mucha guasa, no te lo tomes mal, eh.
-Veremos a ver con lo que me sale usted esta vez.
-Mira, ¿en los Palacios sabéis lo que es un conejo de ciudad? -le suelto riéndome. Pero esta mujer tiene correa.
-¡Qué cosas se le ocurren a este hombre, en mi vida he visto cosa igual! Pues claro que sí.

Y me vuelvo hacia Pablo.
-¿Te das cuenta?
-Ya, pero bueno...ya me entararé -dice algo agobiado. No insisto más, no quiero avergonzarlo de nuevo.

Ahora bien, cuando terminó la consulta, los cuatro a solas, me faltó tiempo.

-Pablo, me voy a cagar ya en la leche, el conejo de ciudad es la parte noble de las tías. La de aquí abajo, joer.

Y nos hartamos de reír. ¡Qué bonito y qué edificante!, diréis con cierta ironía algunos de vosotros, el profesor de coleguilla, haciéndose el gracioso con los estudiantes, para luego acribillarlos con escarnio a la hora de las notas. Podéis salir de vuestro error. No es que uno sea  Teresa de Calcuta, no; pero tampoco soy Jiménez Collado ni Peinado ni el Velasco, profesores estrictos y severísimos. Mis alumnos saben mis exigencias: quien estudia aprueba. Así de simple. Aunque no sepa de conejos.

Lo que pasa es que no todo lo que enseñamos a los estudiantes va a ser medicina, hombre. Cultura general.

miércoles, 17 de octubre de 2012

El roce hace el cariño

Mi Meli y Pepe se han extrañado un montón cuando me han visto saludar con cierta efusividad al portero del teatro "Lope de Vega". Es natural, no estaban avisados. ¿De qué va a conocer mi padre a este hombre fofo de carnes, de aspecto bonachón y con cara de Pedro Picapiedra?, pensará en ese instante. "Pero papi, ¡si lo has saludado como si fuera un amigo del seminario, oye!". "Vaya, eso parece ¡verdad?", me hago el interesante. Ellos, Pepe y la Meli, no conocen la historia. Ni vosotros.

Aprovechando su estancia en nuestra casa  este largo fin de semana del Pilar, la Peque los ha convidado al teatro. Ella es así; cuando tenemos invitados, y más si son nuestra propia hija y su novio, pierde el culo por agasajarlos; no se contenta con preparar boquerones en vinagre, su tortilla de papas tan solicitada, las varias fuentes de natillas con galletas y limón (de rechupete) o sus flamenquines de fama nacional. No es suficiente con que luego, a la vuelta, les cargue en el maletero (medio a escondidas mías) una cesta grande, de esas verdes del Mercadona, atestada de sobres de mi jamón envasado, de mi trenza de hojaldre favorita o  de croquetas congeladas. Hay que hacer algo más. Bueno Sema, los llevamos a almorzar al "Sevruga", tan elegante, mirando al Guadalquivir, y por la noche vamos al "Lope de Vega". Pero qué ponen, preguntaré yo. Da igual, me responderá, si es más que nada para que vean lo bonito que está...Pero Peque, que son ochenta euros los cuatro, tía. Chiquillo, y ya se me pone al borde de los nervios, ¿ni con tu hija te vas a estirar..? Y entonces me callo, claro.

Y aquí estamos, entrando en el teatro. Me quedo el último; ellos ya han pasado y me esperan dentro del hall a escasos metros de mí. Desde que estamos en la cola he observado al portero, al que pellizca las entradas. Es el mismo de siempre. Mi amigo. Algo más rechoncho. Ya ni me acuerdo de la última vez, quizás dos años o más. Pero seguro que me reconoce, verás tú.

-Buenas noches -le digo mientras le muestro mi entrada. -Se me queda mirando un segundo-. ¿Usted no se jubila? -le suelto enseguida.
-¡Hombreeee! ¡Me cachis en la mar! Me alegro mucho de verlo. -Y me tiende su ancha mano para estrechar la mía sacudiéndola varias veces de arriba abajo-. Hacía ya mucho que no lo veía por aquí.
-La crisis será, digo yo.
-¿Y su mujer? ¿Viene usted solo esta vez?
-No, no; ha pasado antes, por ahí debe andar.
-Vaya, no me he dado cuenta.
-Claro, es que con ella no llegaste a intimar.
-Verdad, verdad.
-Bueno, hasta otra, que estamos alargando la cola.
-Me alegro mucho, eh. -Y me deja ir, soltándome por fin la mano.

-Papi, ¿de qué conoces al portero? ¿Es paciente tuyo?
-No me digas Meli que nadie te ha contado mi rollito con ese hombre.
-Venga ya y larga de una vez, antes de que dé comienzo esto.
Y les conté a ambos la pequeña historia de mi amistad efímera e intermitente con este hombre, un perfecto desconocido.
Ni me acuerdo ya cuánto hará de la primera vez. Seguramente en el siglo pasado. Era el tiempo en el que la Peque se apuntaba a todos los torneos de tenis de toda la provincia. Dineros ganó pocos, pero trofeos, copas y placas suplantan a mis libros de las estanterias. Me da cosa tirarlos, son bonitos y, además, me trasladan a aquellos años no tan lejanos de nuestros partidos de entrenamiento en los que mi mujer presumía de piernas con sus modelitos de faldas cortitas y ligeras. "Pos tú ni eso, ni piernas ni premios, con tos los años que te tiraste jugando", me refriega enseguida. Ahora ya no le gusta enseñar las cachas, se ha inventado la teoría de que a su edad resulta patético. Pues a mí no me lo resulta, ni a mis amigos tampoco.
Un sábado de aquéllos fuímos al "Lope de Vega" a ver no sé qué obra. La Paqui, Jaime y yo nos iríamos en un mismo coche con tiempo para esperarla a ella, a la Peque, que, en el suyo, se había ido a Alcalá de Guadaira a jugar la final de dobles de un torneo. El teatro era a las 20,30 horas y el partido debió comenzar a las 16 horas. Tiempo sobrado para acabar y llegar al teatro. Por supuesto. De eso nada. A las 20,25 horas no había un alma en la cola. Todo el mundo dentro menos nosotros tres esperando a la Peque. No eran tiempos de móviles y aunque lo hubieran sido, el móvil es un trasto inútil en el fondo del bolso de mi mujer; las más de las veces sin batería; y las otras, cuando suena, no le da tiempo a encontrarlo. ¿Qué hacemos?, nos dicen nuestras miradas respectivas. El portero, sin otro asunto más importante que atender y estando al loro,  interviene felizmente:
-Entren ustedes dos -señala a mis amigos- y que el marido se quede esperando a la rezagada. -Muy finolis él, el portero. Y así se hizo-. Caballero -se dirige a mí- la función va a dar comienzo y debo cerrar la puerta, lo entiende usted, ¿verdad?
-Claro, hombre, por supuesto. Cierre usted. -Pero al momento rectifica.
-No, no puede ser.
-¿Y eso?
-Es que si cierro no podrán entrar cuando llegue su mujer.
-Ah, vaya, es verdad.
-Verá usted lo que voy a hacer: encajo la puerta sin cerrarla del todo; cuando llegue su mujer me sisea bajito y ya les dejo.
-Vale. Se me está ocurriendo -le digo viendo la buena disposición del buen hombre- llamar al club de tenis y preguntar qué habrá podido pasar, vayamos a que haya tenido un accidente, quién sabe.
-¿Un accidente? ¡Ande hombre! Parece mentira que con su edad no conozca usted a las mujeres. Ésas se han quedado por ahí después del partido. Tomándose sus cervecitas.
-¿A estas horas?
-¡Coño, las propias!
-De todas formas yo me quedo más tranquilo llamando. Tienen ustedes teléfono aquí dentro, en el hall?
-Sí, pero ahora, con la función ya iniciada no vamos a poder. Mire, ahí enfrente, en ese restaurante, hay un teléfono público.
Voy al sitio y me entretengo un buen rato, más que nada para hacer tiempo. Al cabo, entre preocupado de veras y aburrido me dirijo de nuevo a la puerta del teatro, por si llegara la Peque. Y el portero, ya podemos decirle mi amigo, allí esperándome.
-¡Qué!
-Nada, no contestan.
-Claro, hombre, lo que yo le he dicho, a su mujer se le ha ido el santo al cielo y está por ahí de cachondeo. Eso es señal de que ha ganado el partido.
-Bueno, hombre, muchas gracias por la  ayuda. Pero no quisiera ser más molestia para usted. Haga lo que tenga que hacer.
-No, no se preocupe; tengo que permanecer dentro hasta que termine la obra. Con usted, aquí fuera, estoy más distraído. Además, que ya me ha picado la curiosidad y estoy deseando ver en qué termina todo esto. Aparte de conocer a su mujer, ¡buena tiene que ser!
-No se lo creerá usted, pero ahora, cuando llegue, si es que llega, ni siquiera le puedo regañar.
-Por supuesto que no. Sería empeorar las cosas. Las mujeres son así. No pasa nada cariño, ya me lo explicarás luego en casa. Y a tragar. Eso es lo que hay, amigo.

Con la cháchara entretenida ya se ha pasado más de media función. Ni rastro de la Peque. Cansados de estar de pie, mi amigo el portero y yo nos sentamos en la escalinata de la entrada para seguir nuestras cuitas más cómodos. Como si fuéramos dos colegas que se conocen desde la mili en Artillería. A las nueve y media de la noche y por sitio tan escondido y sombrío no pasan ni los grajos. Nosotros dos solos en amistosa conversación.

-De todas maneras, aunque llegara ahora su mujer, cosa que ya dudo mucho, no valdría la pena que entraran, ¡si ya está acabando!
-Ya no me preocupa tanto eso, sino que le haya pasado algo.
-Que no hombre, no me sea usted pesimista. Mire, si le hubiera pasado algo grave ya lo sabríamos. Tranquilo. ¡Si habré visto yo cosas aquí!
-Bueno, pues paciencia, a ver. De todas formas tengo que decirle que antes, cuando fui al restaurante, telefoneé tambien a la Policia y al Valme, por si las moscas. Mi mujer y yo es que trabajamos allí, en el Valme, ¿sabe? Me tranquilicé mucho, me dijeron que no había ningún accidente registrado hasta esa hora. 
-¿Lo ve?
-Sí ya, pero no se me acaba la inquietud.

Hubo un tiempo, por entonces, en el que me hice, no sé a cuento de qué, más cagueta que nunca. Cada vez que la Peque o mi Meli se retrasaban media hora más de lo previsto me ponía nerviosísimo, me atacaba, me daba por llamar al hospital y a la Policia, "No señor Rivera, esta tarde tampoco ha habido ningún siniestrado con ese nombre", me conformaban desde la centralita.

-Estoy pensando que usted se quede con las dos entradas -tercia de nuevo, como para sacarme de la murria.
-¿Y para qué?
-¿Para qué va a ser?, pues para que no las desaprovechen. El día que a ustedes les venga bien no tienen más que ponerse aquí en la cola; como yo lo reconoceré ya les buscaré una localidad lo más parecido a la suya, o mejor todavía. Y así pueden ver la función completa y más relajados, claro.
-¡Vaya! Muchas gracias, hombre.

En esto estábamos cuando se presenta la Peque toda presurosa, tan guapa y esclarecida que a ver quién es el bonito que le dice algo. Nos levantamos del suelo para recibirla. Ya sentía el culo aplastado.
-Peque, por Dios, ¿qué ha pasado?
-Me cachis ya, perdona Sema. Es que el partido ha durado tres horas y media. Increíble.
-Pues haberte venido, mujer.
-Eso, y dejo a mi compañera sin pareja...
- Bueeeeno, por lo menos habréis ganado ¿no?
-Muy apurado, pero sí.
-A todo esto, ya medio amigos y sin conocernos. Yo soy José María, ¿cómo se llama usted? -le pregunto a mi amigo.
-Sebastián, para servirles.
-Sebastián, le presento a usted a mi mujer, tan chiquitilla pero tan intensa.
-Pues ha valido la pena esperarla ¿verdad? -se pone el tío guasón.

Mira el reloj, es la hora, la función va acabar en breve. Nuestro amigo se despide muy cariñosamente y abre los portones. Al momento, ese edificio grandioso, oscuro y medio oculto por la arboleda y por el gran Casino de la Exposición, empieza a echar muchedumbre afuera, transformando en un momento un rincón solitario y umbrío en una plazuela animada por gente guapa que, en corrillos, se ríe y hace comentarios de la obra vedada hoy para nosotros. Vemos a Paqui y a Jaime a lo lejos. Nos encontramos al fin.
-Habéis podido entrar?
-¿Entrar? Dos horas aquí sentado charlando con el portero.
-Pero...
-Nada, aquí la Peque que acaba de llegar.

Y les relaté a los tres mi lance con este buen hombre.

Desde entonces, cada vez que vamos al teatro, de Pascuas a Santiago, nos saludamos como amigos cercanos. Por mucha gente que haya, por mucho bullicio en la cola, siempre me reconoce. En esta ocasión, yo mismo me he extrañado porque hacía mucho tiempo que no íbamos al "Lope de Vega". Pues nada, tan amigos.

Es que fue mucho el roce. Y muy intenso.

domingo, 14 de octubre de 2012

Los ojos de mi hermana

Hoy me voy triste a casa. En el hospital he visto los ojos de mi hermana Josefa, fallecida  hace ocho años. Con mucha frecuencia la recuerdo, incluso le hablo intentando explicarle, explicarme a mí mismo, los motivos de su fatalidad. Y me rebelo por dentro. Precisamente por conocer lo traicionero del cáncer de ovario he tenido, y lo mantengo, un profundo sentimiento de impotencia.Ya lo he rumiado, eso creo, parece algo natural; un médico debe sentirse mal cuando permite que mueran su madre o su hermana mayor. Lo de mi madre fue mucho más digerible: tenía setenta y dos años y estaba muy enferma del corazón. Pero mi hermana...Una mujer tan hermosa, tan saludable, todo optimismo y ganas de vivir, con su Conchi embarazada del Chemita, el que iba a ser su primer nieto...No hay derecho. Aquella primera noche en una cama del hospital de Cabra, recién salida del quirófano, tiritando y cubierta de mantas hasta el cuello (como si las mantas fuesen a aliviar el miedo), ví los mismos ojos que he visto hoy: ojos tristes, ojos esperanzados, ojos suplicantes.

Estos ojos de hoy pertenecen a una mujer joven, no pasará de los cuarenta. Como mi hermana en su día, se ha operado de un cáncer de ovario. Ella lo sabe, está tranquila porque le hemos asegurado los médicos que no tiene metástasis. A mi hermana la tuvimos engañada con que era un quiste, forma piadosa de llamar al cáncer. Y tampoco iba a tener metástasis. Pero el ovario es así, se ríe de tí, del TAC y de la Resonancia. Cuando abres el vientre te encuentras el pastel que no esperabas.  Y donde solamente debería de haber un tumor accesible y fácilmente extirpable te sorprende un cáncer diseminado por encima de la vejiga, por el colon y alcanza, el muy cabrón, hasta el hueso ilíaco.

¿Cómo es posible que con tantos adelantos y tanta citología se nos escape algo tan frecuente y tan maligno? ¿Por qué las pruebas de imagen no son capaces de mostrar toda la maldad que oculta este tumor tan singular? Hay tumores fácilmente detectables, por ejemplo el de pulmón, el de colon o el de próstata. Muchos de ellos se curan gracias a una política de prevención que permite diagnosticarlos a tiempo. Todos vosotros conoceréis a gente que se ha curado de alguno de estos tumores. También se puede curar el de ovario, no creáis. Pero no es tan fácilmente prevenible, ni siquiera con la citología ni con la ecografía vaginal. Cuando menos acuerdas te pega el zarpazo.

Esto le sucedió a mi hermana Josefa y esto mismo le acaba de pasar a esta mujer joven de ojos tristes. Ambas con metástasis ocultas. Mi hermana no quería saber nada, esto es algo bastante frecuente: intentar negar la realidad. "Si tengo algo malo, tú no me lo digas, no quiero saberlo", me repetía una y otra vez desde que enfermó. Y mira tú que tenía que saberlo, por fuerza, cuando la llevábamos a las sesiones de quimio. Pues no. "yo no quiero saber nada". Incluso en sus últimos días, con su espíritu ya encomendado, mantuvo esa actitud. Y yo la respeté.

Es muy duro para un médico, para un hermano, bueno, para cualquiera, hacerse cargo de que se nos vaya una mujer tan joven, solo cincuenta y tres años, tan optimista y vitalista, tan sana de apariencia. Siendo rellenita como era, la pérdida de peso apenas le afectó a su hermosura ni a su lozanía de pueblo; se murió guapa, con su melena caoba y postiza. Es difícil, sí. Es algo muy humano; en casos así todo el mundo cercano cree que podría haber hecho algo más, aún a sabiendas de que no. Si el ovario tiene metástasis ya no hay curación posible. Hubiera podido, sí, hacerla operar aquí, en el Valme, a mi cuidado, pero hubiese dado igual, el resultado final habría sido el mismo. Ella confiaba plenamente en mí, "lo que tú digas, niño". Y no puedes evitar ese sentimiento de fracaso absoluto. Es curioso cómo tienen que ocurrir las cosas. Nunca piensas que esas desgracias le vayan a suceder a nadie de tu familia, eso les ocurre a los demás, a mis pacientes, pero no a mi hermana, una mujer vigorosa donde las haya.

Ocho meses sobrevivió a la operación. Tiempo intensísimo de viajes, hospitales, quimioterapia, pelucas, risas, emociones y llantos a la par, de vida familiar mucho más estrecha, de mimos, halagos y cariños. Todo lo que se pudo. Esta fase de su enfermedad puso a prueba la cohesión familiar y confirmó la grandeza del cariño. Toda la familia, cada uno en la medida de sus posibilidades, estuvo al máximo de entrega y de apoyo.  Sobresaliente para todos; matrícula de honor para mi cuñado Frasco y para mi padre. El Convento devino en cuartel general de toda la familia y  mi casa en el centro logístico desde donde se dirimía todo lo referente a sus cuidados. Tuve la oportunidad de desquitarme por un tiempo de la sensación de derrumbe anímico,  de volcarme completamente con ella con ocasión de tantas visitas como sesiones de quimio se le dieron. Extremé  las dos facetas que más apreciaba en mí: la de médico y la de caricato. Me hizo contarle hasta la saciedad chistes verdes y asquerosos que ya conocía de tantas reuniones familiares previas. Pero se comportaba lo mismo que el niño que hace repetir a su abuelo veinte veces la misma historia. "Sema, cuéntame otra vez ése del tío que se limpiaba en la cortina después de chingar, ¿cómo era?"

Nos profesábamos, el uno al otro, ese roce y esa complicidad especiales entre los hermanos mayores, quizás por sentirnos como los segundos padres de los otros más pequeños, por haber compartido las penurias de nuestra infancia, por haber porfiado tantas veces por la onza de chocolate más grande, por habernos peleado tanto de niños, ella un demonio y yo un tontorrón; creíamos insultarnos de la manera más sucia posible, yo le gritaba "caoba" en medio de la plaza, delante de todas sus amigas. Se la llevaban los demonios. Ya ves tú, siendo una cosa de verdad, que era caoba y pecosa. Ella me respondía con un "mariquita azúcar", improperio el más grave y sentido que se le podía decir a un adolescente en aquel siglo nuestro; fíjate lo equivocada que andaba la pobre. Y todo porque se había enterado por mi abuela de que siendo yo muy chico había tenido un huevo escondido, a ver si me entendéis, no un huevo de gallina, sino uno de mis testículos alojado en el conducto inguinal, que fué perezoso para bajar a su bolsa pellejona, vaya. Y ya por eso iba a ser yo sarasón, ¡te quieres ir por ahí!

De mocita era guapísima; a fuerza de potingues había conseguido lavarse la cara de pecas. Las dichosas pecas que la habían mortificado tanto de niña. Yo no lo entendía; siempre me pareció bonita. Su pelo caoba, rarísima avis en mi pueblo, y su cara poblada de pecas le conferían un aspecto totalmente diferente al de sus amigas. Parecía escocesa, o vikinga. Ella se veía rara, distinta y acomplejada. Nunca fue capaz de mirarse al espejo y contemplar ese genio, ese ángel, esa mirada suya tan absorbente, esa alegría cautivadora en su cara; solo tenía ojos para las pecas y los rizos caoba. Sin las dichosas manchas, se sentía una nueva mujer, la más alegre, revoltosa y atrevida de sus amigas. Yo, tontorrón como digo, le espantaba a los novios. Ninguno me gustaba; quizás fuera un forma infantil de aferrarme al objeto  querido. Recuerdo que siendo solamente cuatro de familia, mis padres, ella y yo, una noche, cenando en la cocina el triste gazpachuelo de huevo, me puse solemne y dije:  "Mama, yo, cuando sea grande, me quiero casar con la niña". Se morían de risa. "¿Y eso?", pregunta mi madre. "Para que así estemos siempre todos juntos". Paseando ella por la plaza en pandilla con sus amigas, me ponía a su lado, muy pegadito, para que ningún muchacho se le acercara. Y si alguna vez, vencido por el vicio, me alejaba un rato a las Eras Altas a echar un combine (medio partido de fútbol), a la vuelta la cogía por el brazo y me la llevaba a casa si la veía tontear con algún pretendiente. Ya os digo, un tontorrón. Llegado su momento, ella no se vengó; al contario, fue para mí una eficaz aliada a la hora de convencer a mis padres para que me dejasen salir a la calle con mis amiguitas del pueblo, siendo ya seminarista.

Lo que más me duele de su ausencia es que no haya tenido ocasión de conocer y achuchar a sus nietos contra su pechuga generosa. Eso me irrita, me da rabia y sentimiento de impotencia. Ella, tan niñera, tan gallina clueca de todos...Es mejor no pensarlo. Le encantaban las reuniones de familia en el Convento, su casa. Ahí hemos celebrado, y lo seguimos haciendo, todas las fiestas del pueblo. Cocinaba para un ejército y, aún viviendo todavía nuestra madre, se sentía la verdadera matriarca de la familia. Es verdad, era la madre, la hermana, la chacha de todos nosotros; sus sobrinas más chicas, aquéllas que apenas tuvieron tiempo de conocerla, la María José de Almería y la Carmelilla, la nombran con cariño como la chacha del convento. Da pena pensar en lo que ella disfrutaría ahora en esas reuniones sin poder atender sus obligaciones de cocinera por culpa del revuelo que le formarían sus nietos, una niña preciosa con sus mismos rizos (pero sin pecas) y cinco machotes a cada cual más becerro. ¡Qué lástima, coño!

A mí, personalmente, una de las pocas satisfacciones que me pueden quedar de esta cruel historia de mi hermana mayor, de mi niña, es el que haya muerto en su casa del convento, sin pisar el hospital, sedada y tranquila. En paz.  Un par de meses antes le habíamos cambiado el dormitorio a la entresala, ya no estaba en condiciones de subir y bajar escaleras. Desde ese emplazamiento, el más fresquito de la casa, dominaba toda la situación, a mitad de camino entre la cocina y el cuerpo de casa, sin parar de mandar a unos y a otros, "Dios mío, cómo me tendrán la cocina estos adanes", solía quejarse ya derrotada. Sin ganas, con cuatro hilachos de pelos estratégicamente distribuídos y sus labios y ojos acicalados, recibía visitas diarias de sus amigas las del coro y de sus vecinas disimulando su pesar y su abatimiento con sonrisas forzadas y engañosas. Pero nunca pensó que la muerte la  acechara tan de cerca. Se sabía enferma, seguramente de algo malo, pero no se iba a morir tan pronto, para eso estaban allí, ya de vacaciones, sus dos hermanos médicos. Pero un fatídico día diez de julio ocurrió lo inevitable. Después de una noche necesitada de inyecciones frecuentes de morfina, sobre la media mañana, cuando parecía más tranquila y relajada nos hizo alguna seña; nos acercamos, le subimos la almohada, eructó un humor negruzco  y expiró en las manos de sus hijas y en las mías propias.

Querida niña: para mí nunca habrás muerto del todo. Te seguiré viendo siempre en los ojos anhelantes de mis pacientes sentenciados.

miércoles, 10 de octubre de 2012

Pobres criaturas

Cuando uno escribe, al menos en mi caso, pretende distraer a su público, es verdad. Pero hoy, lo reconozco, lo que voy a hacer es desahogarme, desembuchar a base de bien. Espero que lo comprendáis.

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Ya están nerviosos los estudiantes de sexto. Lo cuchichean por lo bajo en la consulta. No, no es el plan Bolonia lo que los tiene en ascuas; es el MIR que ya lo huelen a distancia; y luego, lo peor, el primer año de residente. Porque, seamos honestos, el médico no es tal hasta que no aprende su oficio. Y desde luego un recién terminado, cuyo título está aún en  papel de pago al estado, no es médico. Por motivos para los que no me encuentro en disposición de analizar, la licenciatura en medicina se ha convertido solamente en un salvoconducto para presentarse al MIR. Desde cuarto, el estudiante vive obsesionado con eso. No le importa tanto aprender, estudiar, escribir historias clínicas, hacer buenas prácticas...Sólo el MIR. Salen de la facultad con el título bajo el brazo, pero muertos de miedo. Y sin ser médicos, claro está.

Antes no era así. Nada era igual, ni en la carrera ni luego en los años de residencia. En los primeros años de carrera los estudiantes de medicina nos sentíamos especiales, nacidos para una misión muy noble, como si fuésemos un grupo de élite dentro de la Universidad, más todavía en Córdoba, tan provinciana, donde solamente competíamos en importancia con Agrónomos, Magisterio, Derecho y Filosofía. En quinto y en sexto soñaba cada noche con ser médico, me veía en sueños visitando a pacientes en sus casas con mi cartera de médico por todas partes. Esperaba con ansia el día del último exámen, poder decirme a mí mismo: lo he logrado, soy médico. Mi primer destino, sustituto en Villaharta, colmó mis deseos y mis espectativas. Me sentía importante, notaba la consideración de la gente, me sentía seguro. Antonio Pintor, compañero de fatigas, os puede hablar también de aquel agosto inolvidable de 1979, en el que dos médicos bisoños, armados con la sola tecnología del fonendo y rebosantes de optimismo, nos enfrentamos al formidable reto esperado durante años. Y salimos victoriosos.

-¿Qué coño os pasa hoy que no estáis atentos a nada? -les suelto de sopetón.
-No, nada; es que estamos hablando de la academia para el MIR, de si nos quedamos aquí en Sevilla o nos vamos a Oviedo.

Ésa es otra. Hoy todo el mundo se prepara el MIR en academias ex profeso. Con lo a gusto que me estudiaba yo el Harrison entero en mi pisito de Pintor Zurbarán o en el cobertizo de arriba de la casa de la Peque, en Palenciana. ¡Tiempos!

Pero tienen motivos para la zozobra, ya lo creo. No por las luengas noches de estudio ni por la nota final del MIR ni por la eventual especialidad elegida, casi siempre acertada, sino por su primer año de especialidad, el fatídico MIR 1. ¿Qué diferencia existe entre un estudiante de sexto curso y un MIR en sus primeros meses? Yo os lo digo: ninguna. Por mucho que los defensores interesados de nuestro sistema digan que sí, que la hay, no es cierto; se trata sólo de una estratagema legal para ahorrar dinero. Un residente es mucho más barato que un médico de plantilla. Se equivocan nuestros gestores, eso creo. No ven más allá. Cuanto más inseguro un médico, más pruebas solicitará. Y todas las pruebas son caras. Al final, lo comido por lo servido, casi. Lo que el hospital se ahorra en contrato, se lo está gastando en pruebas innecesarias. Pero no quieren darse cuenta. Los que somos profesores quizás percibamos mejor esa realidad al estar más próximos a estudiantes y residentes.

También tú fuiste MIR de primer año, podréis decirme. Sí, pero no hay color. En el Reina Sofía las urgencias eran atendidas por cada especialidad correspondiente. Nosotros, en medicina interna, disponíamos cada día de cinco residentes en la puerta de Urgencias, dos de ellos mayores, uno intermedio y otros dos de primer año. Estábamos entremezclados los internistas con los de otras especialidades médicas, como cardiología, neurología o respiratorio. El R1 jamás se encontraba solo; el grado de implicación y de apoyo que recibía por parte de los mayores era total, éramos una familia, un equipo de fútbito muy bien avenido. Además existía una especie de cordón umbilical entre la puerta de Urgencias y la planta, donde residían los adjuntos de guardia, eso sí que  era vida. La arteria umbilical llegaba cargada de problemas (nuestras preguntas y dudas) hasta las vellosidades coriónicas (los adjuntos de planta); y desde allí, a través de la vena umbilical cargada de sangre nueva y oxigenada, nos llegaban muchas soluciones. A lo mejor lo estoy pintando demasiado idílico, puede ser; pero, sin duda, mucho mejor que lo de ahora.

Lo de ahora viene de una parida de un tal Garijo, intensivista, que, pretendiendo mayor gloria para su especialidad, inventó la idea de unir las Urgencias con la UCI, creando, de la noche a la mañana el servicio andaluz de cuidados críticos y urgencias. Resultado: divorcio total. Las UCI han seguido a su bola, cada vez mejor equipadas, mientras los  servicios de urgencias son los parientes pobres donde solo llegan migajas. Se pretendió crear servicios independientes y autónomos, sin nada que ver con las especialidades de planta. Y como no había dinero para tanto, se reclutaron residentes como mano de obra barata. No me parece mal, siempre que dichos residentes estén ya bien vapuleados, pero es un crimen hacerlo con los R1.

El MIR como sistema es un excelente método de especialización. Yo creo que el mejor de los posibles. Son cuatro, cinco o séis años de un aprendizaje a tope, tutorizado por unos profesionales experimentados y con oficio, en los que te empapas de enfermos, te comes los libros y las revistas, vas a Congresos, conoces a gente de lo más interesante dentro de tu campo, a popes de la medicina moderna, te inicias en la investigación, te equivocas, aciertas, lloras ante un error con la misma facilidad como vuelves a reír y a creer en tí ante el próximo acierto, aprendes de todo el mundo, desde el celador o el camillero, como los nombra mi amigo Jaime, pasando por la enfermera de noche y, desde luego, de los propios pacientes, eres una esponja que va absorbiendo todo por donde pasa, formas grupo con tus colegas, te echas varias novias y hasta puede que llegues a casarte con alguna de ellas, médica o enfermera. Y lo más importante: aprendes a ejercer un oficio sublime. Esto es el MIR. Y encima te pagan.

Perfecto para mi forma particular de ver las cosas. Perfecto, si no fuera por las guardias de puerta del primer año. No hay derecho. Un residente de primero no está capacitado para atender las urgencias externas de los hospitales. No puede ser el primer eslabón en la cadena de la  asistencia a pacientes urgentes. Ni el segundo ni el tercero. Y sin embargo, lo es. Los gerentes, incluso la normativa legal del plan nacional de especialidades, lo justifican con el paliativo de la tutorización, que nunca están solos, que siempre tienen a quién consultar. Falacias. Paparruchas. A las cuatro de la madrugada a ver a quién coño preguntas. Te tragas sapos y culebras. Incluso en horas prudentes en las que nadie se cabree, el tutor, tu tutor, está tan agobiado resolviendo dudas de otros como tú, que al final desistes y te arriesgas. Así se aprende, así es como se curte un residente, dicen. No hay derecho, no estoy de acuerdo. No se aprende de los errores, como siempre hemos creído, sino de los aciertos. No se aprende pasando hambre, tirándote veinticuatro horas sin tiempo ni para un bocadillo (primum manducare et deinde filosofare), sin ánimo ni para dar una cabezada. No, no y no. No ha faltado ocasión en la que no haya mostrado mi disconformidad en las reuniones con los directivos del hospital. Siempre he defendido que el R 1 ha de ser un observador, un colaborador, un ayudante del médico de plantilla. Al menos durante los primeros seis meses. Esta es su función cuando está en la planta y así  debería ser también en Urgencias. Ah, maldigo la malnacida ley de Garijo, que permite semejantes barbaridades. Eso sí, si resistes los primeros seis meses estás salvado.

Los directivos lo saben, estoy convencido de que cuando dejan de serlo y pasan a médicos normales se dan cuenta de semejante barbaridad. El propio Garijo, ya jubilado, se arrepentirá ahora del monstruo que alimentó. Puede ser que cuando ocupas un cargo directivo te alinees tanto con la empresa que tu cerebro ingenia argucias justificativas a fin de poder vivir en paz contigo mismo. Algo parecido, salvando las distancias, es lo que les ocurre a los políticos corruptos cuando declaran ante el juez: todos dicen tener su conciencia muy tranquila.

No quiero ser alarmista en cuanto a los peligros potenciales para los usuarios. No. Afortunadamente, un paciente con una dolencia grave pasa directamente a una consulta de críticos atendida por médicos expertos. El problema es la cantidad excesiva de pacientes con dolencias menores o con dolencias mayores camufladas que pueden sobrepasar la capacidad resolutiva de un médico tan bisoño. El caso es que los propios pacientes son conscientes de ello, de que van a ser atendidos por médicos muy "nuevecillos", pero les da igual con tal de salir con todas las pruebas hechas. Es triste, pero la gente hoy se fía más de los análisis y de las pruebas que del criterio clínico del médico. Una lástima.

Al escribir estas reflexiones tengo presente las caritas de nuestros residentes de primero de aquí de Valme cuando los veo salientes de guardia, hechos auténtica mierda, con ojeras, el rimel corrido, halitósicos los labios, los botones cojos, los ojos rendidos, demacrados..., me acuerdo, sin remedio, de mi sobrina Inma, ya R 2 sobreviviente en un hospital de Málaga a donde emigró, entre otras razones, para evitarme el sufrimiento de verla padecer de esta manera. Y me alegro lo que no podéis ni imaginar de que mi Meli optara en su día por Biología. Tan tranquila ella en su clase de adolescentes alelados de voz gallosa recién hormonada.

No será para tanto, diréis algunos. Pasaros una noche por el Valme a eso de las doce. Vaya, si no tenéis otra cosa mejor que hacer.

miércoles, 3 de octubre de 2012

In vino veritas

La Peque iba radiante, más estupenda que nunca, casi provocativa, de ponerse uno verraco. Las demás mujeres tampoco desmerecían, ya se sabe cómo les gusta a todas pavonearse en ocasiones como ésta. Siempre he confesado que lo que más me atrae de una boda es lo bonitas que se ponen las tías, tanta cacha buena, tanto escote profundo y misterioso. Los hombres, en cambio, íbamos de cualquier manera, aunque yo tuve que encasquetarme mi traje, el kit habitual de las bodas. Orden de la superioridad. Ni rechistar.

Nuestra parejita casada en secreto hace ya meses nos ha invitado a almorzar en un chalet-restaurante de por aquí cerca. Al grupo rociero, cinco parejas de amigos de siempre. Apenas me fijo en los tíos. Ellas, todas,  están deslumbrantes. Pero insisto en la Peque: guapísima y güenísima. Los medio rizos naturales de su ahora tupido pelo dan a su cara un aspecto muy juvenil. Lo más llamativo, sin duda, un vestido de ésos ceñidos y ajustados que tanto le afinan la silueta y le resaltan el culo, terminando el paño, para mayor regocijo, cuarta y media por encima de las rodillas; y por fin, unas piernas de mocita, rectas y firmes, sin venillas, manchas ni hoyuelos tan comunes en las mujeres de su edad. Me ha recordado a mi novia de diecisiete años, tan menuda, tan apretada, tan bonita. A sus cincuenta y tantos.

Apenas disfrutamos del jardín; las fotos de rigor, mis primeros chistes, qué guapísimos estamos todos y padentro, que parece que chispea. Ocho horas cautivos en un reservado, (desde las dos de la tarde hasta las diez de la noche) comiendo y bebiendo a barba regada agotarían los temas de cháchara a cualquier grupo de amigos. Pero a éstos no. Empezamos (como es normal entre los tíos) con el Betis, el Sevilla y el Madrid (a Dios gracias no hay ninguno del Barsa) y terminamos en el segundo grado de la embriaguez, a saber, el estado de exaltación de la amistad, somos más amigos que ruchos. No alcanzamos más allá, no hubo insultos a la autoridad ni al clero, ni se llegó a a entonar, que yo recuerde, el Asturias patria querida. La Peque, poco asídua a estos buenos caldos, tuvo su genial momento de  desinhibición alzándose lo poco que le queda de vestido y mostrando al personal toda una nalga. El éxtasis. "¡Tía güena, tía güena, la otra, la otra cacha!", se le escucha al Palanco con su voz ya tomada de Moet Chamdom, o como quiera que se llame ese champám tan afamado. Si el cobertizo hubiese sido más amplio se hubiesen zapateados ambos unas rumbas. ¡Si los conoceré yo! 

Una vez que el grado de enolismo colectivo encontró su equilibrio en la sangre y en el cerebro de cada uno pudimos asistir a un muy enriquecedor coloquio. Esta gente mía es la mar de sofisticada y detallista a la hora de desmenuzar cualquier tema. El Pozuelo, el Pinedo, las mujeres en general y yo somos algo más simples, vamos por derecho, pero el Jaime, el Palanco y, sobre todo Juan Francisco, son unos verdaderos hermenéutas del discurso hablado, de textos de todo tipo, desde artículos de opinión, de prensa o de libros. A todo le sacan punta. Éstos ven un cuadro abstracto y extraen más conclusiones que el propio autor; a la salida  de una película tan relajante y divertida como "si tú de verdad quieres", con una Merly Strep y un Tommi Lee John fantásticos, dan el tostón pormeronizando todos los detalles, que si una americanada, que si los personajes no son creíbles, que si todo lo reducen al sexo (como si eso no fuese lo real), no se conforman con un me ha gustado o no, como hacemos el resto del mundo. A mí me parece que se complican demasiado la vida, la verdad. El aroma y el retrogusto del tinto de la casa suelta las lenguas favoreciendo diálogos a varias bandas y tormentas de ideas apelotonadas hasta que  Juan se erige como gurú para poner algo de orden con su dialéctica tomasiana.

Poca gente habrá en el mundo tan amigos como éstos. Su amistad data de hace treina y siete años, de la mili, fíjate tú. Y la de las mujeres ha ido paralela a la suya, lógicamente. Estando Jaime, el Palanco y Juan Francisco de oficiales de complemento en Tablada, conocieron a un soldado solitario que venía de Madrid. Era un muchachote grande, alto y corpulento, en quien tan sobrada corporeidad no se correspondía con su pobreza de espíritu. Aislado por el resto de la tropa por su edad y por sus paupérrimas habilidades sociales, causó cierta compasión en aquellos oficiales rebeldes con fama de rojillos, que tanto despotricaban del ejército en sus corrillos. Maduró del todo la fruta el día en que el Pinedo, el solitario madrileño, solicitó un pase de pernocta.

-¿Da usted su permiso, mi alférez?
-Adelante Pinedo, adelante. -Juan Francisco, sentado en su despacho, lo recibe con cierta solemnidad. El Pinedo, siempre tan exquisito y educado, entra, se desprende del gorrillo cuartelero, se cuadra y permanece en posición de firmes con su mano derecha mantenida en el primer tiempo del saludo. -Tú me dirás. Pero hombre de Dios, déjate de saludos y polladas, además que descubierto no se saluda así, deberías de saberlo ingeniero de pacotilla.
-Perdone usted mi alférez, los nervios.Verá usted,...-titubea largamente el soldado-, es que...
-Al grano Pinedo. Eres ya mayorcito para andarse con mojigangas, hombre. Y universitario. No te cortes ¡hostía!
-Bueno, es verdad. Verá...Como sabe usted, me encuentro aquí más solo que la una, no tengo amigos, no me hallo entre tanto paleto, la verdad, me aburro por las tardes, no tengo novia a quien escribir...Estoy amargado, vaya.
-¡No te jode!, y yo, y todos. A ver si te crees que nosotros estamos aquí encantados. Pasamos el tiempo y ya está.
-Ya, ya lo sé, mi alférez. Pero ustedes, ustedes tres, yo lo veo, son amigos...No es lo mismo que lo mío, ¿no le parece?
-Sí, de acuerdo, vale. Estás solo y aburrido, ¿qué culpa tiene nadie?¿Qué quieres que haga yo, Pinedo?
-Yo había pensado en pedir el pase de pernocta. Así podría salir a la calle, ir al cine, entretenerme algo, ya sabe usted.
-Incluso ligar, ¿no? -sonríe Juan.
-Bueno, si se tercia...
Seguramente ya lo tendrían hablado entre ellos, el Jaime, el Palanco y Juan Francisco. Y ahora se presenta la ocasión que ni pintiparada.
-Está bien, está bien, lo comprendo. Pero dime ¿dónde vas a pernoctar?
-Había pensado alquilarme un apartamento. Vaya que ya casi lo tengo apalabrado, aquí cerca, en Triana.
-¿Has adelantado ya algún dinero? ¿La fianza?
-No, aún no.
-No lo hagas, Pinedo.
-¿Y eso, mi alférez? -Y ahora Juan, por primera vez, se despatarra en su silla, cierra sus ojillos y le dedica una amplia sonrisa.
-Eso es que hemos pensado, mis amigos y yo, ofrecerte que te vengas con nosotros. -El Pinedo no da crédito a lo que ha escuchado.
-¿En serio?, ¿a vuestro piso?
-En serio, palabra de alférez. Pero atiende: solo te vamos a poner una condición. Si no la aceptas, se acabó el carbón.
-¿Qué condición?
-Tienes que hacerte del Betis -se pone Juan la mar de serio. Y el Pinedo, sin poder reprimir la risa.
-Pues claro que me hago, ahora mismo. Pero ¿no se molestará Jaime, tan sevillista.
-Que se joda Jaime, él es sargento; Palanco y yo somos alféreces. El mando es el mando.

Ahí nació todo, qué caprichoso el destino, te mandan a Sevilla a la puta mili y encuentras una nueva vida, tu vida de verdad, que jamás hubieras imaginado. Tablada no tiene ni idea de quién sea Paco, ¡no habrán pasado pacos por el cuartel!, pero Pinedo no olvidará jamás a Tablada. Y todo por un gesto simple tan solidario, tan inaudito, tan irrepetible como que unos oficiales de complemento acojan a un soldado amargado, madrileño y, encima,  del Madrid. Éstos tres son así, nada tienen suyo, todo lo comparten. Como los Kikos, pero en civil y mucho más divertidos. Como antiguos comunistas que creen de verdad en la justicia social. Como cristianos, si queréis, aunque descreídos.Y han tenido la suerte de encontrar en sus santas respectivas calcos de su propia conducta solidaria y generosa. La Peque y yo nos incorporamos al grupo más tarde, coincidiendo con la última enfermedad seria de Juan, aquélla en que murió y luego resucitó. Como ha sido siempre tan suyo, Juan no precisó de tres días, resucitó en cinco minutos. Del paso por  tal trance le han quedado varias secuelas, unas confesables y otras no. De las primeras, la más notoria es el exceso verbal, del que hoy estamos teniendo buena muestra. En treinta y muchos años han pasado muchas cosas, pero la amistad ha seguido inquebrantable. Estos son más que amigos, más que hermanos, parecen mismamente un alma única que se hubiese separado para alojarse en distintos cuerpos. Pero ¡ojo! no son iguales, cada uno tiene su particular genio y figura.

Algún problema del grupo que no se había resuelto en la dinámica habitual de los últimos tiempos, sino que se había quedado enrocado por no sé qué  pamplina, ha salido a la palestra. Ha sido casi al final, cuando lenguas y cerebros impregnados de Beronia se despojan de cualquier tapujo y hablan la verdad. Verdad entrecortada, emocionada y casi llorosa; pero verdad que era preciso aclarar  en este momento. Ha habido otros momentos, otros lugares para ello, quizás sí, tal vez no. Hoy se han dado todas las condiciones precisas: tiempo por delante, personas las justas, ni más ni menos, ganas de resolverlo y vino para aclarar gargantas apretadas. Como era de esperar, todo se ha arreglado. Con templanza, con corazón, con ternura incluso, hasta con el tiempo justo para que Jaime pueda llegar al Sánchez Pizjuán para ver perder a su Sevilla.

A la salida, sobre las diez de la noche, una fina y refrescante lluvia nos acompaña hasta los coches. Voy cogido del brazo de la Paqui, coja de pareja por la ausencia de su marido el futbolero. La llevo bien agarrada, no sea que se descoñe al hincar un tacón en el césped empachado. La Peque, picarona, va contorneándose delante nuestra. "¡Qué bonita va la puñetera!", me dice Paqui. "¡Y qué culo tan apetitoso!", le contesto yo. "¿Caerá algo esta noche?", me pregunta. "Lo dudo, antes de lavarme los dientes  ésta se queda frita". "Venga ya, no me lo puedo creer". "Lo que yo te diga, Paqui, palabra de borracho". Ya en el parking al aire libre, besos empapados y tiernos de amigos que se despiden como si no fueran a verse en meses cuando nos veremos mañana mismo. Aún corre tinto por las venas.

Vino y agua, dos elementos complementarios en esta jornada tan "beborable". El vino para la catarsis, para desembuchar; el agua para despejar el entendimiento y dar lucidez, que ahora toca conducir.

 In vino veritas, in aqua sanitas, reza un antiguo proverbio latino. Que así sea.