miércoles, 19 de abril de 2017

Semana Santa en el pueblo

La Semana Santa de mi pueblo es, por así decirlo, bastante particular. Tanto en lo referente a los aspectos litúrgicos como a los exornos. Veamos.


Siendo el fundamento el mismo que en cualquier otro lugar de España y del mundo, esto es, la pasión y muerte de Jesucristo, nuestro formato litúrgico es completamente singular. 

En los oficios del Jueves Santo jóvenes del pueblo representan en la iglesia escenas de los últimos días, de las últimas horas, del Señor. Pasos vivientes de la Pasión, se llaman. Sin grandes alardes, sin boato en los ropajes, sin más publicidad que la que cabe en el canal local de JuanMa Jiménez y en el facebook de Ángel Cazorla. Y con mucha religiosidad y recogimiento. 
En la madrugá se cantan "Los Pregones", un ritual religioso cuyo origen se pierde en el tiempo, y en el que intervienen tres personas que cantan desde el altar mayor unas oraciones, especie de advertencias y consejos a Jesús sentenciado, que nuestros ancestros escribieron hace siglos. Oraciones cargadas de sentimiento, de ternura, de piedad... Pregones que todo el pueblo sabe tararear, que yo me sé de memoria, y que emocionan a mi padre, impedido en su casa, cuando se los canturreo al calorcito de la mesa estufa imitando el más puro y castizo de los estilos, el de "Antonio el de los ojos grandes". De seminarista, yo iba a "Los Pregones". Era obligado. Con un porte de sueño, pero iba. No había más remedio. Íbamos en pandilla, yo con mi medio novia de entonces, "La Grego". Me gustaba mucho, el que más, el pregón de Pilatos, recitado, más que cantado, por el susodicho Antonio con aquel vozarrón suyo, reposado, ronco, quebrado... "Yoooo o Ponsio Pilatoooossss, de Judea la baja pree esideenteeeee, sente eencio y firmo a Jesús la muerteeee. Por el delito que él mismo ha coometiidooo, disie eendo ques Dios y Rey ungido"... A mi hermana Josefa le gustaba más el pregón del Ángel, cantado divinamente por "Pepa la Gorrito". "Esfuérzate e gran Señor or, y arroja la cobardí ía, y sí-írvate de alegrí-ía, que se salva el pecador-or"... El pregón de "La Sentencia", quizás el más soso, era interpretado por Manuel "Guitarro", hombre muy querido en mi familia. "Es presiso-o de que beebaas, del cáliz de la pasión-ón-ón, para a que se abran las pueertas eternalees de Sión"... Hace ya muchos años que no voy; demasiados. Me puede la pereza, el sueño. Ya no tiene uno las ganas de antes, ni aquella ilusión juvenil de pasar la noche entera en pandilla, rezando ante el Monumento o marcando el paso con los relevos de los soldados de la Centuria. Es natural. 
Ahora lo que procede es esperar la procesión del "Señor con la cruz a cuestas", muy temprano, en la puerta de mi suegra, y desde ahí me incorporo a la comitiva. Desde hace unos años hago el resto de la procesión junto a mi amigo Rafael Arjona Espejo, "Rafalín". Este, como se hizo catalino, siente aún aquella nostalgia de aquellos años tiernos nuestros y sigue yendo a los Pregones cada año. Ya no es lo mismo, me dice, la iglesia se llena, sí, pero no se abarrota como antaño, y ninguno de los cantaores de ahora tiene la fuerza ni la garganta que tenía  Antonio. Rafael es un amigo de los de siempre, desde que oficiábamos de monaguillos. Espíritu rompedor y rebelde, en vez de venirse con nosotros al seminario estudió empresariales como grumete en la marina mercante. Luego, se casó con Araceli, su novia desde chico, y se fueron a Cerdanyola. Son padres de dos charnegas guapísimas, y abuelos de cuatro nietos catalinos. Han hecho ambos, y siguen haciéndolo, patria andaluza en aquellas tierras completamente amigables para ellos y para tantos otros. Buen flamencólogo, es el alma de la casa de Andalucía en Cerdanyola, sí señor. Para dar por... saco -ha sido siempre así de pejiguera-, en Cataluña es acérrimo del Madrid, y aquí, en Palenciana, dice ser del Barsa. Mentira. 
La tarde del Viernes Santo se ocupa con el "Sermón de las tres horas", afortunadamente venido muy a menos desde hace años. Tres horas largas le duraban a don Juan González bramando desde lo alto del púlpito. Ahora no llega a los sesenta minutos. Un coro de aficionados, donde pueden agregarse espontáneos, dirigido al piano por José Antonio Hurtado canta a dos voces las siete últimas frases o reflexiones que Cristo exhaló en la Cruz antes de morir. Después de cada una de esas canciones el sacerdote -en ocasiones parroquianos preparados- comenta e interpreta el sentido de tales palabras divinas. El sermón de las tres horas ha devenido con el tiempo en el Sermón de las Siete Palabras. Este sí que no me lo pierdo. Nunca me he atrevido a cantar el pregón de Pilatos -con lo bien que me lo sé- por vergüenza delante de mis paisanos. Lo mismo que me moriré sin haberme vestido de soldado romano; antes, porque por razones de estudios o de trabajo estaba siempre fuera y no podía entrenarme; ahora, por vergüenza, a mis años... Pero las siete palabras es algo distinto. Participo como espontáneo en el coro, con más gente. Y me gusta. Me siento bien. Tirando para atrás, quizás ese sentimiento de bienestar mientras canto las siete palabras tenga que ver con una especie de compensación tardía, diferida, a mi frustración latente por no haber podido participar en el coro del seminario. He sido siempre, y lo sigo siendo, un cantarín.
Sin solución de continuidad, tras las Siete Palabras  se sucede el Paso de Longinos, una escenificación en vivo de la lanzada al costado y del desprendimiento de Cristo de la Cruz, acto magníficamente interpretado por José Arjona, como Longinos, y varias muchachas del pueblo que hacen de María, María Magdalena y plañideras.
Al igual que los Pregones, las Siete Palabras y el paso de Longinos fueron creadas en su día por algún prohombre de nuestro pueblo que se borra en la profundidad del tiempo. Son anónimas y atemporales. Conocemos el nacimiento de nuestra centuria allá por 1890 pero no así el origen de nuestra semana santa y sus peculiares escritos. En los archivos de la familia Carreira he visto alguna vez copias manuscritas de aquellos legajos, a pluma, con la caligrafía gótica de antes, con faltas de ortografía, como muy auténticos de algún hombre con inquietudes literarias y escaso cultivo. 

En lo referente a los exornos, os hablaré de las dos características más sobresalientes de nuestra Semana Santa: la centuria romana y las saetas.

La indumentaria de nuestros soldados romanos no es romana ni por asomo. Manuel García, nuestro cronista oficial, nos ha enseñado que dicha indumentaria fue encomendada a un paisano nuestro allá en los albores del pasado siglo, y que el tal caballero no se le ocurrió mejor idea que hacerla enteramente igual a su traje de gala del cuerpo militar donde él mismo hacía la mili, la guardia real: levita azul añil, pechera roja y pantalones rojos; morrión de latón y penacho de plumas rojo (negro en la procesión del Santo Entierro). Aparte de la banda de cornetas y  tambores, los jefes portan espadas flamantes del siglo XIX y la tropa, unas lanzas características: las picas. 
En estos días la centuria romana alegra nuestras calles con sus sones militares y su colorido, y, por otra parte, acompaña las procesiones con tambores de ajusticiamiento, de entierro. Enteramente singular es el hecho de la presencia activa de los soldados romanos en los actos litúrgicos penetrando en la iglesia por el pasillo central al son de los tambores cuyos redobles retumban y repicotean en nuestros estómagos emocionados, y revientan el templo entero con sus reverberaciones. El Jueves Santo (el día más grande) al mediodía tiene lugar el acto de "sacar la bandera", acto que congrega al pueblo entero a lo largo de la calle de "Carmencita Gallardo" para ver cómo un jefe, el abanderado, mi primo Juan Cívico, saca, orgullosa y enhiesta, la gran bandera de la centuria al son del himno nacional y de los encendidos aplausos del personal. 
Es esta de los "soldados romanos" una tradición muy poderosa en nuestro pueblo. El arbolito, desde chiquito. Rara es la casa donde alguno de los pequeñajos no se vista de "soldado". Mi Lucas mismamente, con solo dos años y medio, ya lo ha estrenado. Pero conviene no llamarse a engaño, a la gente le tira lo de los soldados mucho más por el aspecto folclórico y festivo que por el religioso, que luego la Iglesia se lo quiere apuntar todo. Muchas casas, muchas familias del pueblo, tienen un soldado romano. En mi familia, tanto por la parte Rivera como por la de Cívico, estamos sembrados. De toda la vida de Dios ha habido Riveras y Cívicos en la Centuria. Por eso lo de mi pequeña frustración. Me hubiera gustado pertenecer a la banda de tambores. De chico me fabricaba tambores caseros y rudimentarios con las latas vacías de tomates o del atún. Mi ida al seminario acabó con aquella aspiración. Bueno, no se puede tener todo. En mi cincuenta aniversario mi mujer me regaló un tambor reglamentario, de los de verdad, y con él maté el gusanillo tocando en la soledad de mi patio durante años. Ahora lo tengo guardado para cuando mi Lucas crezca.

En cuanto al tema de las saetas, la originalidad consiste en que la mayoría de las saetas que se cantan en el pueblo son creaciones propias de la gente llana, coplas con estilo de "seguirilla" que los hombres de campo inventaban y tarareaban en la trilla, en la besana, en la siega o en la almazara. Mi abuelo Manolo Cívico fue, según me cuentan los antiguos, un genuino creador de saetas que luego él mismo cantaba al paso de "La Soledad" por la puerta de su casa. Ha habido, y sigue habiendo, muy buenos cantaores de saetas en mi pueblo. Desde hace unos años, Ángel Cazorla, Rafi Rivera y Carmelo Arjona se han propuesto crear un evento mitad folclórico mitad religioso al que han denominado de "Exaltación de la Saeta", con un impacto muy importante en el pueblo. Este año han participado en el mismo cantaores autóctonos tan emblemáticos como Pepe Velasco, Pepa "La Gorrito", Rafi Velasco, Encarni Espadas, Patricio Espadas y Miguel Ramírez. Una mezcolanza muy esperanzadora de gente antigua y castiza con la juventud emergente y renovadora. Un éxito rotundo.

Bueno, y hasta aquí unas pinceladas sentimentales de mi Semana Santa. Para nosotros, la mejor del mundo.

Un abrazo.

lunes, 10 de abril de 2017

Perdonen la irreverencia

Convaleciente la Peque de su reciente intervención quirúrgica, gusto yo en estos festivos días de salir a darme un garbeo por las procesiones mientras ella reposa en casa. Y no es lo mismo, oye. Paseando entre tanto tropel de lugareños y de turistas me siento solo, aislado, raro, creyéndome -sin serlo- el centro de las miradas. Algo que jamás me ha sucedido yendo con ella. Y mirad que es chiquitita. Pero lo que llena...

Al final, resulta todo un engorro. Mi cadera izquierda no aguanta la bulla ni las estrecheces ni los parones obligados a lo largo de la calle de san Jacinto por donde tiene que pasar dentro de ná "La Estrella". La acera de la sombra, abarrotá, como es natural, no me queda otra que buscar refugio donde pueda en la otra acera, la del sol inclemente y picante de las cinco de la tarde. Bajo el toldo amigo de una farmacia mismo. Ni san Estanislao de Kostka -el de "antes morir que pecar"-, si le fuera dado el don divino de bajar del cielo a mi sitio, podría evadirse de la tentación de la carne que me rodea: piernas, leggins, tetas, canalillos y culos, estos apretaos, aquellos más sueltos. Carne por todas partes. Una hora de cansina y calurosa, que no aburrida, espera para disfrutar escasos cinco minutos del paso del misterio con su banda de música. Un engorro, sí, pero me gusta.

Cuando ya en casa mi mujer me pregunta si he visto a la Virgen, me da la risa porque se me viene a la memoria la historia del "Molleto", un hombre basto de mi pueblo que fue de excursión en autobús a Pedrera en el tiempo en que se decía que se aparecía la Virgen en lo alto de una colina. A lo que se ve, él no subió al collado sino que prefirió quedarse abajo con lo que se dio el festín de verle el trasero a toda mujer que gateaba monte arriba. "¿Qué, Juan, tú también has visto a la Virgen?" -le preguntaban luego sus amigos en el pueblo. Y él, muy socarrón: " A la Virgen, no. Pero he visto un porte de nalgas..." Pues eso mismo le digo yo a la Peque: "A la Virgen, poco; pero he visto de tetas y de culos..."

Perdón por la irreverencia.

martes, 21 de marzo de 2017

Niñatos

Para la mayoría de nosotros en nuestros tiempos de seminario y luego de estudiantes nuestra beca era nuestro tesoro. Sin ella no hubiéramos concluido el bachillerato ni, mucho menos, la carrera universitaria. Yo presumo de haber gozado de beca en todos mis años de bachiller, y de beca salario en la universidad, beca, esta última, que ingresaba en mi casa más dinero que el sueldo anual de mi padre.

Bueno, no sé para vosotros, pero para mí resultaba mucho más engorroso completar los tropecientos documentos que se requerían en la solicitud de la beca que el hecho mismo de sacar buenas notas, pan comido. Hasta fe de bautismo, oye.

Los hechos que os relato a continuación tuvieron lugar en mi pueblo, Palenciana, en las vacaciones de Semana Santa del año del Señor de 1971, curso del Preu. Mi amigo Frasqui y yo preparábamos juntos el papeleo obligado para las becas del año próximo, él para COU, y yo para el primer año de Teología en san Telmo. Lo minucioso de Frasqui para estas cosas administrativas tranquilizaba mi ánimo temeroso, todo estaba en orden. Bueno, en realidad nos faltaba un asuntillo "menor", el certificado de buena conducta, documento del todo imprescindible y que habitualmente nos conseguían nuestros padres sin problema alguno en el cuartel de la Guardia Civil. Pero este año, nosotros ya mayorcitos, nuestros padres se hicieron los haraganes, y nos dijeron que si queríamos peces, que nos mojáramos el culo. Bah, dijimos con solvencia, vaya problema!...

Cosas de la edad, cuando quisimos acordar el Jueves Santo se nos echó encima, y los papeles sin arreglar. Sobre las cinco de la tarde de este día tan singular  -hay que ver nuestro tino- nos presentamos en el puesto de guardia del cuartel. Bien presentables; Frasqui, de barba espesa, bravía y contumaz, se había afeitado  dos veces ese día, una por la mañana y otra poco antes de la cita al cuartel; yo iba pasable, por entonces solo me afeitaba dos veces por semana. Ambos repeinados -¡ay!, ¿qué fue de aquel tupé mío, así, acortinado?-, vestidos de limpio y estrenando chaqueta para la procesión del Nazareno. Dos pimpollos. Que queríamos ver al comandante de puesto, así de sopetón, le soltamos al guardia de puerta.

-Será para algo urgente, porque un día como hoy... -protestó el guardia.
-Bueno, sí, es que necesitamos un documento con bastante prisa.
Por medio de otro número se dio aviso al cabo. 

-Buenas tardes -se presenta el hombre con sus ojeras de la siesta interrumpida-. ¿Qué se les ofrece a estos dos mozalbetes?
-A sus órdenes de usted, mi cabo -replica Frasqui más habituado que yo al trato con los civiles-. Verá usted... perdone que le molestemos en una tarde como la de hoy...
-Nada, nada, ustedes dirán.
-Es que para completar la documentación de nuestras becas necesitamos el certificado de buena conducta. Otros años nos lo ha firmado don Juan, el párroco, pero ahora tiene que ser usted... según pone aquí -me sale todo del tirón.
-Muy bien, ¿y con quiénes tengo el gusto de hablar, quiénes sois vosotros?
El cabo no nos conocía ni nosotros a él. Llevaba poco tiempo en el pueblo en sustitución de nuestro cabo de toda la vida, el cabo Rut.
-Yo soy Francisco García -se adelante Frasqui-, hijo de Blas García.
-Y yo, José María Rivera, hijo de Juan Rivera.
-Ahjaja -parece recrearse-, conque estas tenemos... Los amos de la Silera y de la Capilla...
-Bueno, verá usted, tanto como los amos... -replico yo.

El hombre, de pronto, cambió el gesto. No sé. Es posible que esperara otra cosa, quizás que le lleváramos algún presente de parte de nuestros padres con motivo de las fiestas, hecho que podría resultar habitual en aquellos años. Nunca fui testigo de tal cosa pero puedo imaginar que siendo Blas y mi padre los administradores de grandes fincas de Carreira pudieran eventualmente hacer algún regalo a la Benemérita en la persona del cabo. Sea como fuere, el caso es que aquel hombre parecía otro. De mala gana tomó la solicitud que yo le alargaba y leyó el párrafo donde ponía qué autoridad debía de elaborar el certificado de buena conducta, en nuestro caso, él mismo. Al cabo, salió refunfuñando:

-Sí, es verdad; aquí dice que debe hacerlo el comandante de puesto, sí; pero no encuentro que ponga en ningún sitio que haya de hacerlo el Jueves Santo por la tarde. El lunes próximo os pasáis por aquí y los recogéis.
-Con todos los respetos, mi cabo -me envalentono yo-, pero es que nosotros estudiamos en Córdoba y nos vamos el domingo por la tarde en la Graells... Habíamos pensado llevarnos ya toda la documentación completa, más que nada para ahorrarnos un viaje.
-Y yo he pensado que no, que hoy no es día de trabajo administrativo, ¡estamos de acuerdo?
-A lo mejor el sábado... -tercia Frasqui con timidez-. Mire usted mi cabo, usted no nos conoce, pero somos buenos muchachos, somos seminaristas ¿qué más le podemos decir? Somos, además, sobrinos del que fuera subteniente Rivera en la comandancia de Córdoba... Yo mismo tengo muy buena relación con el capitán de la Guardia Civil de Lucena...
-¡¡He dicho que el lunes, coño ya!!! -Y ahora el hombre se enfureció de una manera que nos pareció desproporcionada-. ¿Qué os habéis creído, que podéis codearos con la autoridad, así como así? Ni hablar, niñatos intelectuales, que eso es lo que sois, unos niñatos, que por estar estudiando en la capital os creéis algo. Tan estudiados como sois podríais haber considerado un poquito que no son éstos precisamente días para papeleos. A mí me importa un comino vuestro tío, el capitán de Lucena y el Obispo de Roma. Anda, anda, salid de aquí echando leches.

A media mañana del Viernes Santo, mi padre me cogió por banda.
-Mira, José María, no te doy un sosquín por ser hoy el día que es... Parece mentira... -Era una fiera mi padre cabreado, a mis dieciocho años yo aún le temía-. La manera de comportaros con el cabo... Tanto estudio pa esto, ¡hay que ver! Una cosa que os dejamos que hagáis por vuestra cuenta... Y mira tú por dónde... ¡Qué vergüenza! Nos ha llamado el cabo y nos ha contado vuestra... osadía, por decirlo de alguna manera.
-Pero papa, que nosotros...
-Ni papa ni mama, niñatos mocosos es lo que sois todavía. Sí, mu buenas notas, pero sin un dedo de frente. ¡Las horas de ir a molestar al cabo, y ¡¡¡el Jueves Santo!!! ¡como si no hubiera más días en el año!!

Filípica similar padeció Frasqui por parte de su padre, aunque Blas era hombre bastante más comedido y prudente que mi progenitor. De manera que ambos, Frasqui y un servidor, pasamos un Viernes Santo de verdadera penitencia y arrepentimiento. Al día siguiente, Sábado de Gloria, después de la siesta, mi padre, ya totalmente calmado y cuerdo, me aborda con extraña amabilidad.

-Pásate por la casa de Frasqui, y os alargáis juntos al Cuartel. Os volvéis a presentar al cabo con educación, que ya os tiene preparados los certificados de buena conducta. ¡Demasiado bueno es el hombre!

Dicho y hecho. El Sábado Santo nos hicimos con los dichosos papeles.

Debieron de pasar años, varios años, para que nos enteráramos, Frasqui y yo, de los turbios acontecimientos que debieron vivir nuestros respectivos padres durante aquellas veinticuatro horas para conseguir los certificados. Un día de chochez, Blas se lo contó a Frasqui. "Niño, pos ná, ¿qué íbamos a hacer? Lo que se hace en estos casos, por un hijo, lo que haga falta. Cogimos el primo Juanillo y yo y nos alargamos al Cuartel para volver a hablar con el cabo. Sabíamos que era un hombre de trato áspero. Vestido de paisano, nos lo llevamos de compadreo al bar de la "Chorro", y luego, al del "Gordito", y luego al del "Mellizo". Lo jartamos de tapas, lo emborrachamos y nosotros con él, claro está. Y ya está. Así es como los hombres de bien arreglamos nuestras diferencias".

Hombres recios y duros, hombres de campo, curtidos al sol de la siega y al frío de la aceituna, enérgicos, iracundos a veces, pero siempre, y por encima de todo, padres. Nuestros padres.


Sed buenos.

domingo, 12 de marzo de 2017

Como las alúas

Como ocurre en el campo con las alúas, al primer sol de marzo las mocitas sevillanas se echan a la calle despendoladas. Y despelotás del tó. Para regocijo de los hormigos machos, vaya por delante. "Pero chiquilla, si pa mañana mismo dan agua en la tele"... Da igual, jóvenes y maduritas que hasta ayer mismo se embutían en leotardos hasta los sobacos lucen hoy modelitos de faldas menguantes, patorras emancipadas, dorsos de nadadoras y ombligos aireados. Y a uno, la verdad, lo pillan desprevenido.

Cuatro días de primavera llevamos y Sevilla parece Sodoma. No sé qué más arcanos secretos nos van a enseñar estas mujeres cuando llegue el tórrido julio. De todas formas, la calle es un espectáculo de sol luminoso, barquitas en el río, "garbanzada" en la Plazuela, "La Estrella" por san Jacinto y animado mujerío. "Manuel, qué calientes semos"...

Ni siquiera puede uno, como antaño, "refugiarse" en los sagrados sitios. Casi peor que la calle, se diría. Las mujeres van a misa de domingo como si fueran a una boda, joer. Esta misma mañana, en Santa Ana -adonde acudo raudo al señuelo de la música de banda municipal-, el exorno del gineceo es tan barroco como el retablo principal de la iglesia, si no más. No me atrevo a entrar con mi perrita -pintas menos que un perro en misa, dice el refrán-. Me quedo en la puerta aguardando el final apoteósico de revuelo de campanas, marchas de música militar y semanasantera, y, sobre todo, la salida a borbotones de gentío guapo y bien vestido. La salida de misa de doce de toda la vida en los pueblos, vaya. Una cosa parecida, pero a lo grande, a lo sevillano.

Entiendo a los guiris. Cada vez más. Después de treinta años acortijado en el Aljarafe yo mismo me siento un poco extranjero en Triana, y voy paseando por ella explorándola, haciendo, como hacen ellos -pero yo sin cámara de fotos-, paradas en cualquier rincón o recoveco de la calle Castilla, en el mercado, en el callejón de la Inquisición o sentándome con mi perrita en los bordes greñudos del río. La primavera sevillana -y andaluza- es una delicia para los sentidos. "Tomás, hombre, vente de la Granjuela, que Sevilla está que chisporretea"... "Y pa qué -me responde al móvil-, si uno ya no puede hacer ná". "Aunque solo sea pa bichear, vente Tomás". Y luego, cuando por fin se encierra la procesión, este ritual dominical admonitorio de lo que nos queda por llegar, las calles se convierten en terrazas de bar sin solución de continuidad. Y atestadas.

En fin, muchachos, lo que os digo: con buena salud ¡qué bien se vive de jubileta!!

miércoles, 8 de marzo de 2017

Señales externas

A nuestra edad -bueno, me refiero a los sesentones- nos pasa que empezamos a detectar una suerte de achaques y de limitaciones que nunca habíamos considerado que nos llegaría. Nosotros, que nos hemos comido el mundo; nosotros, que hemos sobrevivido con éxito a una infancia y juventud de privaciones; nosotros, que hemos hecho una dieta mediterránea obligada, no había otra; nosotros, que somos herederos del Capitán Trueno y luego de los Beatles; nosotros, que comíamos gamboas apretadas y fatigosas en los recreos; que nunca nos hemos emporrado; que, a lo sumo, fumábamos cigarrillos de matalauva; que no usábamos condones porque no hacía falta, total para qué, si no había ocasión; que hemos abusado del "cascábitum est"... Nosotros, que nos creíamos inmunes a la enfermedad,  poco menos que inmortales, comprobamos ahora en carne propia nuestra inesperada, nuestra inoportuna, decadencia.

A estos nuevos síntomas que nos aquejan los vamos a denominar señales internas, alertas que nuestro propio organismo nos envía para que tomemos nota de la cercanía del invierno. El radiante sol de la juventud se ha ido haciendo tibio con los años, y ahora, en nuestro particular mapa del tiempo, solo aparecen las estrechas isobaras que nos amenazan con la lluvia de la artrosis en las caderas, las rodillas o las lumbares, el granizo de la sal y el azúcar, dañinos para la hipertensión o la diabetes, la ventisca de colesterol en el corazón fatigado o, lo que es peor, la tormenta perfecta del cáncer. En algunos afortunados serán solo pequeños chubascos de intensidad variable y de distribución irregular, y en otros más aciagos serán inundaciones mortíferas como no se recordaban. Señales internas.

No diré que peores, no; pero tampoco me hacen ninguna gracia las que llamaremos señales externas del envejecimiento. Señales digamos que sociales. Ya conocíamos una, acordaros, aquélla de la ignorancia que nos tienen los guardias de tráfico a la hora de soplar el alcoholímetro. "Siga usted, caballero, continúe". Claro, los civiles nos ven vejestorios y ni se dignan a que soplemos. ¡Con la ilusión que me hace!... Hoy mismo, esta misma mañana, he podido apreciar otra de esas señales. Una señal de la calle.

En una mañana de sol espléndido, la calle Asunción lucía su bullicio de gente desocupada y tiendas caras para mujeres de taco -¡viva la mujer! que hoy es su día-. Para más exorno, un grupo de muchachas en flor, uniformadas con traje azul y montadas en esos cacharros modernos motorizados de dos ruedas que parecen patinetes gigantes, se iba desplazando graciosamente, cada moza en su vehículo, calle arriba, calle abajo, ahora me cruzo por aquí, ahora me descruzo por allá, ofreciendo a la avenida, tan concurrida, un colorido y una viveza dignas de verse. Y compruebo que la misión de las chicas es abordar con su gracia y lozanía a determinados transeúntes para ofrecerles los servicios de una empresa que se dedica al examen y reparación de oídos torpes y viejos. GAES, se llama la empresa, la conocéis. Y ya podéis imaginar qué es lo que pasó: que una de esas chicas se me viene encima. ¡Qué bochorno! Solo se acercan a viejos, y ésta se ha venido contra mí. Disimulo mi sorpresa, la atiendo con amabilidad y rechazo la oferta alegando que soy médico y que, por el momento, mi oído es de lo mejor que tengo. Le doy las gracias y la chica se aleja en busca de otro anciano. Pero en el interim, se lleva un repaso visual global, desde su cola de caballo hasta las corvas, ya que uno no está para otras cosas al menos se alegra la vista.

Una diáfana señal externa. Otra más. Ya sabéis, cuando un guardia de tráfico os exima de soplar en una madrugada de bodorrio, o si una chica guapa os ofrece en plena calle un servicio de GAES... estáis advertidos: sois unos viejos.

Muy bien. Pero hemos llegado hasta aquí. Con gallardía.

lunes, 6 de marzo de 2017

Mi prima Josefina

Mi prima Josefina -lo digo ya de entrada- era la mocita más bonita de toda Córdoba. Capital y provincia. Y mirad que mi hermana Josefa era guapa, un espécimen extraño de pecas y de caoba, pero una hermana no es lo mismo, la tienes siempre al lado, te peleas con ella, la ves en paños menores como si nada... en fin, uno no se enamora de su hermana. Pero mi prima...

En los tiempos de los que os hablo, ella era la prima mayor, la prima por excelencia; otras primas mías aún no habían nacido o eran muy chicas por entonces.

Mi prima Josefina vivía en Córdoba. Cinco o seis años mayor que yo, cuando venía al pueblo con motivo de la Navidad, la Semana Santa o la feria era toda una mocita a mi vera, que tendría yo unos nueve o diez años. Y siendo tan bonita y presumida, en mi casa, sin embargo, se comportaba de una manera sencilla y familiar. Y en las demás casas de sus otros primos. Así la recuerdo. Era mi prima una de las pocas cosas que uno tenía entonces para enorgullecerse delante de los amigos incrédulos. "Vaya nene con tu prima, no está güena, ni ná" -me envidiaba Agundo. Todos los demás primos en edad nos creíamos sus favoritos, lo he sabido después, muchos años más tarde, cuando Frasqui, Blas, Manuel Velasco o Manuel Rivera me lo han confirmado, que ellos se sentían también los más privilegiados, los escogidos por aquella muchacha angelical y linda. Yo mismo me creía especial para ella porque siempre que venía al pueblo, sabiéndome ella tan goloso, me traía a hurtadillas y con nocturnidad, una bolsa repleta de caramelos y golosinas. "Todo para ti. Para ti sólo". Ese para ti solo me hacía sentir único. Lo que pasaba es que esa misma maniobra la repetía con los demás primos. Y así, nos tenía a todos encandilados. ¡Argucias de mujer! 

Para lo que mi edad y mis luces daban de sí, yo estaba enamorado de mi prima. Sin haber salido nunca del pueblo, no había visto jamás a una mocita tan espectacular. Parecía una muñeca, pero no una barbi escuálida de las actuales, no; una muñeca muy bien conformada, con sus carnes en sus sitios, sus rizos morunos, sus piernas altas y contorneadas, su falda festoneada, su talle apretado, su pechera justa, su culo respingón... y sus ojos chispeantes. Lo que más llamaba mi atención eran, desde luego, sus ojos y su mirada. Mi hermana Josefa o su prima Luisa le sostenían el espejo de mano para que ella se acicalara y se izara las cejas hasta el infinito. Era lo más expresivo de su cara bonita, sus cejas empinadas. Encima, gozaba de una voz muy femenina, que no ñoña, cantarina y rotunda. De ciudad, se expresaba ante nosotros con una prosodia inusual para nuestro uso rústico, y nos quedábamos embobados. Cuando se volvía a ir para Córdoba yo sentía un cierto vacío en el estómago, una especie de síndrome de abstinencia que combatía contemplando largos ratos una fotografía de primera comunión que mis padres tenían de ella en el aparador. Más de una vez he besado esa foto de manera furtiva. Ya, cuando me fui al seminario, la cosa se enfrió, lógicamente. Estando en san Pelagio iba muchos domingos a comer con ellos, mis tíos y mis primos, a su casa del cuartel, pero ella ya tenía veintitantos años, seguía preciosa, tenía su novio, un tío guapo y formal, y a mí, naturalmente, se me habían pasado aquellas ínfulas de niñez.

Pero aún así, jamás he perdido esa admiración juvenil, inocente y primitiva por mi prima Josefina.

Desde aquí, un beso muy grande para ella. Que sepa que hace ya muchos años cumplió con sobresaliente una misión muy importante, quizás la más importante de nuestras vidas: hacer felices a los demás. Y un deseo, que se tome un respiro de tanto Inserso, que nunca está en su casa cuando mi padre -otro silente admirador- la llama.

lunes, 27 de febrero de 2017

Solo en casa

Juan Romualdo Sarabia, "El Enclenque", fue, sin  duda, un personaje muy peculiar en mi pueblo. Por sus bastas  trazas y otras sonadas desaplicaciones domésticas, iba para legendario. Pero, sobre todo, por sus "hazañas" carnales. Los de mi edad lo conocimos. Un maldito cáncer de pulmón segó su vida pero no pudo con su leyenda. Presumía sin recato alguno de vigor pudendo, bravuconeaba de levantar una bota de las de la mili o, peor aún, sostener un cubo de cal con su "arma" presentada, y se jactaba públicamente de que en estado de flacidez sus genitales colgones parecían una liebre muerta, de esas que los cazadores se amarran a la cintura a modo de trofeo. Todavía soltero, su hermana mayor era muy severa con él. De estas mujeres obsesionadas con el orden y la limpieza en la casa, lo mantenía a raya. Y había dos cosas que, por escrupulosamente vigiladas y prohibidas bajo amenaza de fuego eterno en las calderas de Pedro Botero, le eran especialmente apetecibles, sensuales deseos inalcanzables: entrar en la casa con las botas embarradas y beber a barba regada de la jarra que adornaba la mesa del cuerpo de casa, con su pañito de crochet por encima y todo. Aquello era el árbol del bien y del mal. Es ya de público dominio la primera carta que JuanRo escribió a su hermana cuando ésta se fue a trabajar a los hoteles en Cataluña: "Mira Encarna, has de saber que momá y yo nos encontramos mu bien, a Dios gracias"... Y luego, poco más adelante, el párrafo para la eternidad: "Encarni, lo primero que hago cuando llego del campo es restregarme las botas contra el suelo de la casa, pa limpiármelas; y aluego me avanzo sobre la jarra, le quito el pañito, me la trinco casi enterita, le casco un regordío gordo, y después le hago: aaaahhhhh, le echo el vahío encima, ea". Seguramente, nada de eso sería capaz de hacer, pero se lo escribía así para fastidiarla. Cosas de hermanos. Más tarde, ya casado con Rosarito, su buena mujer, aquel ímpetu de juventud y de libertad se iría domesticando, ¡qué remedio!

"El Enclenque" representa para muchos hombres de mi pueblo un icono, un símbolo de la libertad que uno quisiera tener en su propia casa, hostigada siempre por el fastidio de la otra parte contratante, llámese esposa, hermana o madre. ¡Mujeres! Yo mismo he padecido en propia carne los rigores escamondados de mi hermana Josefa, otra Encarna de cuidado, capaz de tenerme en la calle un cuarto de hora sin poder entrar en casa hasta que el suelo se secase. "Pero, niña, que me estoy meando"... Ni caso.

La Peque no es la Encarna ni yo soy JuanRo (por más que en ocasiones haya intentado inútilmente emular sus logros armamentísticos), pero es verdad que existe un punto de fricción, algo que chirría con cierta frecuencia en las relaciones del trinomio constituido por casa, Peque, yo mismo. Y supongo que, en mayor o menor grado, esto que cuento ocurre en cada casa de vecino, no sé.

A mi manera de entender, hay cosas domésticas para las que los hombres -hablamos en general- somos unos adanes y que serían objeto de nuestra atención y mejora. Se trataría solamente de centrarse uno un poco más en lo que está haciendo, de considerar seriamente que si estamos dos en casa aquello que uno no haga se lo cargará irremediablemente el otro, de conceder la importancia debida a los deberes compartidos, de priorizar las cosas de la casa en su justa ponderación. "Peque, por favor, no te cabrees por eso; eso no es importante"... Y se cabrea aún más: "Importante no es nada; para ti, nada es importante"... Y lleva razón. Por ejemplo, "Sema, cuando recojas el hule procura no ir desparramando migajas por el pasillo... cuando metas los platos en el fregadero échales un poco de agua, si no, se quedan el tomate y el huevo pegados al culo... la servilleta es para la boca, no para los mocos... no le eches comida en el suelo a la perrita... no levantes las persianas tan temprano... sigo viendo ramalazos marrones en la toalla de baño"... Sin embargo, existen otras cuestiones, otras categorías de orden y limpieza, a las que no podemos aspirar los hombres de una manera primaria o intuitiva. Solamente están preservadas al cerebro femenino. Si ella no te lo advierte es del todo imposible que tú mismo, por ti mismo, caigas en la cuenta de la bondad o maldad de determinados actos inocentes o, al menos, neutros. Por ejemplo: " Sema, cuando saques los vasos limpios del lavavajillas me los colocas boca arriba". "¿Y eso?" -pregunta uno, curioso. "Eso es pa que los bordes de beber no cojan suciedad". "Aaahhh, mira tú, no había caído yo"... "Sema, esto no es regañar, es pa que lo sepas, los cuchillos y tenedores los metes en el lavavajillas con los pinchos parriba, no pabajo como tú haces". Ante mi cara de estupefacción, me lo aclara: "Si los pones pabajo entonces la última gotita de agua se queda pendiente de los pinchos, y así, una vez y otra, llegan a oxidarse". "Vaya, mujer, si sabes cosas"... Estoy tan tranquilo en la cocina y, de pronto, suena mi móvil. Cojo una silla y me siento para atender la llamada. Al cabo me levanto y me dispongo a hacer cualquier otra cosa. "¿Ya está?" -me pregunta en tono recriminatorio. "¿El qué?" -me giro sin entender su queja. "¿Qué va a ser? La silla... ¡que la dejes puesta como estaba"!

Reíros si queréis, pero a vosotros os pasa igual. Por eso, cuando ayer recibí su primera llamada al móvil desde Nueva York respiré aliviado. ¡Ahora sí que estás lejos de verdad, puñetera! Mi hija y ella han aprovechado la semana blanca de los profesores y se han ido a NY. "Sema -la escucho mu malamente por el móvil-, si supieras lo que me acuerdo de ti, lo bonito que es esto, lo que te hubiera gustado"... Y yo le contesto que no sufra por mí, que yo me encuentro en la gloria, solito en casa, a mi libre albedrío, con mi perrita que ni ladra ni ná, comiendo de sobras congeladas, sin afeitarme, duchándome cada tres días... si es que encarta, jugando con la pelota en el patio y entablillando luego las plantas doblegadas, viendo el canal Real Madrid cada vez que se me antoja, yendo al cine a ver esa de las sombras oscuras, que con ella no hay manera... En fin, a mi bola primitiva, realizándome como hombre libre de nuevo, entrando en casa, como hiciera "El Enclenque", con las botas sucias y bebiendo y echando el vahído para empañar la jarra refulgente...

La soledad impuesta debe de ser algo terrible. Pero la soledad consentida es una bendición, tiene su punto, no creáis. Al menos eso, una semanita.


Es broma. Sed buenos.