sábado, 26 de mayo de 2018

Recuerde el alma dormida...

Ha sido brutal. La impresión de encontrarme cara a cara con Federico ha sido... acojonante, por lo que pueda suponer de premonitoria. Recuerde el alma dormida...

Nunca lo hubiera reconocido. Nunca. Federico era por entonces un joven digestólogo en el "Reina Sofía", alto y espigado, barbudo, jovial, el mejor endoscopista de su equipo, aquel añorado y prestigioso grupo liderado y dinamizado por su jefe, el gran Gonzalo Miño. Hablamos de los años ochenta del siglo pasado, siendo yo residente de Medicina Interna. Y ahora, anoche mismo, tapeando en una terraza del centro luego de haber disfrutado del espectáculo de "El Brujo", la Peque creyó reconocerlo al pasar por nuestro lado, aunque trocándole el nombre.

-Sema, ése que va por ahí es Fernando Sánchez, el neurólogo.

Cuando quise girarme ya solo pude verlo de espaldas, pero enseguida corregí a mi mujer.

-Chiquilla, no puede ser, Fernando tuvo un ictus hace años y murió. Estoy seguro.
-Pues entonces es otro médico del Reina Sofía; la mujer que va a su lado es su esposa, una antigua compañera mía. Se me ha quedado mirando y creo que me ha reconocido.

Es cierto que cada vez que vamos a Córdoba la Peque y yo andamos fijándonos en el personal que pasa por si reconocemos, después de tantos años, una mirada, un gesto, aquella arruga tan marcada, un algo sutil que nos identifique a antiguos compañeros, aunque lo barruntamos tarea fracasada. Tal ha sido el impacto que aquel nuestro primer hospital imprimió a nuestras vidas. Minutos antes nos habíamos tropezado con Pepe Ramírez, paisano nuestro, a quien encontré muy recuperado y animado después de todo lo sufrido por la enfermedad y muerte de su esposa hará cosa de un año. Avive el seso y despierte... contemplando. Por la tarde, de camino al teatro, saludamos en la calle a Rafa Marín, a quien Pepa, su mujer, le había mandado sacar a pasear a su perrita. Otro que tal baila. Pero son gente a la que tenemos más vista. Esos no valen, nos gustaría encontrarnos con las viejas glorias del hospital. Y ahora se presentaba pintiparada la ocasión.

Habíamos pagado ya la cuenta en el bar, por lo que insté a mi mujer, a Fraski y a Pilar a levantarnos rápido por ver si podríamos alcanzar aún aquel grupito de tres personas que la Peque creía haber reconocido. Al paso que llevaban, seguro que sí.
-¿Y los vas a abordar así por la cara? -me pregunta Fraski.
-Pos claro.

Estaban a tiro de piedra. Fraski y yo aceleramos y enseguida nos pusimos a su altura. Imposible reconocerlo. Caminaba con mucha dificultad a pequeño paso y ayudado por dos mujeres, una a cada lado, en la fresquita soledad de la madrugada cordobesa.

-Perdonadme la intromisión -empecé diciéndoles y se detuvieron los tres-. Vosotros sois del Reina Sofía, ¿verdad?
-Éramos -me contesta una de las mujeres sonriendo-. Ya estamos los tres jubilados.
-Es que mi mujer ha creído reconoceros y dice que tú -señalo al hombre impedido- eres Fernando Sánchez, el neurólogo.
-No; yo soy Federico, el de digestivo -responde lento y a trompicones.
-Fernando murió hace ya cinco años, yo era su esposa -me contesta la otra mujer.

Por unos momentos me puede la emoción. Van llegando la Peque y Pilar, y las oportunas presentaciones hacen que recupere mi ánimo casi derrumbado. Federico y yo nos miramos con intención. "¡Qué bien te veo!" -me dice con sinceridad evidente. "Siento no poder decir lo mismo de ti" -me tragué para mis adentros. No podía mantenerse de pie solo, su lenguaje era farfullante y creí apreciarle una cicatriz quirúrgica ya vieja en un lateral de su cabeza. "Un tumor cerebral o una hemorragia subaracnoidea" -pensé. ¡Cómo se pasa la vida!

Y empezamos a recordar vivencias, nombres, personas... Yo sabía de las muertes prematuras de Jaramillo y de Gonzalo, los dos grandes impulsores de aquel famoso servicio de Digestivo. Y quise saber más.

-Oye, Federico, ¿y el Bonilla?
-Paco murió hace dos años.
-Pero... ¿Cómo va a ser eso, hombre, con lo joven y dicharachero que era?...
-Ya ves.
-¿Y Benigno?
-No está mal, pero muy agobiado por la enfermedad de su mujer.
-¿Y Paco Martínez, qué sabes de él?
-Bueno, ese murió hace ya por lo menos cinco o seis años.
-Vaya por Dios...
-Entre jubilados y muertos tú ya no conoces a nadie del Reina Sofía -me dice su esposa.
-No mujer -protesto-, aún siguen ahí mi amigo Javier Cosano, Paco Santos, Luis Ma, Lupe, Antonio Naranjo, Nini, Manolo Mata... En fin, gente de mi edad. Además de Paco Pérez Jiménez y Javier Rivera.
-Bueno, es que esos dos son incombustibles.
-¿Y qué sabéis de don José?
-Don José  murió hace ya un tiempo.

Sentí estremecimiento. Me estaba enterando de que ya se han ido personas que significaron mucho para mí, gente que me ayudó y me enseñó a ser un buen médico, gente buena, honrada y trabajadora. Y ya no me atreví a seguir preguntando por Gordillo, Fernanda, Juan Molina... No fuera a ser que siguiera la retahila. No.
¡Cómo se viene la muerte!... Tan callando.

Uno, a sus sesenta y cinco años, se ve tan bien, tan animoso y creído, que piensa que siempre va a seguir igual. Nos miramos en el espejo y no nos vemos ni arrugas, salimos a pasear todos los días, nos alimentamos sanamente, tomamos suplementos de colágeno con magnesio y con curcumina, el no va más de los antioxidantes, nos juntamos los amigos y nos echamos unas risas, cosa muy buena para la salud, chingamos lo que nuestras santas nos dejan, no fumamos... Y nos creemos inmunes al deterioro, a la enfermedad, a la muerte. Vamos a ser eternos. Y una noche cualquiera te encuentras de casualidad con un antiguo compañero. Y entonces obtienes una cruda bofetada de realidad. Recuerde el alma dormida...




jueves, 10 de mayo de 2018

Día de patios

Capitaneados por Fraski, nuestro anfitrión e infatigable guía accidental, algunos amigos hemos echado abajo una jornada especialmente intensa, agradable y, finalmente, fatigosa. Nadie se da cuenta de lo duro de la vida del jubileta hasta que no le llega su hora. Al tiempo, esos que os reís ahora de esta ocurrencia. Algo parecido ocurrió cuando otra vez Fraski nos ilustró sobre las ruinas de Medina Azahara, o más atrás aún, cuando nos paseó por el sendero bellísimo del arroyo Bejarano, o cuando... Esta vez han sido los patios, ese público tesoro que los cordobeses guardan y miman celosos durante todo el año para hacer de mayo el mes florido y hermoso que dice el refrán.

Doy por sentado que todos mis lectores han visitado alguna vez los patios de Córdoba. Poco más puedo aportar desde aquí a la exaltación de la singular belleza de los mismos. Con toda justicia han sido declarados como patrimonio inmaterial de la humanidad. Fuera aparte (me gusta esta expresión tan sevillana manque sea de prosodia heterodoxa) de lo estrictamente estético, que es sublime, entrar en cualquiera de estos patios es sumergirse en un submundo que invita a la fantasía, a la relajación, a la magia. Si encima libas de sus porrones y te sientas en sus butacas a tomar un respiro te invade una sensación de frescura, de divinidad, de gloria bendita, de decir aquello tan bíblico de "Señor, hagamos aquí tres tiendas"...




En las casas andaluzas el patio es uno de los más agraciados legados que nos han dejado romanos y moros, tanto como el zaguán, el alcantarillado, los baños, el lavarse a gafadas o el dejar las puertas abiertas. En nuestros pueblos no se concibe una casa sin patio de macetas. Y si puede ser, con su parra y su pozo, el no va más. Patios centrales y porticados al estilo romano, el "Atrium", como el centro de la vivienda, o patios delanteros o traseros al estilo moro, con plantas y fuentes. Nuestros patios son a nuestras casas lo que los pomposos jardines a los lujosos palacios dieciochescos, pero a lo pobre, claro está. En ellos, nuestras abuelas cosían a la sombra del emparrado, nuestras madres cocinaban en el hornillo de carbón y sacaban agua del pozo, y nosotros nos entreteníamos correteando a las gallinas. El patio era -y lo sigue siendo- un respiro, un desahogo, un espacio de disfrute sensual, un placer.

Y en Córdoba, muy especialmente, este lugar de ocio y entretenimiento se ha elevado a la categoría de arte. Para mi gusto, los patios cordobeses representan retablos o crípticos barrocos traídos al terreno de lo profano, de lo doméstico. Encendidos borbotones de color y fragancia llovidos desde el cielo en una tierra paradójicamente discreta y callada. Misterios.



En fin, ustedes que lo disfruten lo mismo que nosotros. Pero... no tanto, que acabamos reventados. ¡Dura es la vida del jubilado!

martes, 8 de mayo de 2018

Carratraca versus Chicago

Con mi piso a rebosar de gente, algunos durmiendo en colchones por el suelo a la usanza cortijera, en las jornadas diurnas nos desahogamos por ahí fuera. En estos pasados días del puente de mayo hemos degustado los sabores paisajísticos, arqueológicos y gastronómicos de la comarca del Guadalteba, de la Sierra de las Nieves y de la montaña y vega antequeranas. De mención, el nacimiento del Guadalhorce, las ruinas de Bobastro, la cascada del río Jorox, en Alozaina, y el gazpachuelo de huevo de la "Casa Pepa", en Carratraca, como referentes más atractivos.

El último día nos fuimos a visitar Archidona. Alguien de nosotros deseó rememorar viejos tiempos en los que después de arduas reuniones en Antequera se venían los compañeros a este pueblo, por entonces con más marcha, para correrse unas merecidas juerguas de inspectores, que no todo va a ser boletín oficial. Localidad ésta más pequeña pero muy aseada, no fuimos capaces, sin embargo, de dar con su famoso cipote, "El de Archidona", por mucho que rastreáramos por la plaza ochavada y alrededores. "¿Por dónde cae la calle del cipote?" -le pregunté bromeando a un lugareño añoso. "Ande usted ya, hombre, que eso son cosas del Cela, aquí no hay tal cosa".


Ante mayúscula decepción, Juan Ojeda nos aclaró lo de la leyenda que explica Camilo José Cela, gran maestre de pajillería, según la cual un joven vecino de este pueblo, siendo masturbado por su novia en el anfiteatro de un cine, eyaculó tanto y tan disparatado que roció salpicando con su viril ungüento a mucha gente en la sala de butacas. ¡Con qué virtud se aplicaría a la faena la ansiosa muchacha!...

Y así, aunque os cueste creerlo, achacosos jubiletas y todo que somos, esta historia consiguió desperezar al pajarillo medio muerto de nuestras bajeras, vaya, que nos pusimos contentos. Solo eso. Contentos. Nuestras mujeres aprovechan la marea favorable para meter baza, ahora que, alejadas del catre, se creen a salvo de nuestras torpes intentonas. Y largan entre ellas, a nuestras espaldas, de secretillos de alcoba, tan repetidos y conocidos por todas como las recetas que toman a mano de la ensalada de aguacates y gambas. Que si mi marido es un cansino, pos anda que el mío que es un berraco, que si el mío todavía tiene güeso en la churra, que si a mi me quema por dentro, que si a la otra parece que se le está cerrando el bujerillo, que si ya una lo que desea es menos ímpetu y más caricias... Y nosotros, como que no, pero que sí. Y se ríen de buena gana. Y ya se enfría el asunto cuando saltan a las cremas y mejunjes para los bajos.¡Qué viejos verdes estamos hechos! ¡Y qué calientes semos, Manuel!

De manera que hemos echado unas jornadas muy intensas y agradables disfrutando plácida y tranquilamente de nuestra amistad en mi casa y en este entorno bello y cercano de la comarca antequerana. Aunque muchos de vosotros os rebeléis contra este juicio mío -la Peque la primera-, yo entiendo que esta forma de viajar en lo doméstico, en lo conocido, en lo seguro, es la más apropiada para nuestra edad. 
Por contra, mi hermano Frasco, su mujer, sus hijos y unos amigos, pasan el puente de mayo en Chicago. ¡Qué barbaridad! ¡Qué contradios! ¿Qué se les habrá perdido allí? Mi hermano es de parecida calaña a mi mujer o mi hija, está loco por viajar y si es a los EEUU mucho mejor. Y yo no los comprendo, la verdad, no siento el más mínimo interés. "Pero papi -me regaña mi hija- ¿te vas a morir sin ver Nueva York?" A mi me da igual, no siento ninguna curiosidad por conocer esas ciudades tan extraordinarias. No les tengo manía, claro que no; simplemente que no me merece la pena el esfuerzo mental, psicológico y monetario por ir a verlas. "Meli, yo iría muy gustoso a Nueva York o al fin del mundo si allí vivierais tú o mis nietos". Entonces, claro que viajaría, porque voy a encontrar algo tan querido que me haría soportables los sacrificios exigidos. Esta es mi posición al respecto.






Cualquier región española posee tal cantidad de bellezas naturales, de patrimonio cultural e histórico, de riqueza gastronómica, de variedad de fiestas y costumbres, y a tiro de piedra como quien dice, que yo prefiero siempre lo bueno conocido que lo novísimo por conocer. Me tacharéis de viejo prematuro. Me da igual. He sido siempre un viejo conformista puesto que he antepuesto mi confort y mi seguridad a la curiosidad por lo desconocido. 

Así las cosas, me quedo con Carratraca.  






viernes, 27 de abril de 2018

El taller

Desde nuestros tiempos de Triana -tampoco hace tanto- estaban las mujeres trajinando sobre un taller que la Peque les iba a impartir sobre pintura en seda, una especialidad que mi mujer domina como nadie. Y yo me lo tomaba a broma creyendo que sería una de esas muchas iniciativas a la que las mujeres se lanzan ilusionadas en un momento de calentón de taberna pero que luego pasan los días y se quedan en nada. De hecho, en tres años que hemos vivido allí nunca han encontrado fecha que les cuadrara a todas. Pero no abandonan, oye.

Y ha tenido que ser aquí, en nuestra nueva casa de Antequera. Y aquí me tenéis, de casero asistente para cuatro mujeres que se han encalomado en mi piso durante cinco días a mesa y mantel, qué digo a mesa y mantel, mucho más. La matrícula, totalmente gratuita, incluye, además del contenido docente y de los materiales necesarios, un régimen de pensión completa; no, ni siquiera eso, se parece más a un todo incluido. Con pulserita. Y no acaba la cosa ahí, esta misma noche se añaden sus mariditos y dos parejas más. Aquí todos rebujados. Y por si éramos pocos, va y se apunta también mi cuñada Conchi, otra pécora de cuidado.

Los de mi edad comprenderéis mejor las tribulaciones de un hombre solo frente a semejante gineceo. Mientras ellas se divierten pintando sus trapitos, un servidor les pone el desayuno, hace la compra, saca a pasear a la perrita, va de canguro para que mi hija pueda salir a caminar, les cocina unas papas con chocos de rechupete y, después de mi siesta rigurosa, les sirve el cafelito con sus dulces. El único ratito que me dejan respirar es el de la novela, ritual sagrado para ellas. Y entre cosa y cosa, como puedo, saco algo de tiempo para escribiros. Luego dicen del tiempo de los jubilados... Que no, que no nos queda nada para nosotros mismos.

Y a todo esto, con muy pocas compensaciones. En otro tiempo, en el siglo pasado mismamente, hubiese sido un auténtico disfrute sensual con mi disposición corporal y anímica rezumando testosterona hasta por las uñas, y ellas tan zalameras y pintureras. Hubiera exigido el pago en especie, en carne misma, pero ahora... En fin, que ya no es lo mismo. Mi testosterona no da ni para encontrármela pa mear, y el estradiol de ellas debe ser de garrafón, o genérico, con tanta soja como toman. ¿Dónde, los muslos prietos de la Peque; adónde han ido a parar las cachas carnosas de la Paqui; qué ha sido de los melones de la Mariki; qué, de la cinturita de muñeca de María Jesús? Hablo con conocimiento de causa, mi condición de médico y amigo me ha brindado muchas oportunidades de conocerlas epidérmicamente hablando. Ahora, ni en picardías para acostarse consiguen que se me empine el... ánimo. Será la edad. Será.


En fin, es broma. Ellas tampoco se han dado mucho respiro, son muy intensas para todo lo que se proponen. Han obtenido su máster sin truco, con todas las de la ley.  Mirad, si no, el resultado final de sus esfuerzos.
Muy bonito todo, vaya. Pero ya voy teniendo ganas de que llegue el domingo.



Un suponer muy fastidioso

Lo que hoy os voy a relatar no es que me haya pasado a mí, no. Es un suponer -un poner, se dice en mi pueblo-. A mí no me suceden cosas así, eso es para la gente "normal".

Puestos, pues, a suponer, supongamos que el domingo pasado hubiésemos echado un día formidable la Peque y yo junto a mi hermano Manolo y mi cuñada Sam. Que hubiésemos ido a visitar un paraje bellísimo en Villanueva del Trabuco, el nacimiento del río Guadalhorce; que nos diésemos un paseo tranquilo por unos senderos ignotos y preciosos; que al mediodía almorzáramos de escándalo en el hogar del pensionista de Cauche, una pedanía de Antequera, y que, idos al pueblo hermano y cuñada, nos hubiéramos pegado, La Peque y yo, una merecidísima siesta. En este punto, alguna mente insana podría suponer que hubiera habido alguna cosilla más. Pues no. Sería demasiado imaginar. Una siesta de sofá orejero y nada más.

Podemos seguir suponiendo que, luego, en una tarde tormentosa y embarrada nos hubiésemos ido al cine con mis cuñados Cipri y Conchi; y que nos divirtiera un montón la película "Campeones"; y que, idos estos dos a dormir a su casa, la Peque y un servidor nos dispusiéramos a lo mismo: llegar a casa y echarnos a dormir después de una jornada bastante movidita. Hasta ahí, perfecto, si no fuera por la lluvia de barro y los relámpagos que ya empiezan.

Hagamos un esfuerzo más para imaginar ahora que, ansiosos por una ducha relajante, unas sábanas calentitas y quién sabe si un carnal y pegajoso revolcón, dijera la Peque que no, que no. Pero no que no me ilusione, que de lo que voy pensando, nada. No, no sería ese tipo de no. "¿Que no qué?" -le preguntaría yo. "¡Coño, que no puedo abrir la puerta!" -diría ella. "Anda, déjame a mí, que tienes las manos de gachas" -es posible que yo le mal respondiera. Y más posible todavía hubiera sido que no hubiera habido forma humana de girar esa llave. Y dado que estamos caminando en un terreno de enfervecida imaginación, podemos suponer la clase de furor interior y de incredulidad que me pudieran haber abatido en ese momento. ¿A qué divinidad o virginidad podría uno increpar sin miedo a la sanción de la justicia rajoiniana? ¿Contra qué político o en qué eminencia vaticana acertaría uno a descargar los excrementos en circunstancia tan crítica?

Pero no nos precipitemos, es todo suposición. Supongamos ahora que mi mente totalmente incendiada de una ira autocrítica, decidiera rebobinar hasta aquel inoportuno instante en que, a toda prisa porque llegábamos tarde al cine, saliera de mi casa detrás de la Peque, diera un portazo y se quedaran las llaves puestas por dentro. Y llegaría ahora lo más gracioso: "Tú eras el que decía que a ti nunca te pasaría" -quizás dijera tentadoramente Eva. "No me enciendas -pudiera haber respondido el ofendido y ofuscado Adán-, que la culpa es tuya por haberme metido tanta bulla". "Me callaré -se pondría muy melodramática-, no te vaya a dar tu taquicardia"...

Hasta aquí, todo imaginación, todo suposición. Ahora vamos a la realidad cruda en una noche bien entrada cayendo truenos y relámpagos y agua a punta pala. Y nuestros cuerpos serranos sentados y abatidos en las escaleras del rellano.
-Nos vamos a dormir a la casa de la Meli (nuestra hija), y mañana llamamos a un cerrajero -se pone prudente la Peque.
-Sí, pero la pobre perrita se va a quedar ahí sola toda la noche -protesto yo-. Y con tanto trueno...
-Ya estamos con la perrita...
-Que no, Peque, que llamo a un cerrajero ya.

Con mucha más serenidad de lo que yo mismo podía esperar de mí, busco en mi móvil un cerrajero de 24 horas, y llamo. Al otro lado escucho una voz de hombre marroquí pero que debe llevar años aquí porque habla perfectamente el castellano. Le explico lo sucedido y me dice que sí, que en cuarenta minutos está aquí, que viene desde Casabermeja, que le mande mi ubicación. Vale.
Nada más colgar, me tienta mi demonio particular instándome a que intente otro cerrajero, que cuarenta minutos son muchos, que aquí en el mismo Antequera también habrá alguien de 24 horas. Y le hago caso. Y busco otro teléfono. Y lo encuentro. Y llamo. "No se apure usted, en media hora estoy ahí". Y la Peque: "Niño, ahora te vas a encontrar con dos cerrajeros". Rápidamente, vuelvo a llamar al móvil del primero para que no salga de su pueblo en noche tan aciaga. Pero le miento, no le digo que he encontrado otro más rápido, sino que me he echado otras cuentas y que ya si eso, mañana hablamos. Teníais que haberlo escuchado: "No, no. Ni hablar. Usted lo que ha hecho ha sido llamar a otro cerrajero. Pero que sepa que el único profesional de 24 horas en toda esta comarca soy yo. La persona a la que usted ha llamado la segunda vez acaba de comunicar conmigo para que yo le haga el trabajo". Tierra trágame. ¡Qué mal trago! "Bueno, pues... perdone usted, pero comprenda mis prisas, lo siento mucho"...

Total, en media hora el hombre estaba allí, fue amable, no volvió a reñirme más, sacó un trozo de cartón piedra de su maletín, lo introdujo por el mínimo resquicio entre la puerta y el dintel lateral... Y la puerta se abrió solita. Detrás, La Pelusa nos miraba con cierto asombro y meneando su colita. 

¡Hay que ver la imaginación que tenemos algunos! 

martes, 24 de abril de 2018

El chacho del Convento

 Esta es una parte de la historia de su padre que no conocen bien mis sobrinos del Convento. Va para ellos.

En la misa de su funeral, el cura, don Lorenzo, dijo de él que fue un hombre que no abría la boca por no molestar. Muy cierto, sí señor, hasta qué punto no sería así que en los últimos años ni siquiera lo he visto enfrascarse con los culés del pueblo. La edad y su buen temple de cuna lo habían conformado como un jubilado sensato y centrado. 

¡El fútbol!, su gran pasión desde chico. ¡El Real Madrid!, su delirio. A todo esto, era muy malo con la pelota en los pies. En los partidillos que echábamos en el patio de los chinos de La Capilla con José "El Bolo" y los hijos de los aceituneros, había que chutar de empalme, es decir, antes de que la pelota tocara el suelo porque un piso tan irregular como aquél hacía imprevisible el bote. Para cuando él armaba su zocata, el bote travieso lo pillaba desfasado y propinaba unos remates increíbles... al aire. Así tenía el pobre las rodillas casi descoyuntadas. De haber habido móviles en aquel tiempo lo hubiera grabado de mil amores para que hoy sus hijos futboleros se rieran de él y aceptaran que el talento con el que ellos manejan la bola no es herencia de su padre, sino de su tío.

"Frasquito el de la Capilla" era nuestro cuñado, el cuñao, el entregado marido de nuestra hermana mayor, Josefa, "La Niña", fallecida ya hace la friolera de catorce años. Para nosotros, Frasquito ha sido un hermano más. Y para nuestros hijos, el chacho del Convento. No sé si alguna vez tuvo la tentación de rehacer su vida futura con otra mujer. Nosotros, incluso mi propio padre, lo animábamos, pero nada. Ha permanecido fiel por entero a su difunta esposa, a sus hijos, a sus nietos y a su casa. Él ha sido el tapado instigador de que todas las reuniones y comilonas familiares sigan desarrollándose en El Convento, igual que cuando vivía mi hermana, tan pródiga en estas cosas, tan clueca, tan matriarca. A su vez, nosotros, mis hermanos, mis cuñados, la Peque y yo mismo, lo hemos tenido siempre en nuestras reuniones o comidas no solo por uno más sino por el que más. Enteramente ligado a su familia, que es la nuestra. De su familia natural solo le quedaban dos hermanas y varios sobrinos que, por residir unos en Pedrera y otros en Cataluña, no han podido tener el mismo roce nuestro.


Por eso, su muerte, tan prematura como inesperada, ha sido la muerte de un hermano, de nuestro hermano mayor. Y para mi hermana pequeña, Carmen, la muerte de un segundo padre. Es así. Cuando ella nació, mi hermana Josefa tenía diecinueve años, y Frasquito -su novio a la sazón-, veintiuno. Con mis padres ya mayorcitos, esta hermana pequeña fue para la parejita de novios algo así como un ensayo acelerado de paternidad sobrevenida. A su manera, la malcriaron como hoy hacemos los abuelos con los nietos, y durante toda su crianza permaneció de alguna manera bajo el cobijo de ellos. Por edad y crianza, mi hermana Carmen es más hermana de nuestros sobrinos del Convento que de nosotros mismos.




Yo puedo presumir delante de mis hermanos y de mis sobrinos de haber conocido a Frasquito en sus años de niño y de mozuelo. Al no haber más chaveas de su edad en el cortijo, tuvo que conformarse con jugar y convivir conmigo, cuatro años más chico que él, que ahora no se nota nada, pero entonces sí. De los varones yo era el hermano mayor, pero en aquellos tiempos nuestros ser el hermano mayor comportaba pocas ventajas, si acaso sentirte el favorito de tu abuela y poco más; te llevabas todas las reprimendas de tu padre, los alpargatazos de tu madre, y, encima, las visitas se prendaban de mi Manolo, un negrucillo parlanchín, o de mi Juan, un rubio querubín. Hasta que a mis once años -edad con la que llegué al cortijo- me encontré con una especie de hermano mayor. Ha sido siempre un hombre noble; a mis años podría haberme enseñado -según era costumbre- alguna que otra guarrería.
Pues no. Me enseñó a poner las trampas para los pajarillos y las perchas para los zorzales; a pisar por sus pisadas para no embarrarme más de la cuenta; a montar en la bicicleta de mi padre. En las tardes eternas del estío se bañaba conmigo en la gran alberca de La Capilla, de más de cinco metros de profundidad... por si las moscas. Aunque yo nadaba mejor que él. Y ya más adelante, según me hacía un mocito, me montaba atrás en su "Montesa" para ir al pueblo, a Antequera, a Pedrera...y me enseñó a conducir el tractor. Por mi parte, yo le enseñé a cocinar la rica y sabrosa porra frita del campo, pero no conseguí que aprendiera a jugar al fútbol tan bien como yo. Perdón por la inmodestia. Pero falta ya poco para que reciba de mí la mejor ayuda posible: mi influencia favorable a los ojos de mi hermana Josefa.

Ningún ejemplo mejor que el suyo para definir a un hombre apegado a la tierra, ni siquiera mi padre. Frasquito nació en La Capilla; su madre, Concha, mujerona de armas tomar, lo trajo al mundo sin ayuda de nadie, a la manera de las indias, en cuclillas. Y toda su vida ha estado ligada al cortijo hasta su muerte. Sus padres regresaron a Pedrera para jubilarse, y sus hermanos con ellos, pero él -pueden más dos tetas que dos carretas- permaneció en el cortijo. Ha sido el mejor capillero de todos nosotros que tanto presumimos de cortijeros. Prácticamente siempre bajo la tutela de mi padre, primero laboral y siempre afectiva, ha sido un trabajador de los pies a la cabeza, de los que gustaban a mi padre, muy noble y muy leal. Y con una humildad tal que acogió con una elegancia y gallardía admirables la sucesión del cargo de mi padre en la persona de mi hermano Juan, en vez de en la suya. Lo que no quita para que de vez en cuando le brotara su poquito de reivindicativo, herencia clara de su padre, Julián el hortelano.
 

Hasta los diecisiete años Frasquito no salió del cortijo, incluida su primera comunión. Las primeras letras y los números los aprendió con un maestro republicano "repudiado" que contrató don José Carreira "El Viejo". Pero de manera sorprendente a partir de esa edad empezó a dejarse ver por el pueblo. A lo primero se iba en la Empresa o en el tractor; más tarde, en su Montesa. En el cortijo era para nosotros como de la familia, jamás le vi gesto alguno de aproximación sospechosa hacia mi hermana. Pero sucedió en aquel verano de 1967 que a la salida de misa -mi obligación diaria como seminarista que era- veía con gran sorpresa cómo Frasquito algunas tarde rondaba a mi hermana por toda la plaza. Y ella, que nones, metiéndose en el centro de su pandilla de amigas para evitar la cercanía del pretendiente. Y él, tozudo como borrico que huele hembra, sin cejar en su empeño, ahora por aquí, ahora por allí... En estas que, muchas veces, viéndose mi hermana ya sin salida, echaba a correr a todo correr por el arco de la plaza, y Frasquito detrás a toda mecha. ¡Qué bochorno! Yo sabía de sobra que ésa era la conducta habitual de seducción de los pretendientes sobre las muchachas en aquellos tiempos, corretearlas hasta cansarlas, pero viéndolo en mi hermana me daba no sé qué. Recordaba entonces que cuando dos años atrás la pretendió otro muchacho no tuve ninguna duda: yo mismo la cogía de la mano y me la llevaba, casi a rastras, a nuestra casa. Pero ahora era distinto: se trataba de mi amigo y compañero de fatigas, Frasquito. No sabía cómo debía de actuar. Mi hermana era muy orgullosa, muy riverona, las cosas por su sitio. Se consideraba un escalón o dos por encima de un cortijero, aspiraba a más. Yo lo notaba, y a veces la escuchaba quejarse ante mi madre: "¡Qué se habrá creído ése, que no ha salido del cortijo en toda su vida? Y encima, forastero." "¿Pero te lo ha dicho?" -le preguntaba mi madre. "No, ni lo voy a dejar que me lo diga" -respondía mi hermana, toda herida. 

Mi relación con él no solo no decayó, sino que aumentó en intensidad, si cabe. Haciendo cálculos de mi posible influencia sobre mi hermana, me invitaba en el bar de la Chorro a Casera de limón con una tapa de calamares, junto a sus amigos "El Tosto" y Pepe "El Cuco", y charlaban en voz alta de asuntos picantes para que yo me sintiera como más hombre en sus compañías. Y, la verdad, yo le tenía mucha simpatía. Y sin querer uno va haciendo de Celestina, a ver. "Niña, yo no sé por qué tanto enfado con Frasquito". "Porque es mu pesao, ¿no lo ves?" "Mujer, es porque le gustas mucho, yo lo encuentro un muchacho muy formal, y que va en serio contigo. No sé, niña, pero yo lo veo hasta guapo, ¡no?". "Anda, calla, ¿qué sabrás tú de estas cosas, metido en el seminario?" Y lo dejábamos. Pero yo volvía una y otra vez, un día y otro: "Niña, pos que sepas que Frasquito me ha dicho que no piensa abandonar nunca, que te quiere demasiado, que sueña contigo todas las noches, que..." "Pues va apañao, que yo no lo quiero ni en pintura, se lo puedes decir de mi parte. Pero tú te crees que yo me voy a casar con un cortijero?" "Niña, ¿y nosotros qué somos?" "Anda que la ayuda que tengo contigo..." Joer, tanto fue el burro al trigo, que al final la cosa acabó cuajando. Pero fue muy dura, excesivamente dura con él. No sé ya cuántos meses duró aquella ardua berrea, pero muchos, muchos.

Su boda, para la Inmaculada del año 1972, se celebró en la casa del Arrecife y duró tres días, como las de los gitanos. Yo me traje a mis amigos del seminario todo ese fin de semana. Para mis amigas Jaime fue un auténtico bombazo, parecía que hubiese venido al pueblo el Junior de "Juan y Junior", así de guapo era. El Luna casi se ennovia en esos días con una paisana; y al Pepe Montes lo tiramos al pilón de los mulos en las Eras Bajas. Y mi madre estaba radiante de felicidad. No sabía ella que ya por ese tiempo se estaba fraguando el futuro de otra feliz pareja: la Peque y yo mismo. De luna de miel se fueron a Sevilla, al corral de vecinos de nuestra querida prima Noberta. Como quiera que por entonces yo estudiaba en el seminario de san Telmo salía casi a diario con ellos como guía turístico. Uno de esos días, comiendo en un bar, Frasquito compró un número de una rifa, y le tocó el premio: dos entradas para el Betis-Málaga del domingo, en el Benito Villamarín. Y fuimos los dos, claro. Era la primera vez que entraba en un campo de fútbol de primera división. Y se emocionó. No era para menos, vimos en carne y hueso a Biosca, a López, a Viberti, a Quino, a Rogelio...

Y luego han sido ellos una pareja muy afortunada y feliz. Con cinco primores de hijos. Y se han ido muy pronto, es verdad. Demasiado pronto. Injustamente pronto. Vale. Pero han sido las suyas unas vidas completísimas de anhelos y satisfacciones. Por lo pronto, no han tenido que sufrir la pérdida de ninguno de sus hijos, error el más devastador de la condición humana; frustración insufrible que padeció mi madre en dos ocasiones. Y luego, mi hermana, no, pero Frasquito se ha marchado dejando a todos sus hijos en buena posición y habiendo conocido a todos sus nietos. Porque no creo que la Mari se ponga a su edad a esas cosas, y los demás han echado el cerrojo.

La muerte de mi cuñado, una vez más, le hace reflexionar a uno sobre nuestro destino. ¿Habrá cumplido sus expectativas? ¿Se habrá quedado con algo en su tintero? ¿Le ha visto él sentido a su vida? Yo quiero creer que sí, que se ha ido satisfecho de lo que ha hecho: trabajar duro; ser muy feliz con la mujer de sus sueños; crear una familia cariñosa y unida; ser un niñero tierno y entregado y un padre ejemplar con dedicación y devoción por su casa. Y ya de jubilado, un abuelo algo quisquilloso, un amo de casa la mar de aseado, el mejor tortillero del pueblo, un devoto moderado del bar de Riles y de sus amigos, y un eterno aficionado a la huerta. Sin lograr pasar de ahí, de aficionado.

-Mari, ¿no se habrá quedado tu padre con las ganas de ir a algún viaje de esos del Inserso?
-¡Qué va, ni mucho menos! La de veces que yo misma le he insistido... El era para eso muy suyo, ha hecho lo que ha querido, me decía que toda esa gente del Inserso son unos laborindiosos sin haciendas. Èl, con su huerto, su amigo Rafael y su canal Real Madrid, andaba más que sobrado.

Descanse en paz nuestro cuñado, nuestro hermano, un hombre cabal y bueno. 




viernes, 20 de abril de 2018

El indio de la vega tiene rinofima

Antes de nada definamos brevemente el concepto de rinofima: condición de la nariz regordeta, aporretada y con algunos borbotones. 

Bien, ya podemos empezar.

En Antequera, a nada que te asomes un poco por alguna calle periférica ya estás viendo la figura sobresaliente de un gigante de piedra yacente, el indio acostado, el referente de la comarca, el vigía impertérrito de la vega y de su río, el oráculo de nuestros ancestros del Bronce. La verdad es que enfocado por sus caras noreste o suroeste, es enteramente la cabeza de un indio tumbado boca arriba. No es, pues, de extrañar que nuestros pasados paleolíticos lo adoraran como a una divinidad y que enfocaran en su dirección la puerta del dolmen de Menga.  


Mi amigo Juan Francisco, que es geógrafo, nos ha explicado muchas veces que dicho peñasco calizo se denomina técnicamente un olistolito, que significa el desprendimiento y posterior rodamiento de piedras enormes desde la Penibética hasta que asientan en un lugar a su gusto. Una cosa así como un canto rodado, pero a lo bestia. Por lo visto, no es algo infrecuente, es producto de una serie de movimientos geodésicos post plegamiento de las placas tectónicas. Igual que en Antequera, ha ocurrido en la sierra de Estepa o en la de Morón. Vale, Juan. Estamos enterados. 

La foto de abajo muestra la cueva de Menga vista desde lo alto del peñón.


De siempre, en toda la comarca se le ha llamado a este ingente pedrusco "El Peñón de los Enamorados" debido a que una antigua leyenda medieval daba fe de la historia malhadada de un joven cristiano, Tello, y de su amada, Tagzona, que era mora. El joven cayó prisionero de los moros yendo de cacería, y Tagzona, hija del jefe musulmán, quedó prendada de su bella prestancia. Juntos se escaparon por esos mundos, y el padre de ella mandó a su ejército en su busca y captura. Arrinconados los amantes al pie del Peñón, subieron hasta su cima, se cogieron de sus manos y se tiraron al vacío. Antes muertos que separados. Lo mismito que ahora.


Pero a mí, que ya no tengo edad de impresionarme por las historias de los romances de ciego, me ha dado por pensar, viendo así fijamente el Peñón, que le encuentro mucho parecido con el perfil de mi padre acostado. No me digáis que no. Se me antoja, además,  que mi padre se forjó de jovencito trabajando en un cortijo al pie de la Peña, y que de ella recibió los dones de su fortaleza, su dureza de testuz, su constancia, su fidelidad al terruño, su amor incondicional a la tierra madre. Y cuanto más lo miro, mejor se me representa la imagen serena y plácida de mi padre dormitando. ¡Coño, hasta la nariz es la suya! Vosotros no lo sabéis, pero para eso estoy yo aquí para decíroslo: la nariz del indio tiene su poquito de rinofima, como la de mi padre.


Nota: como veréis, estoy aprendiendo a insertar fotos, aunque sea de una manera algo burda. ya iré mejorando.