miércoles, 12 de julio de 2017

El padre eterno.

Mi padre, nuestro padre, nuestro patriarca de toda la familia, no iba a morir nunca. Va para eterno. Pero si algún día lejano hubiera de morir prometo no llorar. En lugar de eso me reiré con él y con todos vosotros de sus disparatadas ocurrencias.

Ese día no lloraré. Mejor que eso, me reconfortará el recuerdo intacto de mis vivencias con él, desde la primera que recuerde a la última de antes de ayer. No me avergonzaré del plato chorreante de gazpachuelo sobre mi cabeza a modo de sombrero por ser niño tan caprichoso con la comida; no me pesa en absoluto haberme ido al catre sin cenar algunas noches de bronca; no le reprocho que muchas tardes del verano no me dejara irme al pueblo porque sabía de mis intenciones con la "Peque" y él todavía creía en mi vocación de cura. Y siento muy, muy cercanos sus halagos; aspiro el olor del estío, a trigo segado, montado con él en la segadora de aspas tirada por mulos; saboreo aún la carne de membrillo que me subía a la cama cuando tenía anginas; noto sus manos fuertes y ásperas yendo con él por las noches a la taberna de mis padrinos a tomarnos nuestro té, el mío sin aguardiente; y siento como propio su orgullo por mis notas en los primeros años del seminario. A él le debo el no renegar nunca del campo, pese a lo mal trabaja que he sido siempre.

Ese día aguantaré las lágrimas. Me alegraré por él porque será uno de los pocos días de su vida en que pueda contemplar a todos sus hijos, sus nietos y sus bisnietos, todos juntos en la iglesia. A su edad, ya de mayor, ha sido ésta una pequeña frustración para él, que hayamos salido casi todos tan descreídos, muy buenos hijos, los mejores que unos padres podrían haber soñado en aquellos tiempos suyos del hambre, pero todos con esa falta de devoción. Bueno, todos, menos mi Manolo, que echa más horas legas que un sacristán.

Ese día me ahorraré el llanto. Consideraré, mejor, que tendrá ya más de noventa años, ha vivido en dos siglos, ha conocido la pobreza, la escasez, el hambre, el trabajo afanoso de sol a sol, la postguerra... la cara mala del mundo, pero también le ha dado la vuelta a la tortilla y luego han venido días de realización plena, de satisfacción por su trabajo y por sus cargos, de orgullo por una familia unida y sin fisuras, por la nobleza de sus hijos, por verlos a todos colocados, por la llegada de los nietos y de los bisnietos. 

No, no tendré duelo ese día. Pensaré, por el contrario, que toda su familia, todos los aquí presentes, debemos de dar gracias a Dios por haber sido bendecidos con un hombre como éste, un padre total, el más capaz de sacar adelante a su familia con todo el decoro posible, enérgico cuando se precisaba, colérico en cuatro ocasiones, entregado en cuerpo y alma a su casa, a su mujer y a sus hijos, humilde, pese a su posición de encargado, y, sobre todo, cariñoso a más no poder. Nosotros, sus hijos, no presumiremos de dineros ni de propiedades porque él nunca los tuvo, pero nadie nos va a ganar en el profundo sentimiento de unión vivido en nuestra infancia. Su legado, nuestro verdadero patrimonio, ha sido el cariño y la cohesión en el seno de la familia.

Ese día tendré que sorber para dentro. Lo consideraré, sí, una estupidez del destino, un error grave llevarse por delante a un hombre de los que no quedan. No deberían irse personas como mi padre. Y no es porque sea mi padre, sino porque son necesarias. Personas con un sentido optimista y positivo de la vida, con ganas de seguir haciendo cosas, cosas buenas, con su eterna curiosidad por descubrir y visitar sitios desconocidos, enseñando a la gente nueva con su ejemplo, sirviendo de modelo de vida, sembrando paz y alegría por doquier. Si, finalmente, ha de morir, por lo menos que nos dejen su molde.

Pero al final tendré que llorar. Y si lo hago será de alegría porque, al fin, podrá volver a encontrarse y abrazarse, en eso vive esperanzado, con su mariquilla del alma, María Josefa la de Higinio, y con su niña grande, María Josefa la Caoba.



Pero mejor que ese día tarde todavía. No hay prisas.


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Mis queridos amigos y lectores: el escrito que acabáis de leer fue ideado por un servidor de ustedes hace cuatro años, el mismo día que celebramos el nonagésimo aniversario de mi padre. No ha visto la luz hasta hoy.

"Ese día" del que hablo en el escrito, ese día en que he prometido no llorar, llegó anteayer de forma precipitada. No fue, sin embargo, un día trágico ni fatídico; no fue un "dies irae, dies illa". Ocurrió algo muy natural y ciertamente esperable: que un hombre de 94 años afectado por un cáncer de próstata muy avanzado acabara desarrollando una insuficiencia renal grave y, finalmente, falleciera. Por mucho que ese hombre fuese Juan Rivera Velasco, un hombre bueno, íntegro, de fe cristiana inquebrantable; por mucho que fuera el padre del afamado doctor Rivera... No hubo nada que hacer. Solo esperar en casa, rodeado de los suyos, la llegada de la señora con la guadaña.

Se nos ha ido mi padre, casi a la chita callando -poco ruido nos ha dado-, ha sido bueno hasta para eso, para morir sin molestar mucho. Un hombre sin par, un hombre total. ¡Que el Señor lo tenga en su Gloria!

miércoles, 5 de julio de 2017

Escenas costumbristas

Es la una del mediodía. Uno de estos días en que la calor nos ha dado un pequeño respiro. Estoy en el pueblo, en la casa de mi suegra. La pobre -es una santa- se da cuenta de que en ocasiones echo en falta algo de intimidad, ya sabéis, a mí me gusta estar en mi casa en calzoncillos, incluso en pelotas, o simplemente haciendo payasadas. Y, claro, aquí no es lo mismo; no es que yo me corte mucho a la hora de meter la pata, pero algo sí. La Peque me regaña por detrás cuando me distraigo leyendo algún libro delante de mi suegra, me dice que primero es darle conversación, que está feo dejarla así abandonada a su aburrimiento y a su sueño. En fin, que como en su casa de uno, en ningún sitio. Y ella, mi suegra, con toda su inconsciencia: "José María, tú no te apures que ya mismo te vas a quedar con todo esto, en cuanto yo me vaya al otro mundo". Y yo, más inconsciente todavía: "Sí, suegra, ya lo sé, pero es que voy a tardar en heredar más que el príncipe Carlos de Inglaterra". Y los dos nos hartamos de reír.

En esas estamos cuando la Peque advierte ¡oh desgracia! que no hay ni un euro en su monedero. Se vuelve hacia mí en busca de auxilio. Se disponía a ir a por unas bacaladillas para después del salmorejo y me pide algo suelto. Me acuerdo ahora, además, de que debo dinero a mi cuñado por los regalos que hicimos a los antonios y antonias de esta casa por el día de su santo. Ya me estoy temiendo lo peor. Yo también estoy limpio. "Bueno, pues, a ver, no va a haber más remedio que ir al cajero". En mi pueblo no hay cajeros del Santander, pero sí de la Caja Rural. Por cien euros que saque no me van a cobrar tanta comisión, pero, tonto de mí, cogí el coche y me fui a Antequera. En el fondo de los fondos, quizás lo hiciera así para comprar media docena de dulces en una pastelería antequerana que me encanta. Dicho y hecho.

Antes de enfilar la carretera, a la salida del pueblo, hay un stop. Me paro y veo a a dos paisanos, él y ella, muy amigos míos, charloteando animadamente. ¡A las una y cuarto del día, en plena calle! Bajo la ventanilla y los saludo. A esa hora no hay coches que me piten por detrás. Ella es una mujer de armas tomar, lozana aún, frisando los cincuenta, animosa y simpática. Si hubiese que destacar una cualidad única entre las muchas que atesora, cualquiera diría lo mismo: dicharachera. Que no alcahueta. Tiene conversación para todo el mundo y para todo el día. Una cosa parecida a lo de mi hermano Manolo, pero en mujer. "Que sepas que hace un mes me han operado de pólipos vocales" -me dice. "Lo sabía -le contesto-, me lo ha contado tu hermano. Oye, ¿y cómo has aguantado tantos días sin hablar nada? Es increíble, ¡verdad?" "Pues, fíjate, escribiéndolo todo, he gastado un cuaderno entero de esos de anillas grandes". Los dejo allí con su cháchara y sigo para Antequera. A mi paso, veinte minutos para llegar. Claro, respetando las señales: en el antiguo hotel La Vega, a 60; por el puente de Lucena, a 50; y así. Aparco muy cerca del cajero, saco mi dinero, me alargo a la confitería, compro mis pasteles y vuelvo raudo para el pueblo. En total, alrededor de una hora. Llegué al pueblo sobre las dos y cuarto de la tarde. Lo que no os vais a creer es la escena con la que me encuentro al llegar al cruce del stop: efectivamente, mis dos amigos, ella y él, habían avanzado, quizás, unos diez metros, no más. Allí seguían, erre que erre, dándole a la sin hueso. "Pero, bueno, ¿será posible que sigáis todavía en el mismo sitio?- les grito-. ¡Mujer, que se te van a reproducir los pólipos!"

Llego a casa con hambre de salmorejo y de bacalao frito -a falta de bacaladillas- y están poniendo la mesa. ¡Estupendo! ¡A la propia! Pero como la felicidad nunca es completa resulta que se ha presentado mi cuñada Conchi y, ella solita, se ha auto invitado al almuerzo. No sé de qué me extraño. "Bieeennn -se pone nada más verme entrar-, ya tenemos postre güeno" -dice señalando mis dulces. ¡La madre que la parió! Ya de por sí, me cuesta compartir los pasteles, que el Señor me perdone, soy tan goloso... Pero es que mi cuñada no se contenta con comerse uno, que vale, paso por ahí; no, ella tiene que picotear, tiene que probarlos todos, tiene que cortar a dedo un cachito de cada uno. Y, joer, me los estropea todos. ¡Con lo que yo disfruto antes de comérmelos viéndolos tan parejitos, tan bien puestecitos! Éste, cuadrado, este otro redondito, aquél en forma de huevo frito... Pues nada, a joerse. Y así fue, naturalmente. A los postres, entre ella y mi suegra -tiene cojones siendo ésta diabética- me empercudieron toda la bandeja. Y ya no saben lo mismo, ea. Y encima me reprochan que soy un caprichoso.

Bueno, lo que no supieron es que yo ya había apartado y escondido el más apetitoso para después de la siesta. Y otro para llevárselo luego a mi padre.

Y así son mis días en el pueblo, cuando la calor y mi cadera ortoprotésica no me dejan salir al campo. 

lunes, 3 de julio de 2017

De sabios es rectificar

Aunque, desde luego, no me considero sabio, soy capaz de rectificar, o al menos, aclarar las cosas que digo.

Anteayer mismo, en mi pueblo, me crucé con el cura por la calle y no pude reprimir el impulso de afearle lo del pasado domingo, la procesión del Viático bajo palio.

-¡Vaya esperpento lo del domingo, tío! -le suelto después de darle un abrazo cariñoso.
-¿Tan mal te pareció? -me contesta algo sorprendido.
-Pues sí. Me pareció un teatro, una puesta en escena totalmente desfasada y trasnochada, más propia de los tiempos de los Cursillos de Cristiandad y de las Misiones en los pueblos que de nuestro siglo. Me vi transportado a mis años tiernos de monaguillo. Sinceramente, no te pega, joer.
-¿Y qué le pareció a tu mujer?
-¿A la Peque? -Y me eché a reír-. Pues lo mismo que a mí, o peor, ella dice que estas liturgias callejeras le dan repelús, que son una especie de autos sacramentales, reminiscencias de la Inquisición. Esta del Viático, en concreto, le parece una escena de alguna película costumbrista de Berlanga o de Pasolini.
-¡Vaya por Dios! -cabecea resignado-. ¿Y a tu suegra?
-¡Hombre! Mi suegra, encantada, ¿no te jode?

Mientras suspira, me coge del brazo y me lleva a la sombra, que mi calva no aguanta tanta solatera.

-¡Ay José María! Si yo te dijera que pienso lo mismo que tú... Por ningún otro pueblo de los que he pasado, y han sido varios, he hecho nunca algo de esto.
-¿Y entonces?...
-Chiquillo, parece mentira... Presiones que uno recibe.
-¿Presiones? ¿Del obispo, del vicario?
-¡Anda, anda, no seas ingenuo! ¡Bastante le importará al obispo lo que yo haga en el pueblo! Son gente de aquí, de tu pueblo y el mío.
-¿En serio?
-¡Digo! Tenemos en la iglesia un núcleo duro de gente muy tradicional, en fin, son las personas que más miran por el culto, las más apegadas a la iglesia, las que siempre están conmigo apoyándome en todo... Tengo que escucharlos y, en ocasiones, acceder a sus peticiones aunque yo personalmente no esté muy de acuerdo. Me han insistido en que esta sería una procesión excepcional que celebra la octava del Corpus, que debemos de proteger y preservar nuestras tradiciones, que si otros curas lo han hecho antes... ¡Hasta querían que saliéramos con candelabros y todo!
-Joder, joder y joder.
-Ya te he hablado en más de una ocasión lo que supone ser cura en tu propio pueblo. En fin, dejémoslo ahí.
-Bueno, vale -prosigo yo con mi monserga-. ¿Y lo de coaccionar a los ancianos impedidos a la comunión?
-¡Eso sí que  no! -me contesta con cierto enfado-. Primero me presento en sus casas y me ofrezco para lo que necesiten, tanto si es un bien espiritual como material. No sería la primera persona anciana a la que le pago, por ejemplo, el butano. No, no, por ahí no. Visité a tu suegra, ya viuda, a sabiendas de que con tu suegro vivo no había nada que hacer. Y ella aceptó de buen grado confesarse y comulgar. Y hasta ofrecer misas por el alma de su marido, fíjate. Y los domingos me paseo con una cartera discreta donde porto el Viático y ofrezco la comunión a las personas que me lo han solicitado.
-¿Pero no comprendes que nadie te dirá que no, aunque solo sea por vergüenza?
-De eso nada. Te podría decir de varios ancianos del pueblo que me reciben en sus casas de muy buen talante, pero que cuando toca confesar va y me dicen con mucha guasa: "don Lorenzo, si le parece lo dejamos para la semana que viene". Y así, semana tras semana. Y se mueren sin confesar. Y yo me aguanto, ea.
- Pues muy bien. Eso me parece muy bien.

Para que veáis, que veamos todos, que siempre es necesario escuchar a todas las partes. Al César, lo del César...

lunes, 26 de junio de 2017

El Viático

-¿Quién será a estas horas? -Me pregunto extrañado.

Ha sonado dos veces seguidas. El timbre de la puerta del zaguán. Es domingo, las diez de la mañana. No esperamos a nadie, la muchacha que echa dos horas en la casa de mi suegra, pagada por la ley de la dependencia -independencia, dice ella-, entra a esta hora, pero hoy no; hoy es domingo. Hará cosa de diez minutos he abierto los portones que dan a la calle y no he visto a nadie. De todas formas, no sé de qué me extraño, por un momento me he creído en Triana, donde no suele uno recibir visitas inesperadas. ¡Qué tonto! Estoy en el pueblo; aquí cualquier hora es buena para que alguien, mi padre mismo, la chacha Carmen, la vecina Emilia, llame para preguntar por mi suegra y echar una rato de palique con ella.

-Sema, abre tú -oigo que me dice la Peque desde el cuarto de su madre-. Que es que estoy terminando de arreglarla.

Diligente, abro y me asomo. Y no comprendo al principio qué es lo que estoy viendo. No doy crédito a mis ojos. Desde mis tiempos de monaguillo no había visto cosa igual. La calle estaba ocupada por una procesión de fieles, calculo que unas quince o veinte personas, todas paisanas, claro está. En el centro, cuatro hombres sostienen un palio. Los demás, en sendas filas paralelas, portan velas encendidas.

-¿Qué hacéis? -Les pregunto en un tono entre intrigado y guasón.
-Venimos dando la comunión a personas impedidas -me responde solemne una mujer madura. Pariente mía y todo.
-¿Y el cura? -le inquiero, al no verlo debajo del palio ni por ninguna otra parte.
-Está en la casa de abajo, dándole la comunión a Carmencita. Ahora se llegará a por tu suegra.

Dicho y hecho. En unos minutos, el cura, alba, cíngulo y estola reglamentarios, sale de la casa de Carmencita y se viene hacia mí. Muy serio. Normalmente bromeo con él, pero no me pareció momento para tonterías. Sin mirarme, muy concentrado en la sagrada custodia que lleva como estandarte, entra en nuestra casa. Dos acólitos le acompañan. La Peque, advertida por lo que había podido ver por la ventana, ya tenía a mi suegra preparada en el medio del cuerpo de casa. Y la pobre de mi suegra, encima, protestando: "Niña, venga, que estamos haciendo esperar al Señor". De verdad... De Almodóvar, por lo menos. Para haber tenido uno los reflejos suficientes para grabarlo todo en el móvil. Pero nosotros, los de mi edad, ya no estamos en eso, nos acordamos luego, pero no estamos preparados para el momento. La gente nueva, sí. Mi suegra recibe gustosa la sagrada forma y luego le espeta al cura: "Muchas gracias por traerme al Señor, so gracioso y rebonito". Al salir, todo ufano, el sacerdote se dirige a mí, ahora sí, con cara de amigo: "¿Cómo va tu pierna?" "Bien, bien"-le respondo yo con una sonrisa.

Y luego vi seguir la comitiva calle abajo al son monótono de jaculatorias y letanías en busca de otro impedido, quizás otra pobre oveja descarriada. Una foto que evitara los coches aparcados nos daría una estampa de una escena trasnochada, propia del siglo pasado.

Ante esto, que a mí en particular me parece un atropello, ¿qué podemos hacer? Se le quitan a uno las ganas de pelear por el laicismo. Estamos perdidos. El poder de coacción de la Iglesia en los pueblos es aún tremendo. Mis suegros, ambos dos, muy al contrario que mi padre, no han sido nunca personas de iglesia. No diré que ateos, que eso no son. Para ellos la Virgen del Carmen es punto y aparte, como para todo el mundo en mi pueblo. Pero llevaban años sin pisar la iglesia. Y no solo eso, sino protestando sin cortapisas de la jerarquía eclesiástica en general y del cura del pueblo en particular... En fin, todas esas cosas que la gente decimos de puertas adentro con la boca chica.
Es verdad que, una vez fallecido mi suegro, ella, mi suegra, se ha ablandado un poco, y ya le dice misas a su marido "por si acaso fuera verdad que luego hay algo, por si le sirve". Y ha consentido la visita del cura y el recibir la comunión.

Y el cura se aprovecha, claro está. Quiero, de corazón, al cura de mi pueblo. Ha sido compañero en el seminario; en algún momento de mi vida de seminarista ha sido hasta tutor mío; me procuró mi primer trabajo en Villaharta; y yo he sido médico de su madre hasta que murió. En fin, que nos tenemos aprecio, lo quiero de verdad. Pero no me gusta que se aproveche así de la debilidad y del miedo de nuestros mayores. En un pueblo como el mío qué anciano será capaz de rechazar la comunión si el propio cura se la lleva a casa delante de testigos. Ninguno. Y estoy convencido de que lo hace de buena fe, lo vive como un deber pastoral en la creencia de que llevarles el "Señor" a sus casas y a sus propios cuerpos mortales es el mayor don que estos ancianos puedan recibir, nada que ver con el respeto a la libertad individual, al lado de Cristo hecho carne eso son paparruchas. Más alegría hay en el cielo por un pecador arrepentido que por noventa y nueve justos que hacen penitencia. Pues eso. Vale, pero luego podría ser más discreto. Podría, si quisiera, visitar en privado a los enfermos e impedidos, sin parafernalia ni boato anacrónicos, y darles la comunión a aquéllos que expresamente lo pidan.

En fin, lo dicho, la Iglesia, nuestra santa madre Iglesia, sigue moviendo sus poderosos tentáculos. Nosotros creemos que camina para atrás, para la Edad Media. Pero ya no está uno seguro de nada.

La procesión del Viático. Desde monaguillo no la había vuelto a ver. Hasta ahora. ¡Tiene cojones la cosa! ¿Qué será lo siguiente, la misa en latín y de espaldas al público? Me pregunto si el papa Francisco estará al corriente de estas pequeñas tropelías en nuestros pueblos andaluces.

¡Que el Señor nos coja confesados!

lunes, 22 de mayo de 2017

Penando por mis culpas

Queridos míos: Hoy hace el duodécimo día que me intervinieron en mi cadera. Por culpa de tanto fútbol y tanto tenis, me cachis ya...Todo ha salido bien pero yo no sirvo para esto. No tengo asiento, en ningún sitio, en ninguna postura me hallo, todo me incomoda, dios ¡qué sería de mí si esto se prolongara? Hay gente que por otros motivos ha tenido que soportar meses de inactividad en cama, mi hermano Juan, mi suegra... La mujer de nuestro albañil se tiró cinco meses tumbada boca arriba en la cama por una fractura del hueso cuqui. Insufrible para servidor. Lo peor, no obstante, son las noches. Yo acostumbro a dormir dando tumbos, ahora pacá, luego pallá . Y así toda la noche. Ahora he de mantenerme tieso y boca arriba, por lo menos durante el primer mes. Se puede dislocar la prótesis si cambio de postura en la cama. Me desespero. Y aflijo más de la cuenta a mi Peque. Al final no he tenido más remedio que echar mano del lormetazepam. Pa dormir algo. Antes, cuando uno era creyente, resultaba todo esto más llevadero porque se ofrecía el sufrimiento por los clavos de Cristo, pero ahora, ni eso. Voy mejorando, las cosas como son, ya me mantengo en pie más rato, doy mis pasos con el andador, como solo... Bueno, cuando me reponga del todo os contaré curiosidades muy graciosas que tienen que ver con la dependencia casi absoluta de mi Peque para casi todo. Ya me entendéis, el aseo personal, la ducha, el afeitado, la cagancia... Bueno, si ella me deja explayarme.

Mis médicos me han recetado un mes de recuperación lenta en casa, que no me haga el valiente, no vayamos a retrasar en vez de avanzar. ¡El valiente yo!!! No me conocen. Yo me hago el cobarde, más que cobarde. Claro, al carecer de la protección que otorga la ignorancia me observo demasiado, me asigno sucesivamente las distintas complicaciones posibles asociadas a esta intervención. Cuando creo descartada una, enseguida se me presenta otra. Y son complicaciones serias. Y ahí ando acobardado. Ya he superado la trombosis venosa, el rechazo de la prótesis, la infección de los puntos... Ahora estoy en la pejiguera de la infección de la prótesis. Luego no sé qué vendrá, ya me inventaré algo. ¡Cagao vivo!! Que no me haga el valiente!... No os preocupéis, que no, que no me lo hago.

No, que ante ayer llamé por teléfono al Luna pa que me diera ánimos, que él pasó por semejante trance hace dos años. Peor. El tío, que tiene más cojones que el caballo de Espartero, se me pone que él anduvo desde el primer día, que en dos semanas ya estaba haciendo vida normal ayudado por una sola muleta, que no tuvo fiebre ni se le hinchó la pierna... Me dejó hecho polvo.

Lo reconozco, soy un cobarde, un miedica, un pusilánime. Por mor de ello he perdido los apetitos, la churra se me ha refugiado entre sus compañeros de toda la vida, choco con todo, mi perrita se extraña de verme impedido... Y ni siquiera puedo escribir, ahora que tanto tiempo me sobra, porque no aguanto sentado más de quince minutos. Consigo entretenerme algo con la lectura del libro "Patria", muy, pero que muy recomendable.

Y a todo esto, dentro de dos semanas tenemos un bodorrio de esos campestres en un cortijo. Temiéndolo estoy. Nada, que me lleven en silla de ruedas, a ver.

Bueno, según me vaya recuperando tendréis mejores nuevas.

Un abrazo

martes, 2 de mayo de 2017

Paso de tórtolas

Lo que más me gusta de la Feria de Sevilla -dicho sea sin ánimo de machismo- es el bicheo. Las viandas suculentas y generosas y el rebujito, también. Pero acierta el refrán, hasta el jamón cansa. Después de cuatro horas en la caseta de Tomás estoy que no aguanto más, y más este año, con mi cadera baldada. Si estás de pie no sabes ya en qué pierna dejarte caer, te cruje el espinazo y se te anestesian las plantas de los pies; si consigues asiento por tu condición de medio lisiado... casi peor: te quedas encajonado, inmóvil funcional, entre sillas, mesas y criaturas; y como las mujeres casi siempre están bailoteando o les gusta apiararse en su rincón tienes todas las papeletas de que te toque apretujarte entre otros tíos tan sudorosos y aburridos como tú. Ayer tarde, sin embargo, tuve suerte: caí entre Pozuelo, Jaime y Jesús Cantarero, que el sudor de los amigos, por acostumbrado, es más llevadero. Y fue Jesús quien consolaba mi tedio incipiente animándome a olvidar la caseta atestada, y a volver la vista hacia la calle, a la gente de a pie. "Espabílate, tío, y asómate al paso de las tórtolas". ¡Joer!, aquello funcionó. La hora siguiente se me pasó rápida, distraídos los cuatro "viejos verdes" con el tránsito y la pose de tanta mocita engalanada, de tanta lozanía, de tanta muchacha en flor. "Manuel, ¡qué calientes semos!... 

El mejor paso de tórtolas, no obstante, no es el puesto en una caseta de Feria, no: es un banco de asiento en mitad de la calle Asunción. A cualquier hora del día o de la noche esta calle es un río caudaloso y sereno que transporta a la Feria la mayor caterva de gente nunca vista; la principal arteria final hasta la querencia. Los trianeros y los vecinos de "Los Remedios" se lo trajinan por atajos señalados por el tiempo. La Sevilla del otro lado del Guadalquivir y la del Aljarafe desemboca a bocanadas de Metro en la Plaza de Cuba, y desde ahí, a la Feria por Asunción. Ya lo he aprendido. Vestido de a diario, paseando a mi perrita, como haciéndome el pasota de tanto fiestorio, nos orillamos a medio camino de la calle y nos sentamos en un banco... a ver pasar a la gente. Espectáculo grandioso de guapura y colorido. Gratuito y sin consumición. Mi perrita se interesa más por otros congéneres suyos que, a contramano y a disgusto, obligados por la correa de sus amos, parecen regresar a sus casas. Lo mío, claro está, son las otras criaturas, las de dos piernas. Y aunque la Peque esté en lo cierto, que el traje de flamenca le sienta bien a cualquier mujer por lo que recoge, uno no dispara a la bandada sino que distingue entre tórtolas y tortolitas. En fin, si yo entendiera más de antropología y de sociología sería para escribir sobre este fenómeno tan curioso, el de las invasiones humanas de La Feria.

Pero como no soy tan entendido en estas materias me limitaré a daros un consejo de buen amigo. Muchachos, vosotros que, como yo, sois gente corriente y sencilla, sin intereses financieros ni comerciales, sin trato con la cursilería ni con el Negocio, ajena a los trapicheos y tejemanejes, y, sobre todo, gente sin edad para castigar su cuerpo y su espíritu con estos excesos... hacedme caso: id y disfrutad de la Feria, sí, dos horitas cortas, ná más. Jamoncito, tortilla y chocos; de postre, un chocolate con buñuelos en el puesto de las gitanas. Luego, iros a reposar a la calle Asunción, a ver pasar las tórtolas.
Otro día, mañana mismo, será bueno para llevar a los nietos a la calle del Infierno.

Buena Feria y buena suerte con la cacería.

miércoles, 19 de abril de 2017

Semana Santa en el pueblo

La Semana Santa de mi pueblo es, por así decirlo, bastante particular. Tanto en lo referente a los aspectos litúrgicos como a los exornos. Veamos.


Siendo el fundamento el mismo que en cualquier otro lugar de España y del mundo, esto es, la pasión y muerte de Jesucristo, nuestro formato litúrgico es completamente singular. 

En los oficios del Jueves Santo jóvenes del pueblo representan en la iglesia escenas de los últimos días, de las últimas horas, del Señor. Pasos vivientes de la Pasión, se llaman. Sin grandes alardes, sin boato en los ropajes, sin más publicidad que la que cabe en el canal local de JuanMa Jiménez y en el facebook de Ángel Cazorla. Y con mucha religiosidad y recogimiento. 
En la madrugá se cantan "Los Pregones", un ritual religioso cuyo origen se pierde en el tiempo, y en el que intervienen tres personas que cantan desde el altar mayor unas oraciones, especie de advertencias y consejos a Jesús sentenciado, que nuestros ancestros escribieron hace siglos. Oraciones cargadas de sentimiento, de ternura, de piedad... Pregones que todo el pueblo sabe tararear, que yo me sé de memoria, y que emocionan a mi padre, impedido en su casa, cuando se los canturreo al calorcito de la mesa estufa imitando el más puro y castizo de los estilos, el de "Antonio el de los ojos grandes". De seminarista, yo iba a "Los Pregones". Era obligado. Con un porte de sueño, pero iba. No había más remedio. Íbamos en pandilla, yo con mi medio novia de entonces, "La Grego". Me gustaba mucho, el que más, el pregón de Pilatos, recitado, más que cantado, por el susodicho Antonio con aquel vozarrón suyo, reposado, ronco, quebrado... "Yoooo o Ponsio Pilatoooossss, de Judea la baja pree esideenteeeee, sente eencio y firmo a Jesús la muerteeee. Por el delito que él mismo ha coometiidooo, disie eendo ques Dios y Rey ungido"... A mi hermana Josefa le gustaba más el pregón del Ángel, cantado divinamente por "Pepa la Gorrito". "Esfuérzate e gran Señor or, y arroja la cobardí ía, y sí-írvate de alegrí-ía, que se salva el pecador-or"... El pregón de "La Sentencia", quizás el más soso, era interpretado por Manuel "Guitarro", hombre muy querido en mi familia. "Es presiso-o de que beebaas, del cáliz de la pasión-ón-ón, para a que se abran las pueertas eternalees de Sión"... Hace ya muchos años que no voy; demasiados. Me puede la pereza, el sueño. Ya no tiene uno las ganas de antes, ni aquella ilusión juvenil de pasar la noche entera en pandilla, rezando ante el Monumento o marcando el paso con los relevos de los soldados de la Centuria. Es natural. 
Ahora lo que procede es esperar la procesión del "Señor con la cruz a cuestas", muy temprano, en la puerta de mi suegra, y desde ahí me incorporo a la comitiva. Desde hace unos años hago el resto de la procesión junto a mi amigo Rafael Arjona Espejo, "Rafalín". Este, como se hizo catalino, siente aún aquella nostalgia de aquellos años tiernos nuestros y sigue yendo a los Pregones cada año. Ya no es lo mismo, me dice, la iglesia se llena, sí, pero no se abarrota como antaño, y ninguno de los cantaores de ahora tiene la fuerza ni la garganta que tenía  Antonio. Rafael es un amigo de los de siempre, desde que oficiábamos de monaguillos. Espíritu rompedor y rebelde, en vez de venirse con nosotros al seminario estudió empresariales como grumete en la marina mercante. Luego, se casó con Araceli, su novia desde chico, y se fueron a Cerdanyola. Son padres de dos charnegas guapísimas, y abuelos de cuatro nietos catalinos. Han hecho ambos, y siguen haciéndolo, patria andaluza en aquellas tierras completamente amigables para ellos y para tantos otros. Buen flamencólogo, es el alma de la casa de Andalucía en Cerdanyola, sí señor. Para dar por... saco -ha sido siempre así de pejiguera-, en Cataluña es acérrimo del Madrid, y aquí, en Palenciana, dice ser del Barsa. Mentira. 
La tarde del Viernes Santo se ocupa con el "Sermón de las tres horas", afortunadamente venido muy a menos desde hace años. Tres horas largas le duraban a don Juan González bramando desde lo alto del púlpito. Ahora no llega a los sesenta minutos. Un coro de aficionados, donde pueden agregarse espontáneos, dirigido al piano por José Antonio Hurtado canta a dos voces las siete últimas frases o reflexiones que Cristo exhaló en la Cruz antes de morir. Después de cada una de esas canciones el sacerdote -en ocasiones parroquianos preparados- comenta e interpreta el sentido de tales palabras divinas. El sermón de las tres horas ha devenido con el tiempo en el Sermón de las Siete Palabras. Este sí que no me lo pierdo. Nunca me he atrevido a cantar el pregón de Pilatos -con lo bien que me lo sé- por vergüenza delante de mis paisanos. Lo mismo que me moriré sin haberme vestido de soldado romano; antes, porque por razones de estudios o de trabajo estaba siempre fuera y no podía entrenarme; ahora, por vergüenza, a mis años... Pero las siete palabras es algo distinto. Participo como espontáneo en el coro, con más gente. Y me gusta. Me siento bien. Tirando para atrás, quizás ese sentimiento de bienestar mientras canto las siete palabras tenga que ver con una especie de compensación tardía, diferida, a mi frustración latente por no haber podido participar en el coro del seminario. He sido siempre, y lo sigo siendo, un cantarín.
Sin solución de continuidad, tras las Siete Palabras  se sucede el Paso de Longinos, una escenificación en vivo de la lanzada al costado y del desprendimiento de Cristo de la Cruz, acto magníficamente interpretado por José Arjona, como Longinos, y varias muchachas del pueblo que hacen de María, María Magdalena y plañideras.
Al igual que los Pregones, las Siete Palabras y el paso de Longinos fueron creadas en su día por algún prohombre de nuestro pueblo que se borra en la profundidad del tiempo. Son anónimas y atemporales. Conocemos el nacimiento de nuestra centuria allá por 1890 pero no así el origen de nuestra semana santa y sus peculiares escritos. En los archivos de la familia Carreira he visto alguna vez copias manuscritas de aquellos legajos, a pluma, con la caligrafía gótica de antes, con faltas de ortografía, como muy auténticos de algún hombre con inquietudes literarias y escaso cultivo. 

En lo referente a los exornos, os hablaré de las dos características más sobresalientes de nuestra Semana Santa: la centuria romana y las saetas.

La indumentaria de nuestros soldados romanos no es romana ni por asomo. Manuel García, nuestro cronista oficial, nos ha enseñado que dicha indumentaria fue encomendada a un paisano nuestro allá en los albores del pasado siglo, y que el tal caballero no se le ocurrió mejor idea que hacerla enteramente igual a su traje de gala del cuerpo militar donde él mismo hacía la mili, la guardia real: levita azul añil, pechera roja y pantalones rojos; morrión de latón y penacho de plumas rojo (negro en la procesión del Santo Entierro). Aparte de la banda de cornetas y  tambores, los jefes portan espadas flamantes del siglo XIX y la tropa, unas lanzas características: las picas. 
En estos días la centuria romana alegra nuestras calles con sus sones militares y su colorido, y, por otra parte, acompaña las procesiones con tambores de ajusticiamiento, de entierro. Enteramente singular es el hecho de la presencia activa de los soldados romanos en los actos litúrgicos penetrando en la iglesia por el pasillo central al son de los tambores cuyos redobles retumban y repicotean en nuestros estómagos emocionados, y revientan el templo entero con sus reverberaciones. El Jueves Santo (el día más grande) al mediodía tiene lugar el acto de "sacar la bandera", acto que congrega al pueblo entero a lo largo de la calle de "Carmencita Gallardo" para ver cómo un jefe, el abanderado, mi primo Juan Cívico, saca, orgullosa y enhiesta, la gran bandera de la centuria al son del himno nacional y de los encendidos aplausos del personal. 
Es esta de los "soldados romanos" una tradición muy poderosa en nuestro pueblo. El arbolito, desde chiquito. Rara es la casa donde alguno de los pequeñajos no se vista de "soldado". Mi Lucas mismamente, con solo dos años y medio, ya lo ha estrenado. Pero conviene no llamarse a engaño, a la gente le tira lo de los soldados mucho más por el aspecto folclórico y festivo que por el religioso, que luego la Iglesia se lo quiere apuntar todo. Muchas casas, muchas familias del pueblo, tienen un soldado romano. En mi familia, tanto por la parte Rivera como por la de Cívico, estamos sembrados. De toda la vida de Dios ha habido Riveras y Cívicos en la Centuria. Por eso lo de mi pequeña frustración. Me hubiera gustado pertenecer a la banda de tambores. De chico me fabricaba tambores caseros y rudimentarios con las latas vacías de tomates o del atún. Mi ida al seminario acabó con aquella aspiración. Bueno, no se puede tener todo. En mi cincuenta aniversario mi mujer me regaló un tambor reglamentario, de los de verdad, y con él maté el gusanillo tocando en la soledad de mi patio durante años. Ahora lo tengo guardado para cuando mi Lucas crezca.

En cuanto al tema de las saetas, la originalidad consiste en que la mayoría de las saetas que se cantan en el pueblo son creaciones propias de la gente llana, coplas con estilo de "seguirilla" que los hombres de campo inventaban y tarareaban en la trilla, en la besana, en la siega o en la almazara. Mi abuelo Manolo Cívico fue, según me cuentan los antiguos, un genuino creador de saetas que luego él mismo cantaba al paso de "La Soledad" por la puerta de su casa. Ha habido, y sigue habiendo, muy buenos cantaores de saetas en mi pueblo. Desde hace unos años, Ángel Cazorla, Rafi Rivera y Carmelo Arjona se han propuesto crear un evento mitad folclórico mitad religioso al que han denominado de "Exaltación de la Saeta", con un impacto muy importante en el pueblo. Este año han participado en el mismo cantaores autóctonos tan emblemáticos como Pepe Velasco, Pepa "La Gorrito", Rafi Velasco, Encarni Espadas, Patricio Espadas y Miguel Ramírez. Una mezcolanza muy esperanzadora de gente antigua y castiza con la juventud emergente y renovadora. Un éxito rotundo.

Bueno, y hasta aquí unas pinceladas sentimentales de mi Semana Santa. Para nosotros, la mejor del mundo.

Un abrazo.